20090209

Venturosa




Y elijo la foto que está en todas partes, en sus libros, en las páginas de Internet, en los artículos que como estas líneas pretenden decir lo que sólo sus poemas pueden decir. Sus poemas. Los poemas y su autora, diferencia arbitraria y antojadiza. Alejandra por un lado, sus poemas por el otro, como intentando separar torpemente aquello que ella unió hasta las últimas consecuencias. Su lenguaje, su vida y su muerte, un misterio trinitario como aquel que nos enseñaron en la escuela. Aquel que es uno y tres a la vez. Misterio que no se me ocurre a mí para adornar las cosas, ella misma lo dijo más de una vez y más de una vez lo escribió en sus poemas que eran gritos, pero también canciones y fugas.


Y elijo la foto que está en todas partes para dejar claro su símbolo. El símbolo que Alejandra terminó siendo a pesar de todo y en especial a pesar de sí misma. El símbolo que fue para Julio Cortázar, para Octavio Paz, para Olga Orozco, el símbolo que fue para todos quienes tuvieron la ventura de coincidir con ella mientras el café, las drogas, los libros y la lluvia.


El símbolo que es también para nosotros, quienes la conocimos mucho después de su muerte pero aún en la ventura, aún en la estela de los cafés interminables en los que Alejandra nos permite descansar de los inviernos que asolan nuestros libros, nuestras pequeñas habitaciones de falsos estudiantes que se resisten en todas las ciudades del mundo.


El descanso de la caída en sus versos. Paradoja oscura, pues sus versos son caída. Cómo explicar entonces la sensación que queda después de leerla. No es la angustia, no es la soledad de su llamada la que perdura luego de leer a Alejandra Pizarnik, es en cambio el desahogo, el alivio de haber escuchado algo similar a la verdad, pero sobre todo la alegría de ver como en alguien la honestidad puede ser tanta y tan hermosa, tan profunda y valiente que nos hace callar.


Te fuiste Alejandra. Te fuiste por razones que no podremos nunca entender aunque leamos todos tus libros, aunque nos sumerjamos en tus cartas -despedidas fragmentarias, caricias desde el otro lado de las cosas- porque pretender hacerlo sería como pretender desentrañar las razones de uno de tus poemas, sería como pretender morir contigo pero sólo después de haber vivido eternos a tu lado y eso, bien lo sabemos, no es posible. Por lo que no nos queda más que saludarte desde lejos mientras buscamos entre tus versos aquello que nos justifique y ridiculice, aquello que justifique nuestras noches, aquello que ridiculice las búsquedas que nos permiten mirarlas largamente, y aunque parezca una contradicción no lo es. Porque bien sabemos que lo daríamos todo por encontrar lo que nos haga lanzar los libros por la borda, los que nos calle de una buena vez y nos haga mirar al cielo en busca de lo que no tiene forma, pero que podríamos llamar viento o poesía, bien sabemos que la verdadera búsqueda es aquella que nos conduce más allá de las respuestas, mucho más allá del mundo. Unos dirán que para tener éxito en tal búsqueda antes hay que superar esas respuestas y la única forma de hacerlo es aprehenderlas a todas, otros dirán que eso no es necesario, pues muchos caminos hay para sortear la estepa insondable y otros no dirán nada y se dedicarán a observar las arduas discusiones en las que se nos van las noches con sus mil trampas y entonces ahí aparece de nuevo Alejandra, mirándonos desde lejos, ora riéndose ora moviendo la cabeza, aunque lo cierto es que está yéndose, difuminándose permanentemente, repitiéndose en la estela de nuestros ojos que en su búsqueda alcanzan el horizonte, A veces.


“Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.”




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