Esa convulsa mezcla de lo orfeico y lo inconsciente que se afirma sin muchas ganas en los postulados surrealistas sin prescindir del dadaísmo. Esa afición por los mitos, los dioses y la muerte que activamente participan en el escenario donde el ser y el tiempo se baten a duelo con el vacío, batalla narrada por imágenes que se relacionan entre sí por cauces que muy poco tienen que ver con las leyes de la causa y el efecto, del sujeto y el objeto… eso es lo que los críticos han llamado poesía metafísica; impreciso lugar donde el lenguaje se separa de la forma para intentar lidiar con verdades que nada tienen que ver con los edificios de la estética, y donde el cripticismo, a veces sin clave, intenta explicar lo que el lenguaje clásico a fracasado en desentrañar, y lo hace sin las viejas respuestas, con imágenes imposibles con las que algunos afortunados lectores logran reemplazar sus dudas y decir, por ejemplo: “Sí, eran caballos celestes recorriendo mis venas, y no otra cosa, lo que en aquel momento sentí”.
Muchos ya han hecho referencias a la naturaleza de la poesía metafísica, han divagado en torno al origen de sus símbolos, a la forma de sus talismanes, a la profundidad de sus vicios y a lo oscuro de su sospechoso objetivo. Pero poco se ha dicho acerca de su capacidad para pactar con el vacío de quienes la descubren (ya sea encontrando llaves o consuelos). Poco se ha dicho de su aún incomprendida habilidad para ponerse en el lugar de las respuestas que nada dicen a la hora de la muerte o del abismo. Poco se ha dicho de su capacidad para dar forma a lo sin forma, para reflejar lo indescifrable por medio de versos imposibles pero que podemos ver y tocar y oler… Para mostrarnos en unos versos aquello que nos visita cada noche y que olvidamos con la impertinencia del sol (aunque lo cierto es que no olvidamos nada).
Y si de imágenes que avanzan hacia lo desconocido se trata, si hablamos del coraje que significa tomar lo informe, moldearlo insospechada y secretamente para luego avanzar con ello directamente hacia los límites del edificio/mundo y una vez allí seguir obstinadamente caminando, pues entonces tenemos que hablar de Rosamel del Valle…
Y cuando digo hablar de inmediatamente me doy cuenta de lo inútil de la empresa. Sí, es importante conocer las historias detrás de los grandes hombres, su vida, sus amores, las guerras que modificaron su mundo, y es que la obra de cualquier artista es el reflejo de esa historia y como tal suele ser relevante adentrarse en ella a la hora de las presentaciones, para aprehender así las imperfecciones del espejo, los matices, las luces y sus sombras. Sin embargo, en contadísimas excepciones, las referencias al mundo que con ellos compartimos no importan, o al menos no importan más que uno de sus trazos, que una de sus líneas –puentes entre lo sensato y lo profundo- y es entre esas excepciones donde aparece, enorme, Rosamel del Valle, dejándonos muy claro que en su caso el reflejo que constituye su obra no repite sus pasos sobre el mundo de los hombres, sino su andar por aquel lejano lugar plagado de ángeles y animales estelares que habitan en la noche / pero que también son la noche /.
No, no es de su vida de lo que deberíamos hablar a la hora de buscar el origen de lo que en sus versos se refleja, mejor suerte tendríamos hablando de sus sueños, de sus inefables noches de insomnio, de sus silencios tan hondos que es mejor no imaginar, es decir, explorando aquello a lo que incluso él tuvo un precario acceso, aventura lejana e imposible ante la que es mejor guardar silencio.
Así, nos encontramos frente a una obra espejo de una historia invisible, dejemos entonces de lado la historia y sumerjámonos en el lejano eco que ha llegado hasta nosotros y que llamamos libros, pero eso sí, hagámoslo con cuidado, no vaya a ser cosa que en el intento olvidemos prescindir de toda precaución, no vayamos a permitir que algún prejuicio, algún temor, nos impida acompañar a sus poemas en su camino hacia las fronteras de la poesía, esas que se levantan ya pasadas las fronteras del lenguaje, allí donde si se mira con cuidado, es posible ver la frontera de los hombres.
Y entre sus ecos, uno poderoso como pocos:
EL SOL ES UN PÁJARO CAUTIVO EN EL RELOJ. Rosamel del Valle, 1963
Fragmento
“No, no todas las cosas tienen ojos”, decía la joven, tratando de quitarse las hormigas de encima. El sol se había detenido sobre el árbol. El árbol se cambiaba de traje y era evidente su intención de salir del bosque para contar el milagro. El milagro no lograba desprenderse de la aureola llena de telarañas brillantes que no era otra cosa que la propia cabeza de Absalón. “No, no, cuando algo brilla es el corazón perdido a causa de las inclinaciones irremediables”, decía la joven, tratando de retener a las hormigas para cubrirse la desnudez. El sol había descendido del árbol. Y, entonces, como en las historias, apareció el leñador formidable. El hacha le brillaba como un ojo en el hombro. El león, sí, el león, y para que todo tuviese alguna semejanza con las parábolas. Bien, decía yo
que el sol había descendido del árbol y me veo obligado a agregar que cuando se sonríe en sueños es porque alguna mano flota entre la lengua del mar o que cuando se hace tan difícil caminar sobre los dientes de las escaleras solas es porque la noche triunfa definitivamente sobre los deseos sorprendidos. La verdad, nada se arregla con eso. Y sigue el afán de la joven semidesnuda atrapada súbitamente por esa luz que sólo ella conoce, pero que ahora le parece un dedo acusador. Pero ese no es mi asunto. Lo que debo decir es que con la luz nacida de los cabellos de Absalón o del dedo acusador el mundo no es lo que a veces parece que es, sobre todo cuando hay alguien en lucha por no dejarse descubrir, justamente como es el caso de esta joven llamada Agonina, tan desesperada, tan parecida al pez tratando de librarse de la red mientras el sol hace el amor una vez más a la tierra -una idea- o mientras el leñador formidable empieza a sentir deseos de gloria y se prepara a derribar el árbol de nuevo con el sol entre las ramas, con Absalón renegando de su aureola, con el árbol mismo buscando a quién contarle el milagro, con el bosque mostrando el vientre abierto de par
en par a causa de lo que le sucede, sin desearlo y con la joven Agonina tratando en vano de cubrir su desnudez con las hormiga y ya casi resuelta del todo a saber de veras lo que sería el amor si en vez del árbol, del sol, de Absalón, del leñador, del milagro, de las hormigas, por ejemplo, apareciera de repente el bello monstruo que le enciende los sueños con una mano más larga que el invierno y que tanta semejanza guarda con el fuego que la despierta en la alta noche. La alta noche que nunca se deshace del todo y que por pura casualidad también se llama Agonina.

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