Y la lluvia atemorizada haciendo puente,
para no apaciguar.
René Char
Estoy en Santiago de Chile, no llueve hace meses. En las calles sopla el viento entre cantos confundido; aullidos que irremediablemente nos conducen hasta el insensato muelle /que canta, y que a mi ha terminado por llevarme a mi propia habitación, ojo de tormenta, nido de los pájaros del Erebo donde una voz irreversible me recuerda: no importa hacia dónde te arrastre el viento, pequeñas habitaciones o lejanos puentes, páginas o fiebre, promesas o ciudades, no importa.
No importa-repito o más bien, repitió la voz- hacia dónde te arrastre el viento.
Y es ahora cuando lo puedo ver. El hombre de la voz está sentado en su escritorio, se está moviendo. Cambia de habitación, de calle, de cuidad, de país, como quien una página. No tiene cenicero, es en su ventana donde guarda las colillas de sus cigarrillos. Las tazas de café vienen a interrumpir una persecución, un crimen, un romance.
Estoy en Santiago de Chile y mi café no interrumpe nada, absolutamente nada. En mi velador está Bartleby y Compañía, la página 74 está marcada por la fotografía de un puente (el puente rojo de Aysén). Página donde se habla de Marcel Duchamp. /paréntesis o contexto: Duchamp dejó de pintar porque ya no tenía ideas (“je n`ai plus d`idées”). A mi lado, sobre una cama, está La Universidad Desconocida. En su portada una imagen que justamente me recuerda Desnudo bajando una escalera de Duchamp. Entonces he buscado al autor de la portada, dice: Ilustración: Setenta y cinco años después, Nápoles. Larry Rivers.
Ahora mi objetivo inmediato es perseguir a Larry (1923-2002). Un artista norteamericano cuyo verdadero nombre fue Yitzhok Loiza Grossberg nacido en el Bronx, Nueva York. Para mi sorpresa, Larry es además saxofonista. Estudió en Juilliard como tantos otros, algunos grandes, algunos desmesurados y hermosos y entre ellos estaba Miles Davis, de quien fue amigo. Y es tal vez por eso que escuchaba a Davis cuando abrí este documento en blanco. Las sorpresas se sucederán sin prisa, no me queda más que sonreír.
Esta noche, en Santiago de Chile /no he dejado de saber dónde estoy/ me acompaña una sonrisa (semejante a la de azul en verde) y la persecución a Larry, Larry en la década del 40, Larry, uno de los miembros de la Escuela de Nueva York.
Estoy en Santiago de Chile y a mi habitación ha entrado la madrugada tal como yo he entrado en la escuela de Nueva York y en las noches de hace un año, es decir, inevitablemente. Fueron imágenes de Motherwell las que cruzaron el océano aquellas noches. Entre las horas de las madrugadas celestes corrían cuadros, silencios y horizontes de Rothko, Newman, Kline, Gottlieb, y en ocasiones fueron los gritos de Pollock y de de Kooning. Todos Cruces sobre el Océano. Pulverizando el Horizonte. En el heroísmo de entender el mar como fortuna y posibilidades. Repetíamos Mientras el café nos habla de ciudades /Y de héroes.
Larry, no he olvidado a Larry. Mi persecución continua en las palabras de su autobiografía- “What Did I Do?“, he wrote: “I knew that being in the presence of art, making art -- even making love -- couldn’t get at the feelings I felt when I played music.” Estar en la presencia del arte. Me parece que mi persecución puede descansar un momento, no demasiado, pero sí lo suficiente como para apreciar que en ella no estuve sola; Larry eco, Larry espejo en el camino, Larry improbabilidad de los puentes, hasta pronto.
Estoy en Santiago de Chile y Larry Rivers murió un agosto, diez años después que lo hiciera Miles Davis. Estoy en Santiago de Chile, pero durante estos doce meses he estado también en Nueva York y en Berlín, en Ámsterdam y Blanes, en París, en Tokio, Viena, Praga y Dublín. Estoy en Santiago de Chile y son cerca de las tres de la mañana, abro entonces mi ventana en su décimo quinta página:
Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras
Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniendo todo de mi parte.
( Y la lluvia atemorizada haciendo puente,/para no apaciguar. Decía Char)
Y Bolaño diciéndonos De ninguna manera.
Y nosotros sonriéndole mientras esperamos la lluvia
Sobre la extraña carretera donde veremos
El caballo que suda sangre, galopando a la deriva
Celeste.
M