
Cuando Homero escribió la Odisea no sólo habló de dioses sino que también les dio forma y un lugar en el mundo. Los dioses hablaron a través de sus versos y esas voces atravesaron los siglos y la suma de los siglos hasta llegar a los días en los que nosotros desembocamos –precarios deltas que el aire borrará antes que el sol se oculte- La barca que cruzó los negros años fue el papel y la tinta, fue el nombre del poeta, los escritores que recorrieron los mares que el mundo rodeaba. La memoria.
Homero, el único poeta de la Historia, dio forma a un edificio en el que todos dormiremos alguna de nuestras noches y lo hizo sin utilizar más que vástagos desperdigados por los caminos de Eurasia. Homero no habló de dioses, les dio forma y voz. No habló de mares, pues de mares nadie puede hablarnos, pero nos mostró lo que en sus olas derivará hasta que Saturno devore las horas que seremos.
En cuanto a las piedras que conformarán el palacio del que ya no querremos salir: yacen en los lejanos rincones del orbe. Homero reunió algunas y nos dio a Ulises. Desde entonces millones como él han intentado reunir las piedras que prometen el palacio. Los más no han podido dar con dos que calcen entre sí, algunos han formado pequeñas torres que el viento se lleva durante la noche. Muy pocos han logrado levantar pobres chozas que nos alivian de los elementos y del destino. Si por ventura las encontramos en nuestro pasar, es deber reconocerlas y continuar construyendo sobre ellas, sobre la choza, pero también sobre el par de guijarros que el azar o el infortunio reunió en los acantilados de fuego. Y aunque bien podríamos dejar pasar esos preciosos objetos, pues la necesidad de lo completamente nuevo crece en la raíz de la encrucijada, debemos ser sinceros. Leamos, una vez más, a los Griegos, recorramos el secreto de judío de Praga, busquemos nuestra cara en las caras espejo. Detengámonos en los imprecisos rincones de los refugios que los que mejor ventura tuvieron han dejado atrás para aprender a decir que son también nuestros refugios. Tu camino fue también el mío. Tu agonía nuestra agonía, tu Suerte nuestra Suerte.
No es sólo humildad. No es sólo reconocer méritos en los que antes que nosotros supieron de la Guerra, pues no hay mérito sobre el mundo y la humildad es tan absurda como la vanagloria. Unos dirán que su palacio no puede ser el mismo, pero ya otros antes pronunciaron sus palabras y el palacio se repite. Construyéndose. No esquivemos las pequeñas chozas que tantos amigos enterraron. Entremos en ellas, descansemos las aciagas noches para con fuerza comenzar a construir nuestra propia choza -habitación lejana del palacio que es uno y el mismo-. No burlemos los gestos del espejo. No cortemos inútiles las aguas que nos unen a Lo Mismo. No finjamos que nada Antes ha pasado.
Y que nadie nos obligue a hacerlo.