
“Estoy aquí abajo para tocar música, para interpretarla.
Y es lo que hago. Es todo lo que quiero hacer.
Y lo hago bien. Podría hacer un montón de cosas,
pero lo fundamental, lo que me gusta,
lo que está antes que todo, hasta respirar, es la música."
Miles Davis
Para hablar de Cézanne hay que hablar de los espejos.
La representación; la realidad puesta en escena y los adornos como errores, las imperfecciones del espejo que lo alejan del mundo al que pretende imitar. Burdo teatro, burdos libros que bien o mal nos acompañaron hasta hace tan poco -y algunos aún nos acompañan- bien por los viejos griegos, por el inmenso Homero, mal por el insondable mar de los años.
Historias que reflejan otras historias siempre más ricas, siempre mas vastas. Lo mimético como el referente más próximo a lo cierto, a lo creíble, porque nadie puede creer aquello que antes no han visto, nos dijeron, muchos menos entenderlo, ni pensar en aprehenderlo.
Imitaciones tentativas que fueron, y aún son, el terreno del arte que algunos se esmeran en llamar clásico, pero que aquí llamaremos simplemente arte representacional, arte espejo, arte de la redundancia, montajes que no vacilan en repetir lo que mejor puede hacer la vida de los hombres, una anécdota dentro de una anécdota mayor.
Y bien sabemos que anécdotas no nos hacen falta.
Pero la vanidad no debe hacernos olvidar a quienes, a fuerza de limpiar el espejo, de tallar cada imperfección del cristal, terminaron haciendo otro espejo, uno que no conocíamos, uno que reflejaba algo más que lo que nuestros ojos estaban acostumbrados a ver. Cézanne fue uno de los que amaron tanto los espejos como para dedicarles su vida, su estudio y su cuidado, buscando hasta las últimas consecuencias la perfección de la representación. Dedicando su obra al estudio del paisaje, del bodegón, en algunos casos del retrato. Su apuesta fue por la figuración objetiva de la que alejó sus propios ojos para que no perturbaran el reflejo. Y más allá: la naturaleza concebida a la geometría, haciéndola así inequívocamente objeto de su estudio.
“Todo en la naturaleza se modela según la esfera, el cono, el cilindro. Hay que aprender a pintar sobre la base de estas figuras simples; después se podrá hacer todo lo que se quiera"
Con estas palabras Cézanne se convirtió en un padre. En el infatigable francés que dio paso al arte moderno. El hombre que abrió camino al siglo XX y a sus vanguardias. Picasso lo vio, y dijo verlo a través de sus bañistas cuando pintó Las señoritas de Aviñón, inaugurando así no sólo el cubismo, sino también lo que se llamó una pérdida, “la pérdida de la tradición”. Pero lo cierto es que a pesar de todo no hubo pérdida, pues el oficio de los grandes herederos no fue más que el de llevar a esa tradición al extremo de lo posible: Matisse (los colores bestia), Mondrian (su rigor), Braque (los fantasmas), Malevich (sobre Malevich). Hijos quienes, gracias a la exploración del padre, dieron con las pistas que los llevarían por el intrincado camino del arte como abstracción, pero no una abstracción de sí mismos, sino la abstracción de los amantes de espejos, aquella que es en tanto representación ideal o fragmentada de la realidad, con el fin de hacerla más pura, más real.
Los herederos de Cézanne presencian, estudian, dilatan, fragmentan, opacan, actúan las escenas de la gran Comedia al pie de la letra y lo hacen con extrema habilidad, pero no Interpretan, amparados en el espectáculo (que es más amplio que la noche) no acuden a lo desconocido en busca de lo nuevo. Y su apuesta es válida, qué duda cabe, pero no es la apuesta que pueda entregarnos el objeto capaz de reflejar, ya no la realidad -sus esquivas formas, el secreto de sus colores-, sino que aquel recinto plagado de espejos (sí, también de espejos) que repiten nuestra cara, sus arrugas, sus cicatrices y esos dos planetas que sin parar buscan y que alguna vez buscaron, por ejemplo, el centro de la soledad en los girasoles secos, el camino a la Verdad en los cielos de Arles.
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