20110710


Tomemos, por ejemplo, el caso de un viaje en tren. Un viaje en tren a través de paisajes boscosos. Un viaje en tren por el norte de Europa o de América en una época que podría ser la primavera. Hay, como ya dije, bosques, pero también hay montes y lagos y por ello el viajero no se sorprende cuando debe atravesar túneles y cruzar puentes. A lo lejos la nieve contrasta con el intenso azul del cielo.

Pensemos ahora que el viajero ha escogido no oír los sonidos que las circunstancias le ofrecen: la marcha del tren, el viento filtrándose por una ventana entreabierta, las voces del vagón, y a cambio permite que sea la música la que su camino siembre.

Pero no es cualquier música la que el viajero escoge, sino que se trata de una donde los bajos comandan las sensaciones del que escucha. Lo que quiero decir, es que a pesar de que el viajero oye muchas cosas a través de sus vistosos auriculares (la voz de quien canta, sin ir más lejos), lo que guía sus ritmos anímicos (al menos por ahora) son las variaciones (o insistencias) en los bajos. Bajos que recuerdan a tambores primitivos, pero sólo de paso, pues a lo que en realidad recuerdan es a eventos que aún no han pasado, y que si pasaran, pasarían tras el velo de los sueños o de las pesadillas; la luz que nubla el sol en los segundos posteriores a la caída de un bomba.

El viajero, continuemos, atraviesa un valle rodeado de montes sobre el tren velocísimo, pero el viajero no piensa en el valle ni en el tren; el viajero piensa en el lenguaje, y dice valle y dice tren cuando en realidad quiere decir olores, vibraciones y quebrantos.

Es entonces cuando un bajo se hunde hasta donde él sabe no podrá alcanzarlo. Lo hace una, dos, tres veces y el viajero piensa en la moral de los actos profundamente libres.

Oslo, 2005. La chica rodea su cuello y se hunde en su pecho, la manta cubre su cabeza por completo. - No le importa respirar, piensa el viajero que por entonces sólo era un estudiante de posgrado, acto seguido y no sin dificultad, se pone de pie y enciende su ordenador. Play. La chica se retuerce bajo las mantas. El desayuno le sienta bien. Piensa en la nieve que no deja de caer. La música parece provenir del segundero del reloj de la cocina. ¿y si el reloj comenzara (sin aviso) a ir marcha atrás?

Cuatro, cinco, seis veces, cada vez más veloces se suceden los ritmos, todos iguales, todos distintos, imagina manadas de búfalos arrasando el valle, las montañas invariables. Es hora del túnel. El valle da paso a su cara invariable. ¿Qué rostro mira quien va tras de mi? Al salir del túnel se voltea con disimulo. El asiento está vacío.

Siete, ocho, nueve. Las primeras manchas de nieve al costado de la vía. Un ciervo levanta la cabeza sin dejar de rumiar, imagina que sus ojos se encuentran y que ambos entienden cosas más allá de los ciervos y de los hombres. El cristal se empaña poco a poco. Diez, once, doce.

Ahora es la voz. Dice algo sobre un robo frustrado, una puta y un tren subterráneo. Trata de recomponer la mirada del ciervo. La extraña. Desearía activar le freno de emergencia y saltar por la ventana. Abrazarlo, pedirle perdón.

La canción termina, tarda en darse cuanta que los sonidos que ahora escucha no vienen desde su reproductor de música. Voces, el viento que entra por la ventana entreabierta. Un lago aparece entonces ante la mirada del viajero. Un lago pequeño de casi nula corriente, rodeado de pinos enormes y en el que se refleja, casi perfecta, una alta cima nevada.

La voz esta vez es de mujer. Los ritmos de su ánimo se resisten a dejar el perfecto reflejo, pero el tren avanza, la hora avanza, la mujer gime, él gime (y no lo sabe).

El desayuno le ha sentado bien. La nieve no deja de caer, mira la ciudad 30 pisos más abajo. Le hace bien las voz llena de amenazas. Me recuerda quien soy, dice. Quien era, debió decir. Me recuerda quien era, de qué se trataba todo esto y yo estaba allí. Oslo, 2004, 2003, 2002.

I deserve the seat by the window. I deserve the desert… Y luego el silencio, los bajos, los ojos del ciervo, las putas armadas hasta los dientes, el reloj.

Los ejemplos pueden ser muchos, y todos hablarían de lo mismo.

20100915

X




X sabe algo que nosotros no sabemos. De esa premisa ha de partir cualquier intento de hablar acerca de su nombre, de hecho, de esa premisa debiese partir cualquier intento, pero eso sería pedir demasiado.

X nació en un país latinoamericano, que es como nacer en la galería de un estadio, una galería mal ubicada, una galería desde donde el espectáculo a penas se ve de tan lejano, pero se ve, y eso a veces nos parece una suerte, y a veces una injusticia.

Una galería en donde hombres y mujeres y niños hablan y discuten y se aman entre sí como si el espectáculo no existiera, lo que bien mirado es una decisión irreprochable, pero el espectáculo existe.

Una galería donde cada tanto todos se trenzan a golpes y hay gritos y muertos y vaporosos intentos de perdón, y a veces el escándalo que ello genera es tal, que el espectáculo se detiene un momento y sus protagonistas posan sus incrédulas miradas en la magnífica trifulca, pero no, son sólo algunos protagonistas los que se detienen ante el alboroto de las muchedumbres empobrecidas, y aunque pueda darse el caso que sean muchos los que curiosos posen su mirada en las lejanas galerías, el espectáculo, el verdadero espectáculo, no se detiene nunca.

Pensemos, por ejemplo, que el espectáculo es un partido de fútbol, el arquero es distraído por la gran trifulca, entonces un delantero aprovecha el momento y anota, el gol vale, el arquero, manos en jarra, lo sabe. La trifulca, en tanto, se ha convertido en una fiesta donde el alcohol y las balas se confunden con las celebraciones del gol. Allí nació X.

Y allí pasó sus años mientras estudiaba en un liceo municipal, el que dejó con más pena que gloria antes de terminar el último curso. Una vez fuera comenzó a escribir, primero a leer y luego a escribir, y lo hizo porque fue en la escritura donde X creyó poder encontrar aquello que finalmente llegó a saber y que nosotros no sabemos.

X fue un poeta, un poeta que habló de las calles latinoamericanas, las calles llenas de niños que trabajan y de asesinos, las calles llenas de intelectuales obesos y profesores fascistas, las calles enmascaradas de Latinoamérica, las calles veloces y ciegas y sordas donde se depositaron los sueños de nuestra avaricia.

Por supuesto al principio X no podía más que intuir la forma de aquello que finalmente llegó a saber. Pero de algún modo intuir es también saber, y por ello X no pudo atravesar las calles de las que habló en sus poemas sin la constante sorpresa que precede al vacío que precede a la nausea. X sintió asco y vértigo al mismo tiempo, X sintió que los espejos de la ciudad fueron construidos sólo para él y tuvo miedo y se sintió agradecido por haber tenido miedo.

Latinoamérica es un lugar horrible, se dijo entonces X, un lugar donde sus habitantes darían todo lo que tienen por tener lo que no tienen, un lugar donde los pobres quieren ser ricos y los ricos quieren ser aún más ricos, un lugar donde la envidia anida en cada esquina y sobre esos nidos se construyen otros nidos en los que un pájaro de metal les recuerda a todos que la envidia es lo único que podrá salvarlos. Llegará el día, dice el pájaro con una voz similar a la de un loro, que serán dueños de la mierda, llegará el día en que podrán ser, por fin, pura mierda.

Pero X, que escuchaba al pájaro día y noche desde su habitación, en lugar de llevarse la almohada a la cabeza y girar sobre sí mismo hasta que las pesadillas lo libraran de su canto atroz, lo escuchaba atento, y aunque el pájaro no hacía más que repetir dos frases una y otra vez, X lo escuchaba como si las palabras del pájaro fueran en realidad un poema secreto recitado por un poeta que es también un hechicero. Y el pájaro decía mierda, y X lo escuchaba como si tratara de discernir lo que esa palabra escondía y así X, sentado en su cama y con los ojos desmesuradamente abiertos, escucha: mierda, mierda, mierda y no pocas veces le resulta imposible resistir el impulso de salir de su cama en busca de un papel y de un lápiz y ponerse escribir. Y aunque a X le parecía que sólo transcribía las palabras del pájaro, lo cierto es que lo que a la mañana siguiente había sobre su mesa de noche eran los más grandes poemas que Latinoamérica había visto, cosa que por supuesto X era el primero en desmentir, pero X no podía desmentir todo cuanto salía de la boca de los críticos, por lo que llegó el día en que fue considerado por todos, sin excepción, como el Gran Poeta Latinoamericano.

Fue entonces cuando X supo lo que nosotros no sabemos, y se puso a llorar. Pero antes se puso a reír y antes sintió ganas de ir al baño, y antes llamó a la que por entonces era su mujer y la abrazó y le dijo que se había dado cuenta de algo o que había llegado a una conclusión o que por fin sabía algo que antes sólo sospechaba o algo así. ¿Qué es?, quiso saber la mujer. Y fue en ese momento, cuando iba a decírselo, que le vinieron las ganas de ir al baño y no le quedó más que ir y allí, una vez que había cagado a gusto, se encontró frente al espejo y por un momento quizás excesivamente largo contempló lo que era su rostro, un rostro al que la juventud aún no abandonaba del todo, y pensó en la juventud, en los años en los que las calles de su ciudad se le ofrecían sin reparos, casi como si estuvieran orgullosas de lo que eran, y pensó en los viejos amigos que en esas calles se quedaron, casi como sintiéndose orgullosos de haberlo hecho y cuando pensó en eso, en el orgullo de sus amigos anclados en la vanidad, a X no le quedó más que ponerse a reír, y mientras lo hacía, sin apartar un momento sus ojos de sus ojos, recordó un poema de Y, un viejo poeta, latinoamericano como él, que hablaba de la voluntad de hierro de los poetas latinoamericanos y de sus ojos de lobo que todo lo han visto, y entonces X se preguntó si acaso él también lo había visto todo, y se dijo que sí, que lo había visto todo, y no una vez sino dos veces, y que precisamente en eso radicaba su esperanza. La esperanza de que llegará también una tercera vez y que cuando eso pase, en lugar de escribir poemas, pueda tener la fuerza para sostener el silencio, porque es en el silencio, le dijo a su reflejo, donde está el secreto de Latinoamérica, y se puso a llorar.

Foncea

20100911

García Lorca Se Llamaba el Aprendiz


García Lorca se llamaba el aprendiz que el Mago aceptó de mala gana en las postrimerías de sus días, en parte porque ya estaba muy viejo para tener aprendices, y en parte porque nunca gustó de los jóvenes con aire de inútiles. Pero lo cierto es que lo aceptó y una noche de septiembre García Lorca llegó con su vestido de gala a la casa del mentado Mago, apenas una choza que se erguía en la cima de una árida colina de la que parecía formar parte y desde donde se dominaba el pequeño pueblo que sólo un ojo avisado podría haber distinguido del resto de la nada. En cuanto a la casa; sólo una pequeña habitación de paredes de barro y techo de paja, el piso era el piso del desierto y el viento la recorría sin obstáculos, pues el Mago no sabía de puertas y sus ventanas no eran más que pequeños y no tan pequeños agujeros circulares en el barro seco. A qué hora baja el viento a jugar con las muchachas del pueblo?, preguntó Federico mientras ordenaba sus pertenencias en un rincón. Cuál es la flor que en mi camino vi bordear el último riachuelo?, preguntó Federico mientras estudiaba el breve recinto polvoriento. Conoces Sevilla?, preguntó Federico mientras se detenía frente a la más grande de las ventanas sin cristal. Y qué hay de Granada? Qué recuerdos sus torres te trajeron?, preguntó Federico discerniendo a penas una caravana de camellos en el lejano horizonte de arena. Y a cada pregunta el Mago, que era de Oriente, respondió con un gesto en el que el asco y la indiferencia luchaban sin ganas, como si de un viajero ante la muerte se tratara. Federico García Lorca, en tanto, continuó con sus preguntas mientras miles de pájaros amarillos y azules celebraban las últimas horas de la tarde. Te van a matar Federico, dijo por fin el Mago cuando los últimos pájaros se perdían tras las dunas, y sólo entonces salió la luna.


Ph. Liev

20100909

Pasadizo Kline



Otra vez las ratas mi buen amigo, dice Klauss mirando el ducto de ventilación que atraviesa el cielorraso del laboratorio. La rata blanca en la pequeña jaula, en tanto, husmea las invisibles corrientes de aire que sobre ella pasan. Marcus mira alternativamente a la rata y al ducto de ventilación. Eso es, dice por fin, y se apresura a su escritorio donde escribe, sin detenerse un momento, lo que parece un ensayo satírico, pero que es un poema romántico. Un mes después en una revista de dudosa editorial aparece un texto firmado por un tal Molius Invictus. En él, un hombre de avanzada edad describe con minuciosidad exasperante los objetos que pueden encontrarse en un laboratorio como en el que Klauss y Marcus trabajan. El párrafo final, sin embargo, habla de un túnel que atraviesa una vasta cordillera de un país desconocido y atroz, un país latinoamericano donde los túneles son también cementerios y cuyas paredes están cubiertas de fotografías de escritores desconocidos.

Ph. Liev


20100304

Huellas de la Sumergida



Tanto hemos rondado a la niña silenciosa. Tanto enredarse en su silencio. Saltar entre los hilos que se pierden en sus ojos. Jugar a la mosca entregada a su destino. Gritos de dolor, pequeñas y grandes renuncias, esperando. Tanto invocar muertos en su nombre, tantos crímenes, tanta envidia. Lecturas en voz alta frente a antiguos retratos que imaginamos espejos o lagunas. Pero no es tu cara la que las palabras dibujan. Son otros viajes los que llevan a otras guerras. Y la niña se aleja. Corre entre los plagios.
Y nos parece que cae, que vuela, que se hunde hasta las cuevas enrojecidas donde nacen los ecos.
Buscamos entonces los mapas de los únicos. Los leemos a gritos contra el viento. Los devoramos entre sueños. Los montamos como a caballos sin sombra! Hasta que surge esa pista como una gema azul en el asteroide más lejano. Acariciándola, comprendemos que son bitácoras de un viaje. No el suyo, no el mío.
Huellas de la sumergida
Aquí posó su mano
Y Baudelaire
- Y su mano no tembló -
Aquí sus ojos
Y Rimbaud
Aquí un aliento
Lautréamont
Aquí un mensaje
Mallarmé
Aquí, aquí una estela, un aroma
Respira Jacques Vaché!
Pero el rastro se evapora. Sólo eso? Y Baudelaire nos mira, doliéndonos.
Y entonces, sonrojados, dejamos los mapas en paz. Y las miramos a ellas, las Herrumbradas. Cara a cara, ustedes y yo, sin Historia, sin luces ni lenguas. Casi sin sangre.
Viejas hechiceras, en sus dominios me muevo sin tropiezos. Veloces días, sin que mis pies toquen el suelo de tantas raíces, la he buscado.
- Y tantas veces creí verla que no pocas noches dormí con el aroma de su cuello -
Pero ahora sé que no es en ese bosque donde habitas, poesía.
Acaso en sus senderos cuando repiten lo que fuimos o seremos. Y nuestros pasos son sus pasos y nuestros intentos sus intentos. Oh vanidad, la niña es la distancia y no sabe de intentos.
Si no somos, no podemos ser. Si la belleza es una, toda la locura del mundo no importa, vagos gritos, patéticos saltos, intentos y la niña no sabe de esa clase de voces.
La verdad es una, pero la belleza crece.
Oímos en consuelo.
Lo creo.
Pero entonces no es la belleza de las ruinas la que busco. - Pero crece - No importa.
Adelante.
Busco a Baudelaire. Atrás? La vergüenza. Y es que no hay atrás, nosotros, los lentos, los niños en peligro, los recolectores de estiércol supimos de las ruinas que dejaron los grandes torbellinos, los únicos. Pero los torbellinos con un ojo en la frente siguieron adelante, sumergiéndose, porque ella ya estaba, otra vez, demasiado lejos, demasiado honda.
Y los gustos? Y los temblores de mi cuerpo? Qué importan los gustos. El poema es lindo y qué me importa. El poema es lindo y ahora resulta que también es bello, y me sostiene. Me reafirma, me repite, y qué me importa?
Pero soy valiente, dicen las plagas en coro.
Demasiado tiempo entre las ruinas. Qué otros busquen la belleza. Repetirse es sin duda abominable. La Verdad es otra cosa, Extranjera hasta el hastío, mucho más lejos que nosotros, fabricantes de belleza y de trampas.
Y la niña corre. Qué escondes en tus manos?

- A por ella Capitán! O que la muerte nos liberé de tantas olas, de tantas ciudades enterradas.

20100119

Fantasmas



Al lado de cada viajero va un fantasma. El fantasma, a veces, se confunde con el viajero pues aunque suele estar cerca, en ocasiones está demasiado cerca. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se le ve claramente a su lado, de pie, imitando tal vez a otros viajeros que imagina entre sueños. Pero no siempre fue así.

Los griegos, por ejemplo. En aquel tiempo, cuando los dioses tenían cara, los viajeros eran también el fantasma. Digamos que el fantasma todavía no salía del pecho del viajero, quien se aventuraba a la gloria o al olvido con el fantasma en su lugar. Pero el tiempo pasó y no se sabe muy bien cuándo, el fantasma se escapó.

Luego del escape, sin embargo, el fantasma no fue demasiado lejos. Contradiciendo sus evidentes ansias de fuga, ni siquiera dejó los límites de la nave. Y allí se quedó, opinando sobre los más diversos temas, jugando a mover el timón de un lado a otro, susurrando frases al oído del viajero, gritándolas a los cuatro vientos, avergonzándonos de la humana tentación de dejar que la corriente nos alivie de las noches.

Al lado de cada viajero va un fantasma. Un fantasma que aunque así lo quiera, ya no podrá volver a su nicho en el pecho del viajero, pues durante una imprecisa noche del siglo XIX, ha sido descubierto en su huída, y de ahí en adelante ha resultado inútil engañarnos.

Al lado de cada viajero va un fantasma y Baudelaire lo sabía.

Y es que cualquiera capaz de describir la verdad del viaje ha tenido que, necesariamente, detener su mirada aunque sea por un momento en la figura cenicienta que a un lado del viajero se dibuja. Y Baudelaire supo de aquella verdad antes que nadie, y aunque en su poesía no haya más que imprecisas (pero incuestionables) huellas del fantasma, similares a las que un gran cuerpo deja en la trayectoria de la luz, no puedo dejar de mirar el momento en que los ojos del poeta y los ojos del fantasma se encontraron. – Eme aquí, le dice el fantasma sin palabras, deja ya esa sorpresa y ponte a trabajar, que el tiempo se aleja. – Pero es una palabra, dice Baudelaire, y me orbita como la luna a la noche.

Escribir una y otra vez esa palabra que nos orbita. Escribirla de día, escribirla de noche, escribirla con otras manos mientras sueñas..Y escuchar, escuchar los relatos desbocados de nuestra voz dormida, transformalos en poemas miserables que hablan de mujeres que se desarman, como el viento.

Los asesinos, los locos, los traductores anónimos, los vigilantes nocturnos de talleres –vacíos-, los enfermos terminales, los que cuentan sus pasos hacia ese punto negro que más parece un planeta de cristal que transparenta la infinidad del universo, las lejanas estrellas, esa diminuta nave que con la seguridad insensata de los hombres, avanza hacia las fronteras del lenguaje. Son ellos a los que el fantasma acompaña; los cazadores de desproporcionadas presas que callan su destino de ser hombres para hablar de ataúdes y de sombras, y acusar su secreto a los insectos.


Liev, ph