20100304

Huellas de la Sumergida



Tanto hemos rondado a la niña silenciosa. Tanto enredarse en su silencio. Saltar entre los hilos que se pierden en sus ojos. Jugar a la mosca entregada a su destino. Gritos de dolor, pequeñas y grandes renuncias, esperando. Tanto invocar muertos en su nombre, tantos crímenes, tanta envidia. Lecturas en voz alta frente a antiguos retratos que imaginamos espejos o lagunas. Pero no es tu cara la que las palabras dibujan. Son otros viajes los que llevan a otras guerras. Y la niña se aleja. Corre entre los plagios.

Y nos parece que cae, que vuela, que se hunde hasta las cuevas enrojecidas donde nacen los ecos.

Buscamos entonces los mapas de los únicos. Los leemos a gritos contra el viento. Los devoramos entre sueños. Los montamos como a caballos sin sombra! Hasta que surge esa pista como una gema azul en el asteroide más lejano. Acariciándola, comprendemos que son bitácoras de un viaje. No el suyo, no el mío.

Huellas de la sumergida

Aquí posó su mano

Y Baudelaire

- Y su mano no tembló -

Aquí sus ojos

Y Rimbaud

Aquí un aliento

Lautréamont

Aquí un mensaje

Mallarmé

Aquí, aquí una estela, un aroma

Respira Jacques Vaché!

Pero el rastro se evapora. Sólo eso? Y Baudelaire nos mira, doliéndonos.

Y entonces, sonrojados, dejamos los mapas en paz. Y las miramos a ellas, las Herrumbradas. Cara a cara, ustedes y yo, sin Historia, sin luces ni lenguas. Casi sin sangre.

Viejas hechiceras, en sus dominios me muevo sin tropiezos. Veloces días, sin que mis pies toquen el suelo de tantas raíces, la he buscado.

- Y tantas veces creí verla que no pocas noches dormí con el aroma de su cuello -

Pero ahora sé que no es en ese bosque donde habitas, poesía.

Acaso en sus senderos cuando repiten lo que fuimos o seremos. Y nuestros pasos son sus pasos y nuestros intentos sus intentos. Oh vanidad, la niña es la distancia y no sabe de intentos.

Si no somos, no podemos ser. Si la belleza es una, toda la locura del mundo no importa, vagos gritos, patéticos saltos, intentos y la niña no sabe de esa clase de voces.

La verdad es una, pero la belleza crece.

Oímos en consuelo.

Lo creo.

Pero entonces no es la belleza de las ruinas la que busco. - Pero crece - No importa.

Adelante.

Busco a Baudelaire. Atrás? La vergüenza. Y es que no hay atrás, nosotros, los lentos, los niños en peligro, los recolectores de estiércol supimos de las ruinas que dejaron los grandes torbellinos, los únicos. Pero los torbellinos con un ojo en la frente siguieron adelante, sumergiéndose, porque ella ya estaba, otra vez, demasiado lejos, demasiado honda.

Y los gustos? Y los temblores de mi cuerpo? Qué importan los gustos. El poema es lindo y qué me importa. El poema es lindo y ahora resulta que también es bello, y me sostiene. Me reafirma, me repite, y qué me importa?

Pero soy valiente, dicen las plagas en coro.

Demasiado tiempo entre las ruinas. Qué otros busquen la belleza. Repetirse es sin duda abominable. La Verdad es otra cosa, Extranjera hasta el hastío, mucho más lejos que nosotros, fabricantes de belleza y de trampas.

Y la niña corre. Qué escondes en tus manos?

- A por ella Capitán! O que la muerte nos liberé de tantas olas, de tantas ciudades enterradas.

20100119

Fantasmas



Al lado de cada viajero va un fantasma. El fantasma, a veces, se confunde con el viajero pues aunque suele estar cerca, en ocasiones está demasiado cerca. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se le ve claramente a su lado, de pie, imitando tal vez a otros viajeros que imagina entre sueños. Pero no siempre fue así.


Los griegos, por ejemplo. En aquel tiempo, cuando los dioses tenían cara, los viajeros eran también el fantasma. Digamos que el fantasma todavía no salía del pecho del viajero, quien se aventuraba a la gloria o al olvido con el fantasma en su lugar. Pero el tiempo pasó y no se sabe muy bien cuándo, el fantasma se escapó.


Luego del escape, sin embargo, el fantasma no fue demasiado lejos. Contradiciendo sus evidentes ansias de fuga, ni siquiera dejó los límites de la nave. Y allí se quedó, opinando sobre los más diversos temas, jugando a mover el timón de un lado a otro, susurrando frases al oído del viajero, gritándolas a los cuatro vientos, avergonzándonos de la humana tentación de dejar que la corriente nos alivie de las noches.


Al lado de cada viajero va un fantasma. Un fantasma que aunque así lo quiera, ya no podrá volver a su nicho en el pecho del viajero, pues durante una imprecisa noche del siglo XIX, ha sido descubierto en su huída, y de ahí en adelante ha resultado inútil engañarnos.


Al lado de cada viajero va un fantasma y Baudelaire lo sabía.


Y es que cualquiera capaz de describir la verdad del viaje ha tenido que, necesariamente, detener su mirada aunque sea por un momento en la figura cenicienta que a un lado del viajero se dibuja. Y Baudelaire supo de aquella verdad antes que nadie, y aunque en su poesía no haya más que imprecisas (pero incuestionables) huellas del fantasma, similares a las que un gran cuerpo deja en la trayectoria de la luz, no puedo dejar de mirar el momento en que los ojos del poeta y los ojos del fantasma se encontraron. – Eme aquí, le dice el fantasma sin palabras, deja ya esa sorpresa y ponte a trabajar, que el tiempo se aleja. – Pero es una palabra, dice Baudelaire, y me orbita como la luna a la noche.


Escribir una y otra vez esa palabra que nos orbita. Escribirla de día, escribirla de noche, escribirla con otras manos mientras sueñas..Y escuchar, escuchar los relatos desbocados de nuestra voz dormida, transformalos en poemas miserables que hablan de mujeres que se desarman, como el viento.


Los asesinos, los locos, los traductores anónimos, los vigilantes nocturnos de talleres –vacíos-, los enfermos terminales, los que cuentan sus pasos hacia ese punto negro que más parece un planeta de cristal que transparenta la infinidad del universo, las lejanas estrellas, esa diminuta nave que con la seguridad insensata de los hombres, avanza hacia las fronteras del lenguaje. Son ellos a los que el fantasma acompaña; los cazadores de desproporcionadas presas que callan su destino de ser hombres para hablar de ataúdes y de sombras, y acusar su secreto a los insectos.


Liev, ph


20100108

Conferencia



El hombre, enjuto, mal vestido, y de una tonalidad amarillenta que no presagia nada bueno, se acerca al estrado con una carpeta bajo el brazo, o más bien bajo la axila, como si la carpeta fuera también un termómetro o una espada como las que atraviesan a los hombres de teatro. Pero el hombre no es un actor, y si lo fuera, sería uno muy malo, pues a todas luces sobreactúa, y lo hace en tal medida, que irrita.


De la carpeta, que ahora extrae de su axila con una dificultad que hace pensar que realmente estaba enterrada, sobresalen unos cuantos papeles en los cuales probablemente apoyará sus palabras. Pero ¿es capaz de hablar un hombre así?, se pregunta la escasa concurrencia; unas seis u ocho personas que en común no tienen absolutamente nada.


El hombre, al que su enfermedad y una calvicie que avanza inexorable le confieren más años de los que en realidad tiene, tose una, dos, tres veces mientras ordena como puede (mal) los papales sobre el púlpito. No hay agua a su alcance, piensa la mayoría de los asistentes, temiendo que deban ser ellos los que tengan que socorrerlo en caso de una emergencia. Una emergencia relacionada con su enfermedad y que dos de los asistentes han comenzado a esperar con recatado morbo.


Las primeras palabras son de introducción. Da las gracias por la asistencia, pide perdón por una inexistente demora, habla del clima, halaga las virtudes del auditorio. A continuación saca, no sin dificultad, un par de anteojos desde el bolsillo interior de su chaqueta, antes de ponerlos en su lugar se clava dos veces el ojo izquierdo con el extremo del marco. Para alegría de la mitad del público, y para tristeza del resto, finalmente logra acomodarlos donde corresponde. Mira sus papeles, vuelve a toser. Un miembro del público, como si quisiera imitarlo, lo acompaña.


No hay sorpresa en los gestos de nadie cuando el hombre, que cada vez está más amarillo, comienza a recitar un poema que parece estar escrito en sus papeles, aunque nadie se atrevería a asegurarlo.


El poema es bueno..Es, en realidad, muy bueno. El hombre, después de un momento de vacilación, o de lo que parece vacilación, se saca los anteojos e informa al público presente que lo recién leído es obra de un poeta desconocido que habita en el centro del hastío.


El resto de la conferencia pasa con más pena que gloria. El hombre, en tanto, muere dos días después víctima de un accidente de coche. Su esposa cree, sin embargo, que todo se trata de una farsa, - Se ha escapado a Buenos Aires, le dice a su madre entre lágrimas, y ya nunca volverá.




Ph. Liev.

20100107

Ideas Praga




El camino. Una galería de puentes. Alguna vez en Chequia, un poeta muerto. De sus bolsillos Alguna vez De sus relámpagos.


Puentes alguna vez entre dos trincheras vacías: su guerra.


- Pero no hay tales caminos, dice el hombre mientras cruza los adoquines congelados. Su sonrisa de cuchillos contra el mar.


Y yo no lo olvido.



Dos poemas, por Ph. Liev:


ES LA CRIATURA


Te sugerí una vez que miraras los colores de la pared
Que los dibujaras con tu dedo como una boca
Que dejaras tus ojos sobre las brasas
Mientras el café caía como lluvia sobre el mar
Y tu cantabas un poema de Violeta Parra
Un poema que no conocías
Que nunca te leí
Que nadie nunca te leyó
Y cantabas buscando una guitarra con tus manos
Pero no había guitarras en la habitación miserable
Pues no había más que fuego y alas
Y eso yo también te lo dije
Y tus manos / de pronto / se volvieron amarillas
Y yo las vi volverse amarillas
Entre las llamas
Y pensé en la inocencia y en los héroes
Y también pensé en los libros de los escritores norteamericanos del siglo XX
Mientras inventaba explicaciones y discursos
Para poder seguir a los pequeños esquifes
/ que surcaron el desastre

Y así pasaron las horas que me mantuvieron despierto
Durante las mañanas huracanadas de las orillas del mundo
Y entonces
Sin que yo pudiera contarlo
Tu guitarra desgarró las alas de las sirenas…
Gritos y rimas indescifrables
invocaron los perímetros de los oleos/horizonte
Voces que recordé mías y tuyas
caían del cielorraso para posarse en las infames sentencias
de la poesía de los niños huérfanos de norte y de lápidas memorables
y de raíces y de flores y de tierra
Incluso de tierra
Sobre todo de tierra
que cantas y te llevas a la boca para que en tu vientre crezcan
los bosques donde los búhos aniden en paz

Y así pasaron los años que me mantuvieron despierto
Lejos de las horas y de los plazos
Asolado de llamas de las que no escapé
En busca de la trampa sin paredes
A la que nos conduce la estela de los témpanos
Y también la memoria y las lecturas de los artistas del hambre
Y los truenos de los aviones sobre el océano
Y el tiempo
Ese breve insecto que canta en los talleres helados
objetivo final de los detectives que buscan la belleza de los crímenes
y que una noche con tanto cuidado tomé entre mis dedos
para salvarlo de las llamas
y de los cantos
y así poder seguir quemándome
en Mi mismo
hasta que las manos
se confundieran con las paredes y sus puentes

Y los ojos se cerraron
La guitarra se transformó en tres animales azules
que velaron tu sueño
mientras la nieve caía sobre la gran fogata rodeada de grillos
y de Suerte
No de fortuna
No de abundancia
Pero de Suerte
Y eso es todo
Desde las cumbres no es más que un punto de luz en el oasis
Un anaranjado en el horror
Un celeste en las penas que nos esperan y hacia las que corremos sin descanso
Y tu lo sabes
Lo repites cada noche con la forma de la sangre que corre por tus sueños
Y yo lo escucho desde la trinchera de una guerra sin trincheras
Y lo cuido y lo leo y lo escribo
Como si se tratara de un conjuro
Pero no se trata de un conjuro
Ni mucho menos de un poema
A la mujer
que describió la forma del destino
que se esconde en la silueta imaginaria
de mis duelos
En el estar cansado
de mi voz
/ Razón transparente
que justifica la comedia de los actos
Sucia bandera que flamea entre el incendio
Y los aplausos presagiados por la trampa
La trampa presagiada por la arena
Arena presagiada por los viejos augures de la insensatez y del delirio
Hechiceros que buscamos cada noche
Para que nos hablen de los meses invisibles que jugamos a olvidar
Y a veces
Entre el descuido y el desvelo
Modelamos la respuesta que nos dice


No hay tales caminos
No hay tales trampas
No hay tales puertas de tales leyes
Porque tu eres la forma del abismo
Y por tus surcos
Derivarán los barcos y las aguas
Y de tu brisa
Nacerán los colores por venir



Encrucijadas vacías
Un árbol en medio del desierto no separa el desierto
Un hombre
Un dibujo
Newman
Rothko
Cruces
Cementerios con flores de papel
Papeles de horizontes y de sangre
Robert Frost en medio de la nieve
Preguntándose el futuro de sus pasos
Dos caminos hay, dice
Ocultando su sonrisa de tantos caminos de tantos pasos
de tanto arbitrio

Palabras

Barcos hundiéndose demasiado cerca de los muelles
Perros olfateando la estela del error
Trazos de carbón adivinando el patrón de tus desvelos
Libros sosteniendo las ruinas de la noche

Llamas

Gritos que confundo con un canto
se abren paso por la bruma
Es la criatura
En sus ojos los ojos de mil alas
En sus intentos las grietas de la ley

Río de Voces

Piedras talladas asemejan Otras piedras
Las cenizas caen en el rincón que es uno y cuatro
Violeta Parra ensaya una sonrisa
Los aplausos decaen
Los meses se desmoronan
El décimo año ensaya sus edictos
El insecto cuenta la historia de un pintor, la muerte y un espejo
Todos ríen

Mares de Nada

Y vuelta a empezar



GALERÍAS


Los demonios empezaron la fiesta sin mi
Devoraron los peces sin mi
Bebieron la sangre sin mi
Lanzaron los dados sin mi
Contaron sus ojos sin mi
Dibujaron la playa
La forma de las calles
La entrada de los bares
Las luces titilando
Los héroes sin márgenes
Las tormentas sin error
Los mástiles / los rayos
Sin mi
se abrieron las galerías
que guardan los óleos sin estrellas
Las recorro
Buscando el horizonte
Inmensas-galerías-circulares
En cuyas altas paredes y sobre cada cuadro
se abren como nichos de muerte las mínimas cuevas de los demonios
que duermen
y el horizonte se aleja
que recitan versos en olvidadas-lenguas-germánicas
y las nubes se alejan
que murmuran la Suerte de un niño
que Busca en Devastadas planicies
y las olas se agitan
forman afilados dientes
escalas que somos o seremos
caminos
que transitamos con el mundo
en-un-sólo-cuerpo
de largas manos de largas uñas
que se estiran
como si trataran de alcanzar La estela
de las batallas sin trincheras
que se libran más allá de las vanguardias
(y de la lluvia y de sus gritos de valkiria)
La sombra de los años
en que los dados se detengan
y las apuestas se cobren o se pierdan
y los demonios se escapen
no de sus cuevas sino de los cuadros que eran sus cuevas
y vuelen sobre nuestras cabezas
en insensatos remolinos
que se traguen las olas y sus dientes
y con ellos al hombre de largas manos
que alguna noche entregara su alma
para poder creer que en sus intentos
fue también todos los hombres
fue Homero y Shakespeare y Kafka
Joyce y Borges
Troya y Barcelona
Y yo y tu que sin querer fuimos él
Mientras soñábamos
con las vastas-galerías-sin final



20100106

Tres Espejos Persas






LA MUERTE DEL VISIR


- El visir ha muerto.
- ¿Dónde?
- En el segundo patio, aquel donde desemboca la galería que marca el final del cuarto corredor del palacio, a pocos pasos del aljibe que la arena ha llenado.
- ¿Sigue allí su cadáver?
- Aún permanece allí, tendido sobre la arena blanca. Sus brazos en cruz. Sus ojos abiertos.
- ¿Hay signos de agresión?
- No hay signos de agresión sobre el cuerpo incorrupto.
- ¿Sospecha alguien de alguna causa que explique, bien o mal, su muerte?
- No hay certezas, pero hay rumores que circulan por los salones del palacio.
- ¿De qué hablan tales rumores?
- Los rumores hablan de extrañas causas.
- ¿Con qué se relacionan tales causas?
- Se relacionan con oscuras artes.
- ¿Qué sabía el visir de tales artes?
- Lo suficiente como para que su vida corriera un peligro cierto.
- ¿Dónde practicaba sus artes el visir?
- En este palacio. En una habitación cuya entrada se ocultaba en un gran anaquel colmado de libros que nadie nunca tocó (y que nadie tocará).
- ¿Conocía alguien la existencia de tal entrada?
- La entrada era desconocida hasta por sus mas cercanos, pero luego de su muerte ha quedado sin cerrar.
- ¿Ha entrado alguien a la habitación secreta?
- Nadie se ha atrevido a hacerlo. El carácter del visir fue famoso en la ciudad y aún fuera de ella.
- ¿Puede usted conducirme a la entrada de la habitación en que el visir practicaba las oscuras artes?


El despacho del visir era en todo similar a las habitaciones de trabajo de los hombres de cierta importancia; el bello escritorio de madera labrada, las preciosas alfombras, los cuadros de viejas batallas… tal vez sólo el número de libros, que era enorme, fuera el único rasgo distintivo de la oficina del visir. Los libros se ordenaban en cuatro enormes anaqueles que se levantaban contra las cuatro paredes de la habitación, dos de ellos cubrían por completo dos paredes, otro, separado en dos en su centro, dejaba espacio para una estrecha y alta ventana desde la cual podía adivinarse el lejano mar. Era en el cuarto anaquel en el que se recortaba una pequeña puerta que, estando cerrada, en nada debía distinguirse del resto de la estructura. Ahora, sin embargo, la puerta estaba abierta.

Esta es la puerta secreta que se confunde con el gran anaquel, pensó Fajyaz Fahim, el poeta, y se dirigió hacia ella no sin antes pasar su mirada por los libros que en aquel lugar se ordenaban. No supo, o no quiso saber, que le impidió detenerse en ellos.

Lo que vio Fajyaz Fahim, a pesar de lo desmesurado de sus expectativas, y tal vez debido a eso, no dejó de sorprenderlo. Fajyaz Fahim, el poeta, vio una copia exacta de la oficina del visir. Allí estaban las alfombras, el escritorio, los cuadros de las viejas batallas, los cuatro enormes anaqueles repletos de libros, la estrecha ventana, la lejana estela del mar, y allí estaba también la pequeña puerta que no había sido cerrada.

Al franquear la segunda puerta Fajyaz Fahim pensó en la inevitable repetición del primer hallazgo pero no en que las emociones ante él también se repetirían. Las alfombras, el escritorio, los cuadros, los anaqueles, la ventana, la pequeña puerta. El vértigo.

Poco tiempo había pasado luego de haber perdido la cuenta de las habitaciones dejadas atrás, cuando Fajyaz Fahim notó que la luz que dejaba entrar la estrecha ventana había cambiado su color, haciéndose este más tenue, más cercano al suave anaranjado que a Fajyaz Fahim, el poeta, le recordaba el color de ciertos peces que cuando niño veía nadar en la fuente que marcaba el centro del patio de su casa paterna.

Está atardeciendo, se dijo Fajyaz Fahim, luego, el tiempo no se repite junto con las habitaciones del visir. Durante unos momentos, Fajyaz Fahim estuvo pensando si aquello era una buena o una mala noticia. Finalmente llegó a la conclusión de que era una buena noticia pues reducía considerablemente el presumible poder con que contaba el visir. El visir, se dijo, no contaba (¡no cuenta!) con el don de manejar el tiempo, sino que sólo con la extraña habilidad para construir habitaciones idénticas. Fajyaz Fahim suspiró y le pareció que respiraba por primera vez en mucho tiempo.

Fajyaz Fahim decidió entonces que ya había visto demasiado, y desistiendo de la idea de ver el final del juego del visir, volvió sobre sus pasos. Cuando llegó a la primera habitación la luz que entraba por la estrecha ventana era la luz clara y sin matices de la media tarde. La hora, la misma que al atravesar la puerta por primera vez.

Sellen esa puerta, aconsejó Fajyaz Fahim al guardia principal del palacio. Entierren al visir cerca del mar.

Así se hizo.



LAS CRINES DE BABAR


La prematura intersección del tiempo con el Tiempo no es sino otro signo de mi particular posición en el mundo, pensaba Fajyaz Fahim mientras caminaba rumbo a la que era su casa. Y cuando se decía esto, en ningún momento la imagen del visir tendido en uno de los patios del palacio (y que no pudo ver) pasó por su cabeza. No, lo que llenaba su silencioso retorno no eran tales desventuras, sino un evento relacionado con una de sus más preciadas posesiones y que su fiel vasallo le había hecho notar, no sin sorpresa, aquella mañana.

- Babar ha amanecido con su cabello (así se refirió su vasallo a las crines de Babar) lleno de pequeños nudos, y es extraño pues personalmente me cuido de cepillarlo cada noche.

Tales fueron las palabras de Farhaan, el vasallo.

Fajyaz Fahim lo miró como si buscara en su cara la clave del mundo. Lo que es extraño, le dijo luego de un momento Fajyaz Fahim a su vasallo, es que la última noche he soñado tus palabras. Y así era, pues la noche anterior a su visita al palacio, Fajyaz Fahim había soñado con un dialogo en todo parecido al de aquella mañana, siendo el escenario de éste la única diferencia, pues en el sueño el diálogo se desarrollaba mientras él y su vasallo empujaban una pequeña barca hacia el mar y no en una de las habitaciones de su casa como sucedió en realidad.

Fajyaz Fahim, que aún se encontraba lejos de su casa, dio un largo suspiro, inesperadamente, y como por acto de magia, las imágenes de Babar y su vasallo se alejaron aparentemente sin dejar huella. Levantó entonces la cabeza y miró el alto cielo. ¡Qué azul más hermoso! se dijo sin bajar la mirada. Si Aquel que es Uno me concediera un deseo, yo pediría perderme en el azul del cielo para siempre.

Fajyaz Fahim llegó a su casa cuando el fin de la jornada se adivinaba en las largas sombras a los pies de todas las cosas. En la entrada principal lo esperaba Farhaan, su vasallo, con una expresión ausente, como si no sólo no esperara a su señor, sino como si ya no esperara absolutamente nada.

- ¿Qué ha ocurrido?, preguntó Fajyaz Fahim a su fiel vasallo.
- Tiene usted una visita que lo espera hace ya varias horas, contestó Farhaan.
- Dime, Farhaan, quién nos honra con su visita
- No lo sé, mi señor, no ha querido dar su nombre.

El visitante esperaba en el primer patio, caminando pausadamente, con la mirada baja y sus manos entrelazadas tras su espalda. Cuando Fajyaz Fahim puso un pie en la arena del patio, que a esa hora tomaba un color cobrizo que con frecuencia conducía a Fajyaz Fahim a estados melancólicos, el visitante detuvo su andar y sin voltearse para ver el rostro del dueño de casa dijo:

- Por fin has llegado, Fajyaz Fahim, te he estado esperando.
- Fajyaz Fahim caminó hacia el visitante, y cuando sólo unos pasos separaban a los dos hombres, comenzó a rodearlo para tratar de encontrar su rostro.
- ¿Quién eres?, preguntó Fajyaz Fahim sin dejar de caminar en torno al visitante que aún no permitía ver su rostro.
- ¿No sabes quién soy?
- No lo sé, por favor dime, cuál es tu nombre.
- Mi nombre no es lo que más importa.
- Entonces dime, ¿qué es lo que te trae hasta mi casa?

El visitante levantó entonces la cabeza y detuvo su mirada en los ojos de Fajyaz Fahim. Fajyaz Fahim sintió que un soplo frío le recorría la espalda. El rostro del visitante era en todo idéntico al rostro de Farhaan, su vasallo.

No fueron pocas las cosas que atravesaron la mente de Fajyaz Fahim durante el segundo que siguió a su descubrimiento, todas ellas caracterizadas por el ansiedad y no pocas por el franco temor. Finalmente optó por hacer lo que a su juicio era lo más adecuado y gritó el nombre de su vasallo con el fin de que se apersonara a su lado y así comprobar tanto la realidad de ese extraño milagro como la fortaleza de su razón.

¡Farhaan! Gritó Fajyaz Fahim en dirección a la entrada principal de su casa, lugar en el que por última vez había visto a su vasallo.

- Qué es lo que desea, señor mío. Contestó serenamente el visitante.

Fajyaz Fahim perdió el sentido y cayó al suelo.

Cuando a la mañana del día siguiente abrió los ojos, Farhaan estaba a su lado.

- ¿Cómo se siente mi señor?, preguntó Farhaan visiblemente preocupado. - ¿Ha tenido usted algún percance en el palacio?
- ¿Eres tú mi buen Farhaan?, preguntó Fajyaz Fahim tomando firmemente a su vasallo de sus vestiduras.
- Soy yo, mi señor. ¿Ocurre algo malo?
- Farhaan, mi buen vasallo, dime ¿Quién era el visitante que me esperaba en el patio?, preguntó Fajyaz Fahim, temiendo escuchar una respuesta que le hiciera perder del todo la razón.
- Hace meses que hasta su casa no ha llegado visitante alguno mi señor, contestó Farhaan recorriendo con la mirada el vacío de la amplia habitación, sólo era yo que lo esperaba como siempre. Y luego agregó: Al verme gritó usted mi nombre y entonces cayó al suelo como fulminado por un rayo, yo lo traje hasta su habitación donde ha dormido todo la noche. ¿Es que ha pasado algo en el palacio? Volvió a preguntar Farhaan, el vasallo.
- No, nada ha pasado, respondió Fajyaz Fahim, el poeta, y cerró los ojos.



EL ESPEJO DE GEDROSIA


Al abrir los ojos, Fajyaz Fahim se encontró a sí mismo en una de las habitaciones reproducidas hasta el vértigo por el oscuro ingenio del visir. La pequeña puerta abierta, la bella alfombra, el escritorio labrado con una minuciosidad digna de más nobles fines, los cuadros de las antiguas batallas, la estrecha ventana que miraba hacia el lejano mar. Todo en la habitación del visir se repetía de la misma forma en que la memoria de Fajyaz Fahim lo había hecho perdurar.

Y como en su visita al palacio, también en su sueño Fajyaz Fahim se detuvo un momento en los libros de los grandes anaqueles, pero esta vez Fajyaz Fahim pudo dominar, no sin esfuerzo, sus confusas emociones y fue capaz de hacer lo que la pesada realidad antes no le permitiera: se acercó a uno de los anaqueles (que estaba junto a la estrecha ventana) y comenzó a acariciar los títulos de los libros como si pudiera leerlos con la yema de sus dedos.

Finalmente, y sin que mediara la voluntad de Fajyaz Fahim, su mano se detuvo. Era un libro de tapas verde olivo, doradas eran las antiguas inscripciones y en su interior, con preciosa caligrafía de otros tiempos, se narraba la historia de un poeta persa nacido en las tierras de Gedrosia cuando corría el duodécimo año del sexto siglo.

No hubo sorpresa en el rostro de Fajyaz Fahim cuando supo que el poeta que el libro le presentaba, y cuyo nombre Fajyaz Fahim podía leer mas no comprender, repetía con su vida la vida de Fajyaz Fahim.

Allí estaban sus aventuras de niño, la caída del hermoso caballo blanco regalo de su padre y la cicatriz que ésta dejó, los peces crepusculares de la antigua fuente y la improbable muerte de su padre, y allí estaban también sus libros, los aplausos, la llegada de Farhaan, su fiel vasallo, la llamada del palacio, la noticia de boca del guardia principal, la entrada en la oficina del visir, las infinitas puertas, el consejo antes de partir, la recepción de Farhaan, el inesperado visitante, el grito, el sueño, el libro de verdes tapas, las tapas de dorados signos y el nombre del poeta que esta vez Fajyaz Fahim sí pudo entender y pronunciar una y otra vez moviendo apenas sus labios, Fajyaz Fahim, repitió catorce veces Fajyaz Fahim, Fajyaz Fahim, el poeta. Y no hubo respuesta.

Fajyaz Fahim abrió los ojos. Farhaan, sentado a su lado, dormía dejando que la luna dibujara su silueta en la pared y parte del piso. - Todo está bien, se dijo Fajyaz Fahim contemplando el apacible sueño de su vasallo, deseando que el gato blanco que permanecía inmóvil junto a la entrada de su habitación, y que ahora se estiraba cuan largo era, fuera parte de la noche, acaso del sueño o de la luna, y no de las artes que su padre le enseñara a temer.


Ph. Liev.

20091221

Perseguidores




Y la lluvia atemorizada haciendo puente,
para no apaciguar.
René Char





Estoy en Santiago de Chile, no llueve hace meses. En las calles sopla el viento entre cantos confundido; aullidos que irremediablemente nos conducen hasta el insensato muelle /que canta, y que a mi ha terminado por llevarme a mi propia habitación, ojo de tormenta, nido de los pájaros del Erebo donde una voz irreversible me recuerda: no importa hacia dónde te arrastre el viento, pequeñas habitaciones o lejanos puentes, páginas o fiebre, promesas o ciudades, no importa.

No importa-repito o más bien, repitió la voz- hacia dónde te arrastre el viento.

Y es ahora cuando lo puedo ver. El hombre de la voz está sentado en su escritorio, se está moviendo. Cambia de habitación, de calle, de cuidad, de país, como quien una página. No tiene cenicero, es en su ventana donde guarda las colillas de sus cigarrillos. Las tazas de café vienen a interrumpir una persecución, un crimen, un romance.

Estoy en Santiago de Chile y mi café no interrumpe nada, absolutamente nada. En mi velador está Bartleby y Compañía, la página 74 está marcada por la fotografía de un puente (el puente rojo de Aysén). Página donde se habla de Marcel Duchamp. /paréntesis o contexto: Duchamp dejó de pintar porque ya no tenía ideas (“je n`ai plus d`idées”). A mi lado, sobre una cama, está La Universidad Desconocida. En su portada una imagen que justamente me recuerda Desnudo bajando una escalera de Duchamp. Entonces he buscado al autor de la portada, dice: Ilustración: Setenta y cinco años después, Nápoles. Larry Rivers.

Ahora mi objetivo inmediato es perseguir a Larry (1923-2002). Un artista norteamericano cuyo verdadero nombre fue Yitzhok Loiza Grossberg nacido en el Bronx, Nueva York. Para mi sorpresa, Larry es además saxofonista. Estudió en Juilliard como tantos otros, algunos grandes, algunos desmesurados y hermosos y entre ellos estaba Miles Davis, de quien fue amigo. Y es tal vez por eso que escuchaba a Davis cuando abrí este documento en blanco. Las sorpresas se sucederán sin prisa, no me queda más que sonreír.

Esta noche, en Santiago de Chile /no he dejado de saber dónde estoy/ me acompaña una sonrisa (semejante a la de azul en verde) y la persecución a Larry, Larry en la década del 40, Larry, uno de los miembros de la Escuela de Nueva York.

Estoy en Santiago de Chile y a mi habitación ha entrado la madrugada tal como yo he entrado en la escuela de Nueva York y en las noches de hace un año, es decir, inevitablemente. Fueron imágenes de Motherwell las que cruzaron el océano aquellas noches. Entre las horas de las madrugadas celestes corrían cuadros, silencios y horizontes de Rothko, Newman, Kline, Gottlieb, y en ocasiones fueron los gritos de Pollock y de de Kooning. Todos Cruces sobre el Océano. Pulverizando el Horizonte. En el heroísmo de entender el mar como fortuna y posibilidades. Repetíamos Mientras el café nos habla de ciudades /Y de héroes.

Larry, no he olvidado a Larry. Mi persecución continua en las palabras de su autobiografía- “What Did I Do?“, he wrote: “I knew that being in the presence of art, making art -- even making love -- couldn’t get at the feelings I felt when I played music.” Estar en la presencia del arte. Me parece que mi persecución puede descansar un momento, no demasiado, pero sí lo suficiente como para apreciar que en ella no estuve sola; Larry eco, Larry espejo en el camino, Larry improbabilidad de los puentes, hasta pronto.

Estoy en Santiago de Chile y Larry Rivers murió un agosto, diez años después que lo hiciera Miles Davis. Estoy en Santiago de Chile, pero durante estos doce meses he estado también en Nueva York y en Berlín, en Ámsterdam y Blanes, en París, en Tokio, Viena, Praga y Dublín. Estoy en Santiago de Chile y son cerca de las tres de la mañana, abro entonces mi ventana en su décimo quinta página:

Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras

Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniendo todo de mi parte.

( Y la lluvia atemorizada haciendo puente,/para no apaciguar. Decía Char)

Y Bolaño diciéndonos De ninguna manera.

Y nosotros sonriéndole mientras esperamos la lluvia
Sobre la extraña carretera donde veremos
El caballo que suda sangre, galopando a la deriva
Celeste.


M

20091119

Josefina la Cantora




Uno de los más notables textos escritos en este siglo es, sin lugar a dudas, El Policía de las Ratas de Roberto Bolaño, cuento incluido en el libro El Gaucho Insufrible, publicado el año 2003 por editorial Anagrama. En este relato, Pepe el Tira, una rata de alcantarilla que ejerce como policía de homicidios, nos introduce a sus experiencias en el oficio de volver sin temor al lugar del crimen, de buscar sin pausa las huellas de la muerte. No es el momento todavía de hablar sobre los caminos dilucidados por este relato que conmueve de tanta lucidez, de tanta inteligencia. El objetivo de este post es otro, es simplemente presentarles a alguien que me parece no todos han tenido el placer de conocer. Hablo de la tía, no se sabe si materna o paterna, de Pepe el Tira:

“Alguno de ellos, tal vez todos, aunque se cuidaban de andar comentándolo, sabían de antemano que yo era uno de los sobrinos de Josefina la Cantora”

El Policía de Las Ratas, página 1

Josefina la Cantora es la tía de Pepe el Tira, les presento pues sin más retraso el relato en que Franz Kafka nos dice quién fue esta rata que cantaba como nadie nunca cantó en el pueblo de las ratas.


Josefina la Cantora

Por Franz Kafka


Josefina es el nombre de nuestra cantora. Quien no la ha oído, no conoce el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, prueba de su valor, ya que en general nuestra raza no aprecia la música. El silencio es nuestra música preferida; nuestra vida es dura, y aunque intentáramos olvidar las preocupaciones cotidianas no podríamos nunca elevarnos tan por encima de nuestra vida habitual, hacia la música. Pero no nos quejamos mucho; casi ni nos quejamos; consideramos que nuestra máxima virtud es cierta astucia práctica, en verdad sumamente indispensable, y con esa sonriente astucia solemos consolarnos de todo, aun cuando alguna vez sintamos –lo que no ocurre nunca– la nostalgia de felicidad que tal vez la música produce. Sólo Josefina es una excepción; le gusta la música, y además sabe comunicarla; es la única; con su desaparición desaparecerá también la música –quién sabe hasta cuándo– de nuestras vidas.
Muchas veces me he preguntado qué ocurre realmente con esa música. Carecemos totalmente de sentido musical; ¿cómo comprendemos entonces el canto de Josefina, o más bien, ya que Josefina niega nuestra comprensión, creemos comprenderlo? La respuesta más simple sería que la belleza de su canto es tan grande que ni los más obtusos pueden resistirla; pero esa respuesta es insatisfactoria. Si así fuera realmente, al oír ese canto deberíamos experimentar, ante todo y en todos los casos, la sensación de lo extraordinario, la sensación de que en esa garganta resuena algo no oído antes, y que tampoco somos capaces de oír, y que tal vez Josefina y sólo ella nos capacita para oír. En realidad, no es ésta mi opinión, no siento eso y no he notado que los demás lo sintieran. En círculos íntimos, no titubeamos en confesarnos que, como canto, el de Josefina no es nada extraordinario.
Para empezar con algo, ¿es canto? A pesar de nuestra carencia de sentido musical, poseemos tradiciones de canto; en la antigüedad, el canto existió entre nosotros; las leyendas lo mencionan, y hasta se conservan canciones, que desde luego ya nadie puede entonar. Por lo tanto, tenemos alguna idea de lo que es el canto, y es evidente que el canto de Josefina no corresponde a esa idea. ¿Es entonces canto? ¿No será quizás un simple chillido? Todos sabemos que el chillido es una aptitud artística de nuestro pueblo, o, mejor que una aptitud, una expresión vital característica. Todos chillamos, pero a nadie se le ocurre que esto sea un arte, chillamos sin darle importancia, hasta sin darnos cuenta, y muchos de nosotros ni siquiera saben que es una de nuestras características. Por lo tanto, si fuera cierto que Josefina no canta, sino chilla, y que tal vez, como creo yo por lo menos, su chillido no sobrepasa los límites de un chillido común –hasta es posible que sus fuerzas ni siquiera alcancen para un chillido común, cuando un simple trabajador de la tierra puede chillar todo el día, mientras trabaja, sin cansarse–; si todo esto fuera cierto, entonces quedarían de inmediato refutadas todas las pretensiones artísticas de Josefina, pero todavía faltaría resolver el misterio de su inmenso encanto.
Tengamos en cuenta, después de todo, que lo que ella emite es un simple chillido. Si uno se coloca bien lejos y la escucha, o todavía mejor, si para poner a prueba su discernimiento trata de reconocer la voz de Josefina cuando ésta canta en medio de otras voces, sólo distingue, sin lugar a dudas, un vulgar chillido, que en el mejor de los casos apenas se diferencia por su delicadeza o su suavidad. Y sin embargo, si no se está ante ella, ya no se oye un simple chillido; para comprender su arte es necesario no sólo escucharla, sino también contemplarla. Aun cuando sólo fuera nuestro chillido cotidiano, nos encontramos ante todo con la peculiaridad de alguien que se prepara con solemnidad para ejecutar un acto cotidiano. Cascar una nuez no es realmente un arte, y en consecuencia nadie se atrevería a congregar a un auditorio para cascar nueces. Pero si lo hace y logra su propósito, entonces ya no se trata simplemente de cascar nueces. O tal vez se trate simplemente de cascar nueces, pero se descubre que nos hemos despreocupado totalmente de dicho arte porque lo dominábamos demasiado, y este nuevo cascador de nueces nos muestra por primera vez la real esencia del arte, al punto que podría convenirle, para dar un mayor efecto, ser un poco menos hábil en cascar nueces que la mayoría de nosotros.
Tal vez sucede lo mismo con el canto de Josefina; admiramos en ella lo que no admiramos en nosotros; por otra parte, ella coincide totalmente con nuestra opinión. Yo me encontraba presente una vez que alguien, como a menudo ocurre, mencionó el chillido popular, tan difundido, y en verdad lo mencionó muy tímidamente, pero para Josefina era más que suficiente. No he visto nunca una sonrisa tan sarcástica y arrogante como la suya en ese momento; ella, que es la personificación de la perfecta delicadeza, y hasta se destaca por eso entre nuestro pueblo, tan rico en finos tipos femeninos, llegó a parecer en ese instante francamente vulgar; pero su gran sensibilidad le permitió advertirlo y se dominó. De todos modos, niega toda relación entre su arte y el chillido. Sólo siente desprecio hacia los que son de opinión contraria, y probablemente un odio inconfesado. Esto no es simple vanidad, porque dichos opositores, entre los que en cierto modo me cuento, no la admiran seguramente menos que la multitud, pero Josefina no se conforma con la simple admiración, quiere ser admirada exactamente como ella prescribe; la mera admiración no le importa. Y cuando uno está frente a ella, la comprende; la oposición sólo es posible desde lejos; cuando uno está frente a ella, sabe: lo que chilla no son chillidos.
Como chillar es uno de nuestros hábitos inconcientes, podría suponerse que también en el auditorio de Josefina se oyen chillidos; nos encanta su arte, y cuando estamos encantados, chillamos; pero su auditorio no chilla, guarda un silencio ratonil; como si nos volviéramos partícipes del anhelado silencio, del que nuestro chillar nos apartaría, callamos. ¿Nos extasía su canto, o no será más bien el solemne silencio que envuelve su débil vocecita? Sucedió una vez que una tonta criaturita comenzó también a chillar, con toda inocencia, mientras Josefina cantaba. Ahora bien, era exactamente lo mismo que Josefina nos hacía oír; frente a nosotros, sus chillidos cada vez más débiles, a pesar de todos los ensayos, y en medio del público, el chillido infantil e involuntario; hubiera sido imposible señalar una diferencia; y sin embargo silbamos y siseamos de inmediato a la intrusa, aunque en realidad era totalmente innecesario, porque ésta se habría retirado de todos modos arrastrándose de terror y vergüenza, mientras Josefina lanzaba su chillido triunfal y en un completo éxtasis extendía los brazos y estiraba el cuello hasta más no poder.
Por otra parte, siempre ocurre así, cualquier tontera, cualquier contingencia, cualquier contrariedad, un crujido del suelo, un rechinar de dientes, un defecto de la iluminación le sirven de pretexto para realizar el efecto de su canto; cree cantar sin embargo ante oídos sordos; aprobación y aplauso le sobran, pero no verdadera comprensión, según ella, y hace tiempo que se resignó a la incomprensión. Por eso le agradaban tanto las interrupciones; cualquier circunstancia exterior que se oponga a la pureza de su canto, que pueda ser vencida con poco esfuerzo, o hasta sin esfuerzo, con simplemente afrontarla, puede contribuir a despertar a la multitud, y a enseñarle, si no la comprensión, por lo menos un respeto supersticioso.
Si así le sirven las pequeñeces, ¡cuánto más los grandes avatares! Nuestra vida es muy inquieta, cada día nos trae nuevas sorpresas, temores, esperanzas y miedos, que el individuo aislado no podría soportar si no contara día y noche, siempre, con el apoyo de sus camaradas; pero aun así sería bastante difícil; muchas veces miles de espaldas tambalean bajo una carga destinada a uno solo. Entonces Josefina considera que ésta es su hora. Se yergue, delicada criatura; su pecho vibra con angustia, como si hubiera concentrado todas sus fuerzas en el canto, como si se hubiera despojado de todo lo que en ella no es directamente necesario al canto, toda fuerza, toda manifestación de vida casi, como si se hubiera desnudado, abandonado, entregado totalmente a la protección de los ángeles guardianes, como si en su total arrobamiento en la música un sólo hálito frío pudiera matarla. Pero justo cuando aparece así los que nos decimos oponentes solemos comentar:
–Ni siquiera puede chillar; tiene que esforzarse tan horriblemente no para cantar (no hablemos de cantar), sino para obtener algo vagamente parecido al chillido habitual del país.
Así comentamos, pero esta impresión, como he dicho inevitable, es sin embargo fugaz, y rápidamente desaparece. Pronto, también nosotros nos sumergimos en el sentimiento de la multitud, que en cálida proximidad escucha, conteniendo el aliento.
Y para reunir en torno a ella esta multitud de gente de nuestro pueblo, un pueblo casi siempre móvil, que corre de un lado para otro por motivos no muy claros, le basta a Josefina generalmente echar la cabecita hacia atrás, entreabrir la boca, volver los ojos hacia lo alto, y adoptar en general la posición que anuncia su intención de cantar. Puede hacer esto donde se le ocurra, no hace falta que sea un lugar visible desde lejos, cualquier rincón escondido y escogido al azar según el capricho del instante, le sirve. La noticia de que va a cantar se difunde de inmediato, y pronto acuden procesiones enteras.
Claro que a veces surgen inconvenientes, porque Josefina canta con preferencia en tiempos de agitación; múltiples preocupaciones y peligros nos obligan a seguir caminos divergentes, a pesar de la mejor voluntad no podemos reunirnos tan rápidamente como Josefina desearía, y se ve obligada a esperar algún tiempo, sin abandonar su actitud grandilocuente, y sin auditorio suficiente; entonces se pone francamente furiosa, patalea, maldice de manera muy poco casta; hasta llega a morder. Pero ni siquiera semejante conducta perjudica su reputación; en vez de contener sus exageradas pretensiones, todos se esfuerzan por satisfacerlas; se envían mensajeros para convocar más público; se le oculta esta circunstancia; en todos los caminos de los alrededores hay centinelas apostados que hacen señales a los concurrentes para que se apresuren; y continúa hasta reunir un auditorio tolerable. ¿Qué impulsa a la gente a molestarse tanto por Josefina? Problema tan difícil de resolver como el del canto de Josefina, y muy relacionado con él.
Se podría suprimirlo, e incluirlo totalmente en el segundo problema mencionado, si fuera posible asegurar que por su canto la gente es incondicionalmente adicta a Josefina. Pero no es éste el caso; nuestro pueblo desconoce casi la adhesión incondicional; nuestro pueblo, que ama sobre todo la astucia inocua, el susurro infantil y la charla inocente y superficial, ese pueblo no puede en ningún caso entregarse incondicionalmente, y Josefina lo sabe muy bien, y justamente contra eso combate con todo el vigor de su débil garganta.
En verdad, no debemos exagerar las consecuencias de estas consideraciones tan generales; el pueblo es adicto a Josefina, pero no lo es en forma incondicional. Por ejemplo, no serían capaces de reírse de ella. Llega a admitir que muchos aspectos de Josefina son risibles; y la risa es de por sí una de nuestras características constantes; a pesar de todas las miserias de nuestra existencia, la risa moderada es en cierto modo nuestra compañera habitual; pero de Josefina no nos reímos. A menudo tengo la impresión de que el pueblo concibe su relación con Josefina como si este ser frágil, indefenso, y en cierto modo notable (según ella notable por su poder lírico), le estuviera confiado y debiera cuidar de ella; el motivo no es claro para nadie, pero el hecho parece indiscutible. Pero nadie se ríe de lo que le han confiado; reírse sería faltar al deber; la máxima maldad de que a veces son capaces los mezquinos al hablar de ella es ésta: "La risa se nos acaba cuando vemos a Josefina."
Así cuida el pueblo a Josefina, como un padre cuida a la criatura que le tiende su manecita, no se sabe bien si para pedir o para exigir. Podría pensarse que nuestro pueblo no es capaz de desempeñar esas funciones paternales, pero en realidad, y por lo menos en este caso, las desempeña admirablemente, ningún individuo podría hacer lo que hace la totalidad del pueblo. Desde luego, la diferencia de fuerzas entre el pueblo y el individuo es tan extraordinaria, que basta que atraiga al protegido al calor de su proximidad, para que éste se encuentre suficientemente protegido. Pero nadie se atreve a hablar de esto con Josefina. "Me burlo de vuestra protección", dice en esos casos. Sí, sí, búrlate, pensamos. Y en realidad, su rebelión no implica nuestra resistencia, más bien es mera puerilidad y gratitud infantil, y el deber de un padre es obviarlas.
Pero hay algo en las relaciones entre el pueblo y Josefina que es aún más difícil de explicar. Josefina no sólo descree de la protección del pueblo, cree que es ella quien protege al pueblo. Piensa que su canto nos salva en las crisis políticas o económicas, nada menos, y cuando no aleja la desgracia, por lo menos nos da fuerzas para soportarla. No lo dice, ni explícita ni implícitamente, pues en verdad habla poco, calla entre charlatanes, pero lo dice el brillo de sus ojos, y lo proclama su boca cerrada (en nuestro pueblo, pocos pueden tenerla cerrada; ella puede).
A cada mala noticia –y hay días en que las malas noticias abundan, incluyendo las falsas y dudosas– ella se yergue, porque por lo general yace en el suelo, fatigada; se yergue, estira el cuello y trata de abarcar con la mirada a su rebaño, como un pastor ante la tormenta. Se sabe que también los niños suelen aducir pretensiones análogas, en su irreprimible e impetuosa puerilidad, pero en Josefina no son tan infundadas como en ellos. Es verdad que no nos salva, ni nos infunde ninguna fuerza especial; es fácil adoptar el papel de salvador de nuestro pueblo, habituado al sufrimiento, temerario, de rápidas decisiones, conocedor del rostro de la muerte, sólo aparentemente tímido en esa atmósfera de audacia que lo rodea sin cesar, y además tan fecundo como arriesgado; es fácil, digo, considerarse a posteriori el salvador de este pueblo que siempre ha sabido de algún modo salvarse a sí mismo, aun a costa de sacrificios que estremecen de espanto al historiador (aunque en general descuidamos casi por completo el estudio de la historia). Y sin embargo también es verdad que en las situaciones de angustia escuchamos mejor que en otras la voz de Josefina. Las amenazas en suspenso sobre nosotros nos vuelven más silenciosos, más humildes, más dóciles a la dominación de Josefina; con gusto nos reunimos, con gusto nos apiñamos, especialmente porque la ocasión tiene tan poco que ver con nuestra apremiante preocupación; es como si bebiéramos con apresuramiento –sí, hay que darse prisa, demasiado a menudo Josefina olvida esta circunstancia– una copa común de paz antes de la batalla. Es menos un concierto de canto que una asamblea popular, y en verdad, una asamblea donde, exceptuando el débil chillido de Josefina, impera un silencio absoluto; la hora es demasiado seria para desperdiciarla en charlas.
Una relación de este tipo, como es natural, no satisface a Josefina. A pesar de su inquietud y nerviosismo, consecuencias de lo indefinido de su posición, hay muchas cosas que no ve, cegada por su engreimiento, y sin mayor esfuerzo puede lograrse que pase por alto muchas otras; un enjambre de aduladores se ocupa constantemente de esto, rindiendo un verdadero servicio público; pero no consentiría jamás cantar en un rincón de una asamblea popular, inadvertida, secundaria, aun sin que eso fuera deshonroso, y preferiría negarnos el don de su canto.
Pero esto no es necesario, porque su arte no pasa inadvertido. Aunque en el fondo estamos preocupados por cosas muy diferentes, y el silencio reina no sólo porque ella canta, y muchos acaso ni miran, prefiriendo hundir el rostro en el cuello del vecino, y Josefina parece por lo tanto esforzarse inútilmente en el escenario, hay algo sin embargo en su canto –y esto no puede negarse– que nos conmueve. Esos chillidos que lanza mientras todos están entregados al silencio, nos llegan como un mensaje de todo el pueblo a cada uno de nosotros; el suave chillido de Josefina en medio de esos momentos de graves decisiones es casi como la miserable existencia de nuestro pueblo ante el tumulto del mundo hostil. Josefina se impone, con su carencia de voz, con su carencia de técnica se impone y nos llega al alma; nos hace bien pensar en eso. En esos momentos, no soportaríamos a una verdadera artista del canto, suponiendo que hubiera alguna entre nosotros, y unánimemente nos alejaríamos de la insensatez de semejante concierto. Que Josefina no descubra jamás que la escuchamos justo porque no es una gran cantante. Algún presentimiento de esto ha de tener, porque si no ¿con qué motivo negaría tan apasionadamente que la escuchamos?; pero igual sigue cantando, tratando de alejar a chillidos ese presentimiento.
Pero hay otras cosas que deberían consolarla: a pesar de todo, es probable que la escuchemos igual que se escucha a una artista del canto; provoca emociones que una artista famosa trataría en vano de lograr, y que sólo son posibles justamente por la pobreza de sus medios. Esto se relaciona sobre todo con nuestro modo de vivir.

Si bien nuestro pueblo desconoce la juventud, apenas conoce una mínima infancia. Es cierto que regularmente aparecen proyectos en los que se otorga a los niños una libertad y protección especial; en los que su derecho a cierta negligencia, a cierto espíritu inocente de travesura, a un poco de diversión, es reconocido, y se fomenta su ejercicio; en cuanto aparecen esos proyectos todos los aprueban, nada aprobarían con más agrado, pero tampoco hay nada que la realidad de nuestra vida permita menos cumplir; se aprueban los proyectos, se intenta su aplicación, pero pronto todo vuelve a ser lo que era antes. Nuestra vida es tal, que un niño apenas puede correr un poco y distinguir otro tanto del mundo que le rodea, pues debe ganarse la vida como un adulto; las zonas en que por razones económicas debemos vivir dispersos son demasiado extensas, nuestros enemigos demasiado numerosos, los peligros que nos acechan, innúmeros; no podemos alejar a los niños de la lucha por la existencia, hacerlo significaría una muerte prematura. A estas melancólicas consideraciones se agrega otra que no es nada melancólica: la fecundidad de nuestra raza. Una generación –y cada una es más numerosa aún que la anterior– es inmediatamente desplazada por la siguiente; los niños no tienen tiempo de ser niños. Otros pueblos pueden criar cuidadosamente a sus niños, pueden edificar escuelas para ellos, y de esas escuelas surgen diariamente torrentes de niños, el futuro de la raza, pero durante mucho tiempo esos niños que día tras día salen de las escuelas son los mismos. Nosotros no tenemos escuelas, pero de nuestro pueblo surgen a brevísimos intervalos innúmeras multitudes de niños, balbuceando o pipiando alegremente, porque todavía no saben chillar, rodando o gateando impulsados por el ímpetu general, porque todavía no saben correr, llevándoselo todo por delante con torpeza, porque todavía no pueden ver, ¡nuestros niños! Y no como los niños de esas escuelas, siempre los mismos, no; siempre distintos, sin fin, sin interrupción, apenas aparece un niño, ya no es más niño, porque se apiñan detrás de él nuevos rostros de niños, imposibles de diferenciar a causa de su cantidad y su premura, rosados de felicidad. Verdaderamente, por más hermosa que sea esta abundancia, y por más que nos la envidien los demás, y con razón, no podemos proporcionarles una verdadera infancia. Y esto trae consecuencias. Una especie de inagotable e inarraigable infancia caracteriza a nuestro pueblo; en oposición directa con lo mejor que tenemos, nuestro infalible sentido común, nos conducimos muchas veces de la manera más insensata, y justamente con la misma insensatez de los niños, loca, pródiga, grandiosa, frívolamente, y todo por el placer de alguna diversión. Y aunque tanto nuestra alegría natural ya no puede alcanzar la intensidad de la alegría infantil, algo de ésta sin duda queda. Y también Josefina ha sabido aprovechar desde el primer momento esta puerilidad de nuestro pueblo.

Pero nuestra gente no sólo es pueril, en cierto sentido también es prematuramente senil, la niñez y la vejez no son como en los demás. No tenemos juventud, somos adultos de inmediato, y luego somos adultos demasiado tiempo, y cierto cansancio y cierta desesperanza originados por esa circunstancia nos marcan con señales visibles, a pesar de la resistencia y la capacidad de esperanza que nos caracterizan. Esto también se relaciona seguramente con nuestra carencia de sentido musical, somos demasiado viejos para la música, sus emociones, sus éxtasis no concuerdan con nuestra pesadez; cansados, la desdeñamos; nos conformamos con nuestro chillido; un chillido de vez en cuando basta. Quien sabe si no habrá talentos musicales entre nosotros; pero si los hubiera, el carácter de nuestras gentes los anularían antes de que comenzaran a desarrollarse. En cambio, Josefina puede chillar todo lo que se le ocurra, o cantar, o como quiera llamárselo, no nos molesta, nos cae bien, podemos soportarlo perfectamente; si alguna traza de música hay en su canto, está reducida a su mínima expresión; así conservamos cierta tradición musical, sin molestarnos en lo más mínimo.
Pero Josefina representa algo más para este pueblo tan definido. En sus conciertos, sobre todo durante las épocas difíciles, sólo los muy jóvenes se interesan por la cantante como tal, sólo ellos la contemplan con asombro, miran cómo proyecta los labios, cómo expele el aire entre sus bonitos dientes, y cómo desfallece de pura admiración ante los sonidos que ella misma provoca, y aprovecha esos desfallecimientos para elevarse hacia nuevas y cada vez más increíbles perfecciones; pero la verdadera masa del pueblo –es fácil advertirlo– se recoge en sus propios pensamientos. Aquí, en los breves instantes entre las luchas, el pueblo dormita; como si los miembros de cada individuo se distendieran, como si por una vez el sufriente pudiera tenderse y reposar en el vasto y cálido lecho del pueblo. Y en medio de esos sueños resuena el intermitente chillido de Josefina; ella lo llama canto perlado, nosotros tartamudeo; pero de todos modos, éste es su lugar apropiado, más que en cualquier otra parte; casi nunca encontrará la música momento más adecuado. Algo hay allí de nuestra pobre y breve infancia, algo de una dicha perdida que no puede volver a encontrarse, pero también algo de nuestra activa vida cotidiana, de sus pequeñas alegrías, incomprensibles y sin embargo incontenibles e imposibles de tapar. Y todo esto expresado no mediante sonidos rotundos, sino suaves, casi murmullos confidenciales, a veces un tanto roncos. Es natural: son chillidos. ¿Por qué no? El chillido es el habla de nuestro pueblo, sólo que muchos chillan toda la vida y no lo saben, pero aquí el chillido se libera de las cadenas de la vida cotidiana y al mismo tiempo nos libera a nosotros, durante un breve instante. Juro que no queremos faltar a esos conciertos.
Pero de aquí a la pretensión de Josefina, de que así nos infunde nuevas fuerzas y etcétera y etcétera, hay un buen trecho. Por lo menos para las personas normales, no para los aduladores.
–¿Cómo podría ser de otro modo? –dicen con la más descarada arrogancia–, ¿cómo se podrían explicar si no ese enorme público, especialmente en momentos de peligro directo e inminente, que muchas veces hasta han llegado a entorpecer las medidas requeridas para alejar a tiempo el peligro?
Bien, esto último es lamentablemente cierto, pero no debería mencionarse como título de honor de Josefina, especialmente si se considera que cuando el enemigo sorprendía y diseminaba dichas asambleas, y muchos de los nuestros perdían la vida, Josefina, la culpable de todo –sí, tal vez había atraído al enemigo con sus chillidos–, siempre aparecía escondida en el rincón más seguro, y era siempre la primera en escapar en silencio y velozmente, protegida por su escolta. Sin embargo, en el fondo, todos lo saben, y no obstante acuden apresuradamente dónde y cuándo se le ocurre a Josefina volver a cantar. De aquí se podría deducir que Josefina está prácticamente más allá del bien y del mal, que puede hacer lo que se le ocurra, aun cuando entrañe un peligro para la comunidad, y que todo se le perdona. Si así fuera, las pretensiones de Josefina serían entonces perfectamente comprensibles, si, en esa libertad que el pueblo le permite, en esa exención que a nadie más se concede y que va esencialmente contra la ley, uno podría advertir un reconocimiento de la incomprensión que Josefina aduce, como si la gente se maravillara impotente ante su arte, no se sintiera digna de él y tratara de compensar la tristeza que dicha incomprensión provoca en Josefina mediante un sacrificio en verdad desesperado, y decidiera que así como el arte de ella está más allá de su entendimiento, así también su persona y sus deseos están más allá de su alcance. Ahora bien, esto es absolutamente falso; tal vez el pueblo, individualmente, se rinde demasiado pronto ante Josefina, pero en conjunto, así como no se rinde incondicionalmente ante nadie, tampoco lo hace ante Josefina.

Desde hace mucho tiempo, tal vez desde el comienzo de su carrera artística, Josefina lucha por obtener la supresión de toda trabajo en consideración a su canto; se le evitarían así las preocupaciones relativas al pan cotidiano, y todo lo que nuestra lucha por la existencia implica, para transferirlo –aparentemente– a la comunidad. Un fácil entusiasta –y alguno hubo entre nosotros– podría deducir con simpleza lo insólito de esta petición, y de la actitud espiritual que semejante petición implica, la íntima justicia de la misma.. Pero nuestro pueblo deduce otras conclusiones, y declina tranquilamente la exigencia. Tampoco se preocupa mucho por refutar sus considerándoos básicos. Josefina aduce, por ejemplo, que el esfuerzo del trabajo le daña la voz, que en realidad el esfuerzo del trabajo no es nada al lado del esfuerzo de cantar, pero que le impide descansar suficientemente después del canto y recuperar fuerzas para nuevas canciones, y por lo tanto se ve obligada a agotarse por completo, y en esas condiciones no puede alcanzar nunca la cima de sus posibilidades. La gente la escucha y no le hace caso. Esta gente, tan fácil de conmover a veces, otras veces no se deja conmover por nada. La negativa es en ciertas ocasiones tan neta, que hasta Josefina se amilana, parece someterse, trabaja como es debido, canta lo mejor que puede, pero sólo durante un tiempo, y luego reanuda el ataque con fuerzas renovadas (en este sentido sus fuerzas son inagotables).
Ahora bien, es evidente que Josefina no pretende en realidad lo que dice pretender. Es razonable, no elude el trabajo; de todos modos, entre nosotros la holgazanería es desconocida, y además si le concedieran lo que pide es seguro que seguiría viviendo como antes, el trabajo no es un obstáculo para su canto, y después de todo, éste no mejoraría gran cosa; en realidad lo que ella pretende es simplemente un reconocimiento público, franco, permanente y superior a todo lo conocido hasta ahora, de su arte. Pero aunque casi todo lo demás parece a su alcance, este reconocimiento la elude con persistencia. Quizá debió atacar desde el primer momento en otra dirección, quizás ella misma advierte ahora su error, pero ya no puede echarse atrás, porque hacerlo significaría traicionarse a sí misma; ahora tiene que resignarse a vencer o morir.
Si en realidad tuviera enemigos, como dice, podría divertirse mucho con el simple espectáculo de esta lucha, sin mover un dedo. Pero no tiene ningún enemigo, y aunque aquí y allá no haya faltado nunca quien la criticara, esta lucha no divierte a nadie. Justamente porque en este caso nuestro pueblo adopta una actitud fría y legal, lo que muy raramente ocurre entre nosotros; y aunque se apruebe dicha actitud, la simple idea de que alguna vez el pueblo pueda adoptarla con nosotros destruye toda alegría. Lo importante, ya en el rechazo como en la petición, no es la cuestión en sí, sino el hecho de que el pueblo sea capaz de oponerse tan implacablemente a un camarada, y tanto más cuanto más paternamente lo protege en otros sentidos; y aun más: servilmente.

Supongamos que en vez del pueblo se tratara de un individuo; se podría creer que este individuo fue cediendo ante la voluntad de Josefina, sin cesar de alimentar un ardiente deseo de poner fin algún día a su sumisión; que se sacrificó con fuerza sobrehumana porque creyó que a pesar de todo había un límite para su capacidad de sacrificio; sí, se sacrificó más de lo necesario, sólo para acelerar el proceso, sólo para ser más que Josefina e incitarla a deseos siempre renovados, obligarla a sobrepasar todo límite en esta última exigencia; y oponer finalmente su negativa, lacónica, porque hacía mucho que estaba preparada. Ahora bien, la situación no es así en absoluto, el pueblo no necesita de esas astucias, además su respeto hacia Josefina es real y comprobado, y la exigencia de ella es de todos modos tan exagerada que una simple criatura podría haber predicho el resultado; sin embargo, debido a la idea que Josefina se ha formado del asunto, podía ocurrir que también intervinieran estas consideraciones, para agregar una amargura más al dolor de la negativa. Pero sean cuales fueren sus consideraciones, no le impiden proseguir combatiendo. Esta lucha ha llegado a crecer en los últimos tiempos; hasta ahora ha sido sólo verbal, pero ya empieza a emplear otros medios, para ella más eficaces, pero en nuestra opinión más peligrosos.

Muchos creen que Josefina aumenta su apremio porque se siente envejecer, porque su voz se debilita, y por lo tanto cree que ha llegado el momento de librar la última batalla por el reconocimiento. Yo no lo creo. Josefina no sería Josefina, si esto fuera cierto. Para ella no existen ni vejez ni debilitamiento de la voz. Si algo exige, no lo hace impelida por circunstancias exteriores, sino por una lógica interna. Aspira a la más alta corona, no porque momentáneamente parezca menos accesible, sino porque es la más alta; si dependiera de ella, querría una más alta todavía.
Este desdén hacia las dificultades eternas no le impide de todos modos utilizar los métodos más ruines. Para ella, su derecho es inapelable; entonces, ¿qué importa cómo lo impone? Sobre todo porque en este mundo, tal como ella lo ve, los métodos lícitos están destinados al fracaso. Quizá por eso ha trasladado el combate por sus derechos del campo de la música a otro campo secundario. Sus partidarios han hecho saber de su parte que ella se considera absolutamente capaz de cantar de tal modo que importe un verdadero placer a todo el mundo, cualquiera que sea su nivel social, hasta la más remota oposición; un verdadero placer no en el sentido de la gente, que declara haber experimentado siempre placer ante el canto de Josefina, sino un placer en el sentido que ella desea. No obstante, agrega, como no puede falsificar lo elevado ni halagar lo vulgar, se ve obligada a seguir siendo tal como es. Pero en lo que se refiere a su campaña de liberación del trabajo, el asunto cambia: es claro que es una campaña a favor de la música, pero como ella ya no emplea allí directamente la preciosa arma de su voz, cualquier medio es por lo tanto válido. Así se ha difundido por ejemplo el rumor de que si no aceptan su exigencia, está decidida a abreviar las coloraturas. Yo no sé nada de coloraturas, y no he advertido la menor coloratura en sus cantos. No obstante, Josefina amenaza con abreviar las coloraturas, no suprimirlas, sino simplemente abreviarlas. Es posible que haya cumplido su amenaza, pero por lo menos yo no advierto la menor diferencia en su canto. El pueblo en su totalidad la ha escuchado como de costumbre, sin hacer ninguna referencia a las coloraturas, y tampoco ha cambiado su actitud ante la exigencia de Josefina. Sin embargo, es indudable que la mente de Josefina, como su figura, es a menudo de una gracia exquisita. Es así por ejemplo que después de aquel concierto, como si su decisión sobre las coloraturas hubiera sido demasiado severa o apresurada para el pueblo, anunció que en el concierto siguiente volvería a cantar completas todas las partes de coloratura. Pero después del concierto siguiente volvió a cambiar de idea, suprimiría en forma definitiva las grandes arias de coloratura, y hasta qué no se decidiera favorablemente su pleito, no volvería a cantarlas. Ahora bien, la gente oyó todos esos anuncios, decisiones y contra decisiones sin concederles la menor importancia, como un adulto meditabundo que cierra sus oídos ante la cháchara de una criatura, fundamentalmente bien intencionado, pero con distancia.
De todos modos, Josefina no se amilana. Es así que hace poco pretendió haberse lastimado un pie al trabajar, lo que le imposibilitaba cantar de pie; como no podía cantar sino de pie, se vería obligada a abreviar sus canciones. Aunque renquea y necesita el apoyo de sus partidarios, nadie cree realmente en su herida. Aun admitiendo la extraordinaria delicadeza de su cuerpecito, no dejamos de ser un pueblo de obreros, y Josefina pertenece a ese pueblo; si cada vez que nos hiciéramos un rasguño renqueáramos, el pueblo entero lo haría incesantemente. Pero aunque se hace transportar como una inválida, aunque se muestra en público en este patético estado más de lo habitual, la gente escucha sus conciertos tan agradecida y tan encantada como antes, pero no se preocupa mucho por la brevedad de las canciones.
Como no puede seguir renqueando eternamente, imagina otra cosa, alega cansancio, mal humor, debilidad. Al concierto se agrega ahora el teatro. Vemos a los partidarios de Josefina, que la siguen suplicando e implorando que cante. Ella quisiera complacerlos, pero no puede. La consuelan, la adulan, casi la llevan en andas hasta el lugar previamente elegido donde se supone que ha de cantar. Finalmente, prorrumpiendo en lágrimas inexplicables, cede, pero cuando evidentemente cansada se dispone a cantar, fatigada, con los brazos no ya extendidos como antaño, sino fláccidos y caídos junto al cuerpo, lo que produce la impresión de que quizá sean un poco cortos; justo cuando va a empezar, no, es realmente imposible, un movimiento desganado de la cabeza nos lo anuncia, y se desmaya ante nuestros ojos. Después, a pesar de todo, se repone y canta, a mi entender más o menos como de costumbre; quizá, si uno tiene oído para los más finos matices, descubre un poco más de sentimiento que de costumbre, lo que es de agradecer. Y al terminar está menos cansada que antes, y con andar firme, si uno se atreve a designar así sus pasitos, se aleja rechazando la ayuda de sus admiradores, y contemplando con ojos helados a la multitud que le abre paso con respeto.

Así ocurría hace unos días; pero la última novedad es otra: en el momento en que debía iniciar un concierto, desapareció. No sólo la buscan sus partidarios, muchos otros comparten la búsqueda, pero es inútil: Josefina ha desaparecido, no cantará, ni siquiera habrá que adularla para que cante, esta vez nos ha abandonado por completo.
Es curioso lo mal que calcula esa astuta, tan mal que uno pensaría que no calcula nada, y que sólo se deja llevar por su sino, que en nuestro mundo no puede ser sino triste. Ella misma abandona el canto, ella misma hace trizas su poder sobre los corazones. ¿Cómo pudo obtener ese poder, si tan mal conoce esos corazones? Se oculta y no canta, pero el pueblo, tranquilo, sin decepción visible, señoril, una masa en perfecto equilibrio, constituida de tal modo que, aunque las apariencias lo nieguen, sólo puede dar y nunca recibir, ni siquiera de Josefina, ese pueblo sigue su camino.
En tanto el camino de Josefina declina. Pronto llegará el momento en que su último chillido se apague para siempre. Ella es apenas un pequeño episodio en la eterna historia de nuestro pueblo, que superará su pérdida. Para nosotros no será fácil; ¿cómo haremos para reunimos en completo silencio? En realidad, ¿no eran nuestras reuniones también silenciosas cuando estaba Josefina? ¿Era, después de todo, su chillido notoriamente más fuerte y más vivo que lo que será en el recuerdo? ¿Era acaso en vida de Josefina algo más que un simple recuerdo? ¿No habrá sido quizá porque en algún sentido era inmortal, que la sabiduría del pueblo apreció tanto el canto de Josefina?
Quizá nosotros no perdamos demasiado, después de todo; mientras tanto, Josefina, libre ya de los afanes terrenos, que según ella están sin embargo destinados a los elegidos, se aleja casi jubilosamente en medio de la multitud innumerable de héroes de nuestro pueblo, para entrar muy pronto como todos sus hermanos, ya que desdeñamos la historia, en la exaltada redención del olvido.