20090222

Rosamel?


Esa convulsa mezcla de lo orfeico y lo inconsciente que se afirma sin muchas ganas en los postulados surrealistas sin prescindir del dadaísmo. Esa afición por los mitos, los dioses y la muerte que activamente participan en el escenario donde el ser y el tiempo se baten a duelo con el vacío, batalla narrada por imágenes que se relacionan entre sí por cauces que muy poco tienen que ver con las leyes de la causa y el efecto, del sujeto y el objeto… eso es lo que los críticos han llamado poesía metafísica; impreciso lugar donde el lenguaje se separa de la forma para intentar lidiar con verdades que nada tienen que ver con los edificios de la estética, y donde el cripticismo, a veces sin clave, intenta explicar lo que el lenguaje clásico a fracasado en desentrañar, y lo hace sin las viejas respuestas, con imágenes imposibles con las que algunos afortunados lectores logran reemplazar sus dudas y decir, por ejemplo: “Sí, eran caballos celestes recorriendo mis venas, y no otra cosa, lo que en aquel momento sentí”.

Muchos ya han hecho referencias a la naturaleza de la poesía metafísica, han divagado en torno al origen de sus símbolos, a la forma de sus talismanes, a la profundidad de sus vicios y a lo oscuro de su sospechoso objetivo. Pero poco se ha dicho acerca de su capacidad para pactar con el vacío de quienes la descubren (ya sea encontrando llaves o consuelos). Poco se ha dicho de su aún incomprendida habilidad para ponerse en el lugar de las respuestas que nada dicen a la hora de la muerte o del abismo. Poco se ha dicho de su capacidad para dar forma a lo sin forma, para reflejar lo indescifrable por medio de versos imposibles pero que podemos ver y tocar y oler… Para mostrarnos en unos versos aquello que nos visita cada noche y que olvidamos con la impertinencia del sol (aunque lo cierto es que no olvidamos nada).


Y si de imágenes que avanzan hacia lo desconocido se trata, si hablamos del coraje que significa tomar lo informe, moldearlo insospechada y secretamente para luego avanzar con ello directamente hacia los límites del edificio/mundo y una vez allí seguir obstinadamente caminando, pues entonces tenemos que hablar de Rosamel del Valle…

Y cuando digo hablar de inmediatamente me doy cuenta de lo inútil de la empresa. Sí, es importante conocer las historias detrás de los grandes hombres, su vida, sus amores, las guerras que modificaron su mundo, y es que la obra de cualquier artista es el reflejo de esa historia y como tal suele ser relevante adentrarse en ella a la hora de las presentaciones, para aprehender así las imperfecciones del espejo, los matices, las luces y sus sombras. Sin embargo, en contadísimas excepciones, las referencias al mundo que con ellos compartimos no importan, o al menos no importan más que uno de sus trazos, que una de sus líneas –puentes entre lo sensato y lo profundo- y es entre esas excepciones donde aparece, enorme, Rosamel del Valle, dejándonos muy claro que en su caso el reflejo que constituye su obra no repite sus pasos sobre el mundo de los hombres, sino su andar por aquel lejano lugar plagado de ángeles y animales estelares que habitan en la noche / pero que también son la noche /.

No, no es de su vida de lo que deberíamos hablar a la hora de buscar el origen de lo que en sus versos se refleja, mejor suerte tendríamos hablando de sus sueños, de sus inefables noches de insomnio, de sus silencios tan hondos que es mejor no imaginar, es decir, explorando aquello a lo que incluso él tuvo un precario acceso, aventura lejana e imposible ante la que es mejor guardar silencio.

Así, nos encontramos frente a una obra espejo de una historia invisible, dejemos entonces de lado la historia y sumerjámonos en el lejano eco que ha llegado hasta nosotros y que llamamos libros, pero eso sí, hagámoslo con cuidado, no vaya a ser cosa que en el intento olvidemos prescindir de toda precaución, no vayamos a permitir que algún prejuicio, algún temor, nos impida acompañar a sus poemas en su camino hacia las fronteras de la poesía, esas que se levantan ya pasadas las fronteras del lenguaje, allí donde si se mira con cuidado, es posible ver la frontera de los hombres.


Y entre sus ecos, uno poderoso como pocos:

EL SOL ES UN PÁJARO CAUTIVO EN EL RELOJ. Rosamel del Valle, 1963

Fragmento

“No, no todas las cosas tienen ojos”, decía la joven, tratando de quitarse las hormigas de encima. El sol se había detenido sobre el árbol. El árbol se cambiaba de traje y era evidente su intención de salir del bosque para contar el milagro. El milagro no lograba desprenderse de la aureola llena de telarañas brillantes que no era otra cosa que la propia cabeza de Absalón. “No, no, cuando algo brilla es el corazón perdido a causa de las inclinaciones irremediables”, decía la joven, tratando de retener a las hormigas para cubrirse la desnudez. El sol había descendido del árbol. Y, entonces, como en las historias, apareció el leñador formidable. El hacha le brillaba como un ojo en el hombro. El león, sí, el león, y para que todo tuviese alguna semejanza con las parábolas. Bien, decía yo
que el sol había descendido del árbol y me veo obligado a agregar que cuando se sonríe en sueños es porque alguna mano flota entre la lengua del mar o que cuando se hace tan difícil caminar sobre los dientes de las escaleras solas es porque la noche triunfa definitivamente sobre los deseos sorprendidos. La verdad, nada se arregla con eso. Y sigue el afán de la joven semidesnuda atrapada súbitamente por esa luz que sólo ella conoce, pero que ahora le parece un dedo acusador. Pero ese no es mi asunto. Lo que debo decir es que con la luz nacida de los cabellos de Absalón o del dedo acusador el mundo no es lo que a veces parece que es, sobre todo cuando hay alguien en lucha por no dejarse descubrir, justamente como es el caso de esta joven llamada Agonina, tan desesperada, tan parecida al pez tratando de librarse de la red mientras el sol hace el amor una vez más a la tierra -una idea- o mientras el leñador formidable empieza a sentir deseos de gloria y se prepara a derribar el árbol de nuevo con el sol entre las ramas, con Absalón renegando de su aureola, con el árbol mismo buscando a quién contarle el milagro, con el bosque mostrando el vientre abierto de par
en par a causa de lo que le sucede, sin desearlo y con la joven Agonina tratando en vano de cubrir su desnudez con las hormiga y ya casi resuelta del todo a saber de veras lo que sería el amor si en vez del árbol, del sol, de Absalón, del leñador, del milagro, de las hormigas, por ejemplo, apareciera de repente el bello monstruo que le enciende los sueños con una mano más larga que el invierno y que tanta semejanza guarda con el fuego que la despierta en la alta noche. La alta noche que nunca se deshace del todo y que por pura casualidad también se llama Agonina.

20090213

Relatos



Los Castillos inalcanzables existen. Los sueños, los laberintos y las largas horas, también.


Tres Relatos, por Franz Kafka


LA PARTIDA

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió, así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado. El no sabía nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:

–¿Hacia dónde cabalga, señor?

–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.

–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.

–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.

–¿No lleva provisiones?–preguntó.

–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo aumentos por el camino. No hay provisión que pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.




UN MENSAJE IMPERIAL

El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta. Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.



EL PASEO REPENTINO

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

20090209

Venturosa




Y elijo la foto que está en todas partes, en sus libros, en las páginas de Internet, en los artículos que como estas líneas pretenden decir lo que sólo sus poemas pueden decir. Sus poemas. Los poemas y su autora, diferencia arbitraria y antojadiza. Alejandra por un lado, sus poemas por el otro, como intentando separar torpemente aquello que ella unió hasta las últimas consecuencias. Su lenguaje, su vida y su muerte, un misterio trinitario como aquel que nos enseñaron en la escuela. Aquel que es uno y tres a la vez. Misterio que no se me ocurre a mí para adornar las cosas, ella misma lo dijo más de una vez y más de una vez lo escribió en sus poemas que eran gritos, pero también canciones y fugas.


Y elijo la foto que está en todas partes para dejar claro su símbolo. El símbolo que Alejandra terminó siendo a pesar de todo y en especial a pesar de sí misma. El símbolo que fue para Julio Cortázar, para Octavio Paz, para Olga Orozco, el símbolo que fue para todos quienes tuvieron la ventura de coincidir con ella mientras el café, las drogas, los libros y la lluvia.


El símbolo que es también para nosotros, quienes la conocimos mucho después de su muerte pero aún en la ventura, aún en la estela de los cafés interminables en los que Alejandra nos permite descansar de los inviernos que asolan nuestros libros, nuestras pequeñas habitaciones de falsos estudiantes que se resisten en todas las ciudades del mundo.


El descanso de la caída en sus versos. Paradoja oscura, pues sus versos son caída. Cómo explicar entonces la sensación que queda después de leerla. No es la angustia, no es la soledad de su llamada la que perdura luego de leer a Alejandra Pizarnik, es en cambio el desahogo, el alivio de haber escuchado algo similar a la verdad, pero sobre todo la alegría de ver como en alguien la honestidad puede ser tanta y tan hermosa, tan profunda y valiente que nos hace callar.


Te fuiste Alejandra. Te fuiste por razones que no podremos nunca entender aunque leamos todos tus libros, aunque nos sumerjamos en tus cartas -despedidas fragmentarias, caricias desde el otro lado de las cosas- porque pretender hacerlo sería como pretender desentrañar las razones de uno de tus poemas, sería como pretender morir contigo pero sólo después de haber vivido eternos a tu lado y eso, bien lo sabemos, no es posible. Por lo que no nos queda más que saludarte desde lejos mientras buscamos entre tus versos aquello que nos justifique y ridiculice, aquello que justifique nuestras noches, aquello que ridiculice las búsquedas que nos permiten mirarlas largamente, y aunque parezca una contradicción no lo es. Porque bien sabemos que lo daríamos todo por encontrar lo que nos haga lanzar los libros por la borda, los que nos calle de una buena vez y nos haga mirar al cielo en busca de lo que no tiene forma, pero que podríamos llamar viento o poesía, bien sabemos que la verdadera búsqueda es aquella que nos conduce más allá de las respuestas, mucho más allá del mundo. Unos dirán que para tener éxito en tal búsqueda antes hay que superar esas respuestas y la única forma de hacerlo es aprehenderlas a todas, otros dirán que eso no es necesario, pues muchos caminos hay para sortear la estepa insondable y otros no dirán nada y se dedicarán a observar las arduas discusiones en las que se nos van las noches con sus mil trampas y entonces ahí aparece de nuevo Alejandra, mirándonos desde lejos, ora riéndose ora moviendo la cabeza, aunque lo cierto es que está yéndose, difuminándose permanentemente, repitiéndose en la estela de nuestros ojos que en su búsqueda alcanzan el horizonte, A veces.


“Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.”




20090202

Ser/Tiempo




A Marcelo Valeria, quien gusta de los Anfiteatros de Tlon



“El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho.
El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
El mundo, desgraciadamente es real; yo desgraciadamente soy Borges”

Jorge Luis Borges


Ser/Tiempo
Artículo por Felipe Foncea


En un Texto titulado Kafka y Sus Precursores, perteneciente al libro Otras Inquisiciones de 1952, y refiriéndose a su visión de Robert Browning, entre algunos otros autores, como un posible precursor de la obra kafkiana, Jorge Luis Borges nos dice:

“En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o rivalidad. El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro.”

De esta consideración de Borges es posible extraer tantos elementos que resulta difícil enumerarlos, y muy difícil, cuando no imposible, describirlos. El objetivo de este artículo es hacer un intento que nos acerque a esa descripción, intento que nos llevará a recorrer algunos de los caminos visitados por Borges en sus conversaciones acerca del inconcebible Tiempo, viaje repleto de peligros y maravillas que bien debiera bastarnos para morir en paz, pero somos irresponsables, por lo que bajo nuestro propio riesgo, y luego de que Borges nos deje en un lugar seguro, intentaremos ir, a tientas, un poco más allá.


Cuando Robert Browning escribía (1812-1889) no era un precursor de Kafka, eso es un hecho que es fácil de aceptar, puesto que resulta imposible ser precursor de alguien que aún no existía como autor, pero una vez que Kafka hubo realizado su trabajo en el mundo, Browning todavía no se convertía en su precursor, antes había que esperar a otros que aclararan la postura de aquel candidato, quizás alguien que haya nacido entre ambos y que con su trabajo haya puesto la atención sobre una parte de la obra de Browning que calzara con una parte en la obra de Kafka, quizás faltaba también que otros alcanzaran la fama para completar el puzzle, quizás faltaba que los veinte autores (por dar una cifra) que posteriormente se compararían con Kafka, hubiesen no sólo terminado su obra, sino que también hubiesen sido leídos y comprendidos para que como conjunto se los considerara precursores de Kafka, y sólo entonces, tal vez, sería posible decir que Browning fue un precursor de Kafka, (no es posible afirmar que un trozo de piedra perteneció a las ruinas de la Acrópolis sino hasta cuando muchos de esos trozos son recolectados, una vez hecho eso resulta imposible negar lo primero). No conocemos el exacto suceder de los hechos, lo único cierto, es que un cuarto de siglo después de la muerte de Kafka, Borges, probablemente ya leída la obra de este, leerá a Browning por primera vez y lo sopesará con lo que su experiencia hasta aquel día le permitirá, sus vastas lecturas, pero también su vida y sus viajes, y entonces afirmará por primera vez que Browning fue un precursor de Kafka.

Borges con sus palabras llama la atención sobre el hecho de que fue Kafka el que convirtió a Browning en su precursor y no fue Browning el que hizo de Kafka su discípulo, afirmación del todo cierta, pero con el permiso de Borges, y a la luz de lo expresado, me permito ir un poco más lejos y decir que fue Borges, al ponderar los trabajos de ambos y hacer las comparaciones que nadie había hecho hasta entonces, el que convirtió a Browning en precursor de Kafka. Me resisto a ver en este hecho un descuido de Borges, harto más ducho que yo en estos temas, tiendo a verlo, por lo tanto, como una muestra de humildad.

Al decir esto, Borges no sólo nos hizo ver una de las características del tiempo, a saber, que la forma en que podamos aprehender el pasado no depende sino de la capacidad que el presente tenga de modificarlo, de hacerlo dependiente de nuestros actos (poco común), de hacerlo causa de nuestros actos (mas común), o simplemente de borrarlo de la faz de la tierra hasta que algún presente pueda recomponerlo. No sólo es eso pues al plantear lo ya dicho, Borges además nos da un ejemplo fenomenal de lo vislumbrado.

Y esto es porque después de leer que Borges afirma que Robert Browning puede considerarse como uno de los precursores de Kafka, se modifica inmediatamente cualquier presente en el que tengamos un contacto con la obra de Browning, pues ya no lo leeremos más sólo como un buen poeta victoriano inglés, sino que desde ahora pasará a ser uno de los precursores de nada más y nada menos que del más grande escritor que la literatura ha dado a los hombres: de Franz Kafka. Y cualquier ponderación que hagamos de su obra, cualquier imagen que nos evoque, estará irremediablemente ligada con ese descubrimiento.

Pero no sólo eso, Borges, al plantear lo que planteó, también modificó nuestra visión del pasado, pues ahora, en nuestras consideraciones de Browning como sujeto histórico, no podemos sino entenderlo como un hombre que con su obra estaba abriendo el camino al mayor escritor de Occidente, cambiando así, dirían algunos, nuestra visión del pasado, pero no el pasado. Para entrar en esa discusión, se hace necesario referir a Hume, para quien, como nos dice el mismo Borges en otro de sus textos (Nueva Refutación del Tiempo, 1952), no es lícito hablar de la forma de la luna o de su color; la forma y el color son la luna. Borges piensa que la misma apología idealista de Hume en relación con el mundo físico, es aplicable al tiempo. Imposible dividir la percepción que de él tenemos de lo que realmente es, ya que al considerarlo como una entidad separada de la prefiguración que de él tengan los hombres, no sólo estamos reconociendo su existencia independiente, sino que al mismo tiempo reconocemos su existencia como sucesión de eventos a los que el hombre tiene acceso gracias a sus sentidos, tal como se tiene acceso a la sucesión de eventos que terminan por componerse en la imagen de un río corriendo.

Intentaremos aclarar esta ligazón entre la refutación del tiempo como un ente separado de los sentidos y su visión como una sucesión de eventos.


"Hume ha negado la existencia de un espacio absoluto, en el que tiene su lugar cada cosa; yo, la de un solo tiempo, en el que se eslabonan todos los hechos."

Borges, en esa cita, nos presenta su rechazo a la visión del tiempo tanto como una realidad externa al sujeto como en tanto un continuo en el que se eslabonan los hechos, equiparando esa visión a aquella criticada por el idealismo y que ve a la realidad como cosas que suceden independientemente de las percepciones de los hombres, y aunque esa critica es recogida del idealismo, eso no impide que Borges ocupe una falencia del propio idealismo para confirmar su posición, afirmando que la sucesión de hechos que el idealismo supone no existe como tal, pues es una construcción de la conciencia, tal y como es una construcción de la conciencia la sucesión del tiempo.

"Niego, en un número elevado de casos, lo sucesivo; niego, en un número elevado de casos, lo contemporáneo también"

Borges afirma que lo sucesivo queda descartado en la medida que responde a la necesidad de ver al tiempo como una entidad distinta a la representación que de él tenemos, una entidad que fluye y con la cual nosotros avanzamos. Para Borges, la verdad es que tal sucesión es una ilusión como lo es la ilusión de ver a un río fluir. Lo que existe para Borges es nuestra representación de eso que llamamos tiempo, y esa representación no responde a un momento de ese fluir sino que es un momento que nosotros, gracias a nuestra imaginación, hacemos fluir. El tiempo, así, no es la sucesión de eventos, sino que es la concentración de presentes, donde cada presente es atemporal, prueba de ello, según Borges, es nuestra capacidad de volver a experienciar un momento ya vivido gracias a su evocación, o bien gracias a la pequeña posibilidad (pero posibilidad al fin) de experienciar un momento idéntico de otro ya “ocurrido” (posibilidad que no existiría en un tiempo sucesivo).

En uno de sus párrafos del texto Nueva Refutación del Tiempo, Borges, para darnos ejemplos de aquellos momentos que son posibles de volver a experienciar y que por lo tanto refutan la existencia de un tiempo sucesivo, enumera una serie de experiencias personales que afirma haber vivido más de una vez, entre ellas, con una habilidad que pacta con el genio y con el vértigo, nombra su admiración por la destreza dialéctica del fragmento 91 de Heráclito, aquel que dice: No bajarás dos veces al mismo río, y es precisamente en esa sentencia, que Borges nombra, como si no pretendiera nada, en la que se oculta una de las claves que desentrañarán el problema, pues en esa sentencia el gran Heráclito, nos insinúa Borges, oculta en realidad dos verdades, la primera, fácil de entender y hasta de aceptar, nos dice que el río no es el mismo la segunda vez que en él entramos, pero es la segunda la que importa. La que nos dice que esa segunda vez que entramos al río, nosotros, como el río, también somos otro.

De las divagaciones de Borges podemos concluir que una posibilidad es que cada momento sea una isla en la que habitamos y somos eternamente, pero al mismo tiempo “saltamos” a otras islas en las que habitamos y somos eternamente, y en determinado momento, nada nos impide volver a islas pasadas donde no sólo estarán los momentos eternamente esperando, sino que nosotros también estaremos haciéndolo. Pero es una segunda posibilidad la que Borges parece escoger, a saber, que todos los momentos son un solo momento, no es necesario saltar de una isla a otra, basta con que en la isla en la que habito se den las circunstancias para que en ella converjan otras islas, y para ello basta volver a experienciar un solo recuerdo de forma idéntica al evento que le dio origen, para literalmente volver a vivir en ese momento, y esa sola repetición basta, afirma Borges, para negar por completo la posibilidad del tiempo como sucesión de eventos.

“El quinto párrafo del cuarto capítulo del tratado Sanhedrín de la Mishnah declara que, para la justicia de Dios, el que mata a un solo hombre, destruye el mundo; si no hay pluralidad, el que aniquilara a todos los hombres no sería más culpable que el primitivo y solitario Caín (...)Yo entiendo que así es. Las ruidosas catástrofes generales —incendios, guerras, epidemias— son un solo dolor, ilusoriamente multiplicado en muchos espejos”


Borges, así, tomó los argumentos idealistas de Berkeley, y de Hume y los llevó un paso más allá para aplicarlos no sólo al mundo físico, sino que también al tiempo, permítannos las posibilidad de esbozar un nuevo paso.


El tiempo, nos ha dicho Borges, es un instante eterno en el que de vez en cuando se repiten instantes calificados por la conciencia como ya ocurridos, de lo cual se deriva la invalidez de la idea de una sucesión continua del tiempo. Ese instante no es un lugar donde el hombre habita, sino es un lugar generado por la conciencia humana, ese instante es, en definitiva, el hombre.

No es, por lo tanto, un ser en el tiempo, sino un ser que es tiempo, ser y representación y que aquí llamaremos ser/tiempo (El guiño a Heidegger supone un reconocimiento pero también un cuestionamiento. La relación de la concepción de tiempo aquí refereida con la filosofía del alemán será discutida en futuros trabajos). El espacio tampoco queda afuera de esa unidad puesto que no es más que el conjunto de formas eternas e inmóviles representadas en la conciencia que ayudan al hombre a dar sentido a su ser/tiempo, luego esas formas se comparan con otras formas, también eternas, de otros seres/tiempos que convergen en nuestro ser/tiempo, convirtiéndose, en esa convergencia, en parte de él, en parte del gran ser/tiempo que es uno y eterno, dándonos así la ilusoria idea del movimiento, del cambio. Importante es destacar que esa convergencia, con que se enriquece nuestro ser/tiempo, no se ensambla a él fruto de un proceso, no existe un enriquecimiento del ser/tiempo en el sentido de que la utilización del verbo asume la existencia de una sucesión de eventos que terminarían con el ensamblaje final, por el contrario, esta unión es inmediata, en el mismo instante en que mi ser/tiempo se ensambla con otro/ser tiempo, estos pasan a conformar una unidad indivisible y eterna en la medida en que a mi conciencia se le hace imposible prescindir de ella, pues si lo hace, equivaldría a decir que tal unión, que tal convergencia, jamás existió.

Si ese instante varía, cualquier instante con los que converja también lo hará, convirtiéndose, repito, inmediatamente en un solo instante. Si leo que Borges afirma que Browning es precursor de Kafka, en el mismo momento en que la biografía de Browning converja con mi instante actual (el único, vuelvo a repetir) esta también variará. Browning pasa así de ser un poeta victoriano a ser el precursor de Kafka y eso es real aquí y ahora, en mi ser/tiempo que es uno y eterno, y por lo tanto no cabe duda que lo que llamamos “pasado” también variará.

Ahora bien, qué pasará con los eventos “futuros”.

Es posible que un supuesto, una idea del inexistente futuro influya también sobre mi ser/tiempo que es siempre presente y eterno? Pues nos parece que sí.

Tal vez a primera vista se piense que encontrar eventos futuros lo suficientemente significativos como para influir en mi ser/tiempo sea difícil, pero lo cierto es que no lo es. Marcelo Valeria, (1979-2228) afirma que toda vez que nuestras acciones se realizan en función de eventos que aun no ocurren, estamos ante un ejemplo en donde el presente pasa a considerarse en relación con el futuro, y por ende, es experienciado como pasado. Yo propongo matizar esa afirmación diciendo que esos eventos aun no ocurridos no transforman mi presente en pasado, sino que pasan a formar parte de mi ser/tiempo, en otras palabras, ese evento imaginado converge, tal como ocurrió con los ejemplos de Browning, con mi eterno presente, modificándolo, o para ser mas preciso, ensamblándose a él para formar parte de mi ser/tiempo.

Es importante destacar que el ensamblaje de ese evento futuro imaginado con mi ser/tiempo, sólo afectará mi ser/tiempo que se relacione con ese evento imaginado. Así como mi lectura de la relación de Browning con Kafka sólo afectará el pasado de los eventos relacionados con Browning y no mi pasado de lo que comí esta mañana, así también un determinado futuro imaginado sólo afectará a mi ser/tiempo en relación con ese evento. De esta forma, por ejemplo, el evento futuro de recibir una gran cantidad de dinero afectará mi ser/tiempo en relación a posibles compras que pueda hacer suponiendo la llegada de ese dinero, pero no afectará mi ser/tiempo en relación con mi valoración de la obra de Borges.

Lo anterior quiere decir que mi ser/tiempo no responde como un todo a las variaciones que puedan generarse en relación a hechos pasados o a hechos futuros. Lo cual lleva a pensar en el ser/tiempo más que como una unidad conciencia(espacio-tiempo) como una realidad atomizada compuesta por infinitos sub ser/tiempos, cada uno de los cuales puede ser afectado de forma más o menos independiente por los eventos que acceden a la conciencia correspondientes al futuro o al pasado, no olvidando nunca que el pasado y el futuro no existen más que como representaciones que ocurren en el presente que es eterno y único y al que repetidamente nos hemos referido como ser/tiempo. (Esta concepción atomizada del ser/tiempo no es nueva, fue ya prefigurada por M. Valeria en un trabajo aun no publicado mediante la idea del presente extendido en donde se bosqueja la existencia de múltiples "pasados" independientes unos de otros, y relacionados cada uno con su propio "presente significativo", en nuestro caso, cada pasado independiente seria una sub unidad de ser/tiempo, mientas que el presente significativo sería nuestra representación de eventos ya sea ocurridos o no ocurridos, representación que, repetimos, es parte integral de nuestro ser/tiempo)

El ser/tiempo, por lo tanto, es el instante único y eterno que en este momento accede a nuestra conciencia modificado por las visualizaciones que en este momento acceden a nuestra conciencia, visualizaciones que llegan a ensamblarse, unirse o a converger en nuestro ser/tiempo (que siempre es uno) y que pueden hacer referencia a momentos representados en nuestra conciencia ya sea como ya ocurridos o como futuros.

Borges afirmaba que Kafka, con su obra, modificó nuestra percepción del pasado (sabemos desde Hume que eso es igual a decir que modificó el pasado), asignándole a Browning un valor precursor que antes no tenia. Nosotros agregamos, sin aun decir nada nuevo, que nuestro presente (que Borges reconoce como único y eterno y que aquí llamamos ser/tiempo) converge con ese nuevo pasado, uniéndose con él. Pero además declaramos, basándonos en los estudios de Marcelo Valeria, que lo mismo puede suceder en relación con eventos no ocurridos pero representados en nuestras conciencia, los cuales convergen en (decir con seria asignarle una identidad separada a la nuestra, Borges nos enseñó que eso no era posible) nuestro ser/tiempo, haciéndose uno con él (recordemos que tal unión es instantánea, su resultado es eterno y su posible desvinculación equivale a decir que nunca existió). A lo que sumamos la idea de que eventos representados en nuestra conciencia particular afectarán sub unidades de ser/tiempo particulares y relativamente independientes entre sí.


De esta forma, estamos intentando dar un nuevo paso en el entendimiento de la relación que nos vincula al viejo Chronos, hijo del Caos, hermano de lo Inevitable. Aún nos encontramos muy lejos de respuestas que puedan satisfacernos, quedán por aclarar muchas cosas, en especial aquellas relativas a la relevancia de esta forma de ver el tiempo y su relación con lo que la Nueva Historia nos demanda, y para emprender aquel viaje que aun no existe, qué mejor compañía que las palabras de Jorge Luis Borges, el fundador de Tlon, el padre de las bibliotecas sin fin, de los libros de arena, de las enumeraciones impares, de los tigres, los laberintos y los espejos, el hombre que no sólo es un escritor brillante, sino también un genio oscuro y vertiginoso capaz de unir los 25 signos en formas antes insospechadas, de contarnos historias imposibles sin renunciar jamás a la inteligencia y a la belleza, indicándonos sin egoísmo senderos que nos llevarán a lugares desconocidos, perdidos en las cifras de los siglos por venir, lejanos como el álgebra y la luna.


Antes de terminar, volvamos por un momento al epígrafe que presentó este texto, cuya extrema lucidez resume gran parte de lo aquí expresado y lo hace, qué duda cabe, con una habilidad que nosotros sólo podemos admirar desde lejos:

“El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho.
El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
El mundo, desgraciadamente es real; yo desgraciadamente soy Borges”



Seattle, Febrero de 2009




(Todas las citas de este texto, con excepción de aquellas donde se indique lo contrario, hacen referencia a textos de Jorge Luis Borges y son identificables por la utilización de letra cursiva).