
Llueve, en lo Oscuro llueve, hondo y besando la vibración del Relámpago, llueve. En el aire, el gesto y la palabra de Gonzalo Rojas dejándose respirar, zumban las esdrújulas, palpita la lengua de cada galope, de cada cabello o bestia que pronuncia su poesía, si la boca nos llenara con tierra húmeda. Porque no son paisajes los que hay en el Transtierro o en el Alumbrado, sino voces frenéticas, voraces, territorios de carne, gritos, felinos / felinas/ sangre como bronces o pétalos incendiándose en la catástrofe viva del silencio, esa que bien supo escuchar en el oficio ciego.
Porque es el Rojo Nombre quien ha sabido decir:
“Vamos sonámbulos
En el oficio ciego, cautelosos y silenciosos, no brilla
El orgullo en estas cuerdas, no cantamos, no
Somos augures de nada, no abrimos
Las vísceras de las aves para decir la suerte de nadie, necio
Sería que lloráramos”
Él, quien hablaba hasta el hastío. Hablaba esperando un puntapié en el hocico, hablaba en el temblor de las esdrújulas, respirándolas, palabra por palabra, gota por gota, galope por galope, bestia por bestia, mujer por mujer. Rojas, en quien el verbo encarnó la asfixia con la que contempla los siglos que lo separan de Rimbaud. Y necio, necio como nadie respira, exhala, jadea contra los muertos y sus himnos. Contra Lautréamont, Kafka y Vallejo. Contra Shakespeare y su espectáculo de diez mil mariposas. Contra todos ellos en el Concierto.
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