
Un hecho: La literatura se escribe y se ha escrito siempre para quienes conviven temporalmente con el autor - cuando no exclusivamente para el propio autor y quizás también para sus amigos – (No faltará quien escriba pensando en los habitantes del futuro, pero evidentemente no tiene caso hablar de él) . Por supuesto ello no significa que las obras no pueden hasta cierto punto trascender, y por qué no, llegar hasta días que no podemos imaginar.
Pero, ¿qué es lo que en ellas pesa más a la hora del éxito de esta supuesta trascendencia? ¿La historia en ella narrada? ¿El contexto de esa historia? ¿Sus personajes? ¿Las reflexiones de sus personajes?
¿Qué es lo que en ellas buscarán los lectores futuros (lo que nosotros buscamos en las obras del pasado)?
En la búsqueda de una respuesta para tales preguntas, fácil es encontrarse con algunos hechos que aunque no del todo irrefutables, son lo bastante llamativos como para prestarles al menos algo de atención. Es así como podemos observar, por ejemplo, que las obras literarias que han logrado atravesar los siglos le deben poco o muy poco al contexto en el que se desenvuelven, no así a sus personajes, héroes que hubiesen llegado hasta nosotros ya sea en un buque de guerra o en una barca a medio hundir.
Joyce no son sus carruajes, sus tranvías, sus calles adoquinadas. Bloom podría teletransportarse para llegar al funeral del bueno de Dignam, y Joyce se habría encargado de hacernos saber lo que en el proceso vivió nuestro héroe con la misma destreza (terrible destreza) con la que ya lo hizo una vez. Del mismo modo, Gregorio Samsa bien podría haberse convertido en un insecto a bordo de una nave interestelar (un buen libro) o Ulises haber venido de vuelta de una lejana Troya en nuestra vecina Andrómeda y el mensaje que desvelaría al lector sería más o menos el mismo.
Por supuesto eso no significa que el contexto no importe. El contexto importa, qué duda cabe. Pero se levanta como una variable capaz de sumar valor literario a la obra y de finalmente transitar junto con ella el viaje hacia la memoria de los hombres, sólo cuando se convierte en una herramienta gracias a la cual los personajes puedan redimensionarse, manifestar aspectos de sí mismos que en otro espacio-tiempo hubiesen carecido de valor para el lector. Cuando gracias al contexto – la época, la ciudad, la situación social, etc.-, una reflexión cualquiera se convierte en una reflexión crucial, un acto cotidiano se convierte en una obra genial. Es allí cuando el “lugar” en el que la obra se desarrolla se torna imprescindible. De lo contario, si no hay un trabajo sobre esa atmósfera, un trabajo que haga surgir una retroalimentación precisa entre el contexto y el personaje, aquello que tendrá la oportunidad de trascender seguirán siendo los diálogos, las reflexiones en el vacío, las noches en una habitación que puede ser cualquier habitación, en un país que puede ser cualquier país.
Sin embargo, y a pesar de lo anterior, es interesante apreciar cómo es esa misma naturaleza descontextualizada de la obra, la que lejos de atentar contra la calidad de ésta, ha logrado elevar a sus principales exponentes a la tan ansiada categoría de
Universales. Incluso es posible ir más lejos y llegar a creer que es precisamente esta descontextualización - ya sea parte de la obra (desarrollada por el autor) o posterior a ésta (desarrollada por el público) - la que de alguna forma ha garantizado su éxito.
Suele así hablarse con veneración de las
situaciones universalizables, las vivencias extrapolables a cualquier época, a cualquier persona, a cualquier encrucijada, caracterizando a tales conceptos como una de las principales claves a tener en cuenta por los grandes autores si pretenden perdurar en los años por venir.
Es así como hombres de la talla de Victor Hugo y Proust, Dostoievsky y Kafka, Tolstoi y Shakespeare, en fin, los más grandes entre los grandes, han pasado con éxito la prueba de la universalidad y con éxito se han instalado en el Altar Mayor de nuestra literatura, lo que es sin duda un mérito, pero al mismo tiempo una puerta que se abre a una serie de cuestionamientos en relación con una posible subutilización del contexto en la generación de obras literarias.
Por supuesto no seré yo el que cuestione la falta de un contexto poderoso en la obra de, digamos, Kafka. Después de todo no hay páginas más importantes que las suyas en la historia de la literatura occidental. Sin embargo creo, y aquí el punto de este artículo, que un correcto manejo de las variables contextuales es capaz de entregar a la literatura oportunidades no vislumbradas hasta ahora. No en la obra de Kafka, perfecta como pocas, sino en las obras por venir, o al menos en ellas donde abiertamente se hace del contexto una variable preponderante.
Y es aquí donde surge como un elemento relevante para el análisis aquella literatura que lidia directamente con la variable contextual más amplia, poderosa y manejable: el tiempo. Hablamos, por supuesto, de la literatura de Ciencia Ficción, donde el contexto deja de ser un valor agregado (bien o mal utilizado) para transformarse en la presentación de la obra. En su carcasa, pero muchas veces también en su centro, una literatura en la que sus seguidores suelen encontrarse ávidos de devorar la inventiva del autor, buscando insaciables los nuevos artilugios que éste le presenta, las nuevas especies, la nuevas guerras. Y los autores, siempre listos, no dudan en entregárselas en infinidad de formas y colores.
Lamentablemente, sin embargo, en la gran mayoría de los casos, los personajes y sus contextos (el futuro y sus eventos) adolecen de pobrísimas ligazones, de manera que los primeros se asemejan a seres perdidos en un mundo ajeno (aunque se esfuercen en no demostrarlo), como si hubiesen sido recién sacados de sus camas en el siglo XXI y llevados al XXXX sólo con el conocimiento necesario para manejar los instrumentos que haya que manejar, pero sin siquiera un poco del bagaje mental que consideraríamos propio de criaturas de tales épocas, sin las interrogantes, las reflexiones, las profundidades psicológicas de los hombres que han visto lo que supuestamente tales personajes han visto.
Pero la situación es aún más compleja. El tiempo ha pasado y ya muchos piensan que la literatura de Ciencia Ficción carece de sentido, y esto debido a que nadie podría siquiera soñar con los cambios que generarán los avances tecnológicos por venir. Y un buen grado de razón tienen quienes afirman aquello. La frontera de lo imaginable se encuentra cada vez más cerca, 20, 30 años, para los más aventajados, 5, 10 años para otros, hoy, ayer, para el resto.
¿Cómo podemos entonces pensar en las mentes de miles de años en el futuro si ni siquiera podemos vislumbrar la tecnología que podría llegar a modularlas? ¿Cómo podemos optar a crear a tales habitantes del vacío?
Pues con las herramientas que siempre hemos tenido, las mismas que algún día nos llevarán, para bien o para mal, a los mundos que soñamos. El trabajo y aquello que llamamos creatividad.
Pero no cualquier trabajo, no cualquier creatividad.
El trabajo ha de ser no el de un hombre común, sino el de alguien capaz no sólo de absorber e integrar una vastísima cantidad de conocimiento de altísimo nivel, sino que también de reconocer en él las distintas variables que, cada una en diferente medida, determinarán el desarrollo interno de aquellos lejanos hombres. Un extraño ser poseedor de una creatividad que le permita utilizar tal conocimiento para desarrollar personajes que transiten por aquellos desconocidos territorios construyendo a cada paso novísimas formas de ver y de sentir. Formas que inevitablemente tendrán un sustento en las que a nosotros nos construyen, pero que deberán dar cuenta del peso de los años y sus objetos (inventos, descubrimientos, innovaciones), en especial si pensamos en el tiempo -que ya hemos comenzado a vivir- en que tales objetos tengan la oportunidad de ser al mismo tiempo sujetos, no sólo en cuanto a poderosas influencias para la toma de nuestras decisiones, sino que también en tanto entidades que requerirán de nuestro trabajo para completar el suyo, más amplio, relevante y perdurable que el de sus creadores.
Sin duda el objetivo trazado no será alcanzado, pero al decir esa palabra al mismo tiempo resulta claro que no hay tal objetivo. Nadie espera que los personajes de una obra futurista actúen exactamente como actuarán los hombres del futuro, nadie espera que sus invenciones sean las que algún día cambiarán el mundo y es que nadie sabe qué esperar.- Ya se dijo que la literatura es y ha sido siempre para los que compartimos una época- pero ello no significa que no sea posible pedir abrir los ojos a los sucesos (tecnológicos y sociales) de los que ya somos testigos, y pensar así una literatura que los sopese y los enmarque, pasando así a tomar un sitial - que por el momento parece vacío - en el escenario de los siglos que comienzan.
Por supuesto en este intento inútil hay excepciones. Sin embargo tales excepciones más que triunfos parecen fracasos amortiguados por la escasa ambición de sus empresas. Inteligente mesura que no sólo no se critica sino que se agradece. Y es que no es fácil la tarea de elaborar una obra que no sólo tenga coherencia científica, que pacte con el contexto temporal de la manera ya enunciada, sino que además presente algo de eso que los universales nos mostraron - de aquellas grandes excepciones que sobrevivieron los siglos -.
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Pero, ¿tiene sentido que los autores de ciencia ficción busquen con su literatura lo que Joyce o Kafka buscaron? ¿O basta con sus naves espaciales, sus inmensos edificios, sus Apocalipsis, sus especies alienígenas y sus mundos anillo?
Sí. Lo tiene
Y no se trata de prescindir de las naves y las lejanas galaxias que tanto han hecho por nuestra imaginación, pero es necesario no dejar escapar la oportunidad que nos entrega la Ciencia Ficción de contrastar la condición del hombre con la condición del mundo. De sumergirnos junto a sus páginas en las cavilaciones de un joven poeta que deambula por Neo Tokio con libros de papel bajo el brazo. En los sueños de una científica que habita lo que algún día será Rusia mientras busca en los túneles subterráneos que atraviesan vastas ciudades que aún no existen. Indagar en las elucubraciones éticas, morales y de sentido de quienes se enfrenten a la posibilidad de destruir un universo. Generar nuevas éticas, nuevas morales, nuevos sentidos que rijan a lejanos mundos imaginarios.
Tlon es un buen ejemplo de hacia donde debiese apuntar el problema a resolver. Pero Tlon carece de habitantes que puedan hablarnos de sus miedos y dudas. Pues dejemos entonces de lado por un momento los altos edificios, los vehículos que surcan los laberintos que forman. No, de lado no, pero sí en su lugar. Telón de fondo. Piso y cielorraso. Paredes. Y miremos el centro para crear a los hombres que deambularán como deambularon los etíopes en sus años de gloria. Las preguntas. Los crímenes. El amor.
No serán universales tales obras. Las problemáticas en ellas presentadas no serán aplicables a todos los hombres. Un granjero difícilmente pueda llegar a empatizar con la científica rusa, pero Svetlana Kuznetzova, se me ocurre ahora podría llamarse la científica, o mejor aún la aspirante a científica, será la única creación de los hombres capaz de convivir con preguntas totalmente sumergidas en lo desconocido, nacidas de lo que no es pero que intuimos. Metáforas de nuestras propias preguntas destinadas a lidiar con los años en que la ciencia sea oscura como la magia es oscura. Claves casi irreconocibles que, por qué no, nos revelen parte de ese secreto que nos dice que también somos lo que seremos.