El hombre, enjuto, mal vestido, y de una tonalidad amarillenta que no presagia nada bueno, se acerca al estrado con una carpeta bajo el brazo, o más bien bajo la axila, como si la carpeta fuera también un termómetro o una espada como las que atraviesan a los hombres de teatro. Pero el hombre no es un actor, y si lo fuera, sería uno muy malo, pues a todas luces sobreactúa, y lo hace en tal medida, que irrita.
De la carpeta, que ahora extrae de su axila con una dificultad que hace pensar que realmente estaba enterrada, sobresalen unos cuantos papeles en los cuales probablemente apoyará sus palabras. Pero ¿es capaz de hablar un hombre así?, se pregunta la escasa concurrencia; unas seis u ocho personas que en común no tienen absolutamente nada.
El hombre, al que su enfermedad y una calvicie que avanza inexorable le confieren más años de los que en realidad tiene, tose una, dos, tres veces mientras ordena como puede (mal) los papales sobre el púlpito. No hay agua a su alcance, piensa la mayoría de los asistentes, temiendo que deban ser ellos los que tengan que socorrerlo en caso de una emergencia. Una emergencia relacionada con su enfermedad y que dos de los asistentes han comenzado a esperar con recatado morbo.
Las primeras palabras son de introducción. Da las gracias por la asistencia, pide perdón por una inexistente demora, habla del clima, halaga las virtudes del auditorio. A continuación saca, no sin dificultad, un par de anteojos desde el bolsillo interior de su chaqueta, antes de ponerlos en su lugar se clava dos veces el ojo izquierdo con el extremo del marco. Para alegría de la mitad del público, y para tristeza del resto, finalmente logra acomodarlos donde corresponde. Mira sus papeles, vuelve a toser. Un miembro del público, como si quisiera imitarlo, lo acompaña.
No hay sorpresa en los gestos de nadie cuando el hombre, que cada vez está más amarillo, comienza a recitar un poema que parece estar escrito en sus papeles, aunque nadie se atrevería a asegurarlo.
El poema es bueno..Es, en realidad, muy bueno. El hombre, después de un momento de vacilación, o de lo que parece vacilación, se saca los anteojos e informa al público presente que lo recién leído es obra de un poeta desconocido que habita en el centro del hastío.
El resto de la conferencia pasa con más pena que gloria. El hombre, en tanto, muere dos días después víctima de un accidente de coche. Su esposa cree, sin embargo, que todo se trata de una farsa, - Se ha escapado a Buenos Aires, le dice a su madre entre lágrimas, y ya nunca volverá.
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