
Al lado de cada viajero va un fantasma. El fantasma, a veces, se confunde con el viajero pues aunque suele estar cerca, en ocasiones está demasiado cerca. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se le ve claramente a su lado, de pie, imitando tal vez a otros viajeros que imagina entre sueños. Pero no siempre fue así.
Los griegos, por ejemplo. En aquel tiempo, cuando los dioses tenían cara, los viajeros eran también el fantasma. Digamos que el fantasma todavía no salía del pecho del viajero, quien se aventuraba a la gloria o al olvido con el fantasma en su lugar. Pero el tiempo pasó y no se sabe muy bien cuándo, el fantasma se escapó.
Luego del escape, sin embargo, el fantasma no fue demasiado lejos. Contradiciendo sus evidentes ansias de fuga, ni siquiera dejó los límites de la nave. Y allí se quedó, opinando sobre los más diversos temas, jugando a mover el timón de un lado a otro, susurrando frases al oído del viajero, gritándolas a los cuatro vientos, avergonzándonos de la humana tentación de dejar que la corriente nos alivie de las noches.
Al lado de cada viajero va un fantasma. Un fantasma que aunque así lo quiera, ya no podrá volver a su nicho en el pecho del viajero, pues durante una imprecisa noche del siglo XIX, ha sido descubierto en su huída, y de ahí en adelante ha resultado inútil engañarnos.
Al lado de cada viajero va un fantasma y Baudelaire lo sabía.
Y es que cualquiera capaz de describir la verdad del viaje ha tenido que, necesariamente, detener su mirada aunque sea por un momento en la figura cenicienta que a un lado del viajero se dibuja. Y Baudelaire supo de aquella verdad antes que nadie, y aunque en su poesía no haya más que imprecisas (pero incuestionables) huellas del fantasma, similares a las que un gran cuerpo deja en la trayectoria de la luz, no puedo dejar de mirar el momento en que los ojos del poeta y los ojos del fantasma se encontraron. – Eme aquí, le dice el fantasma sin palabras, deja ya esa sorpresa y ponte a trabajar, que el tiempo se aleja. – Pero es una palabra, dice Baudelaire, y me orbita como la luna a la noche.
Escribir una y otra vez esa palabra que nos orbita. Escribirla de día, escribirla de noche, escribirla con otras manos mientras sueñas..Y escuchar, escuchar los relatos desbocados de nuestra voz dormida, transformalos en poemas miserables que hablan de mujeres que se desarman, como el viento.
Los asesinos, los locos, los traductores anónimos, los vigilantes nocturnos de talleres –vacíos-, los enfermos terminales, los que cuentan sus pasos hacia ese punto negro que más parece un planeta de cristal que transparenta la infinidad del universo, las lejanas estrellas, esa diminuta nave que con la seguridad insensata de los hombres, avanza hacia las fronteras del lenguaje. Son ellos a los que el fantasma acompaña; los cazadores de desproporcionadas presas que callan su destino de ser hombres para hablar de ataúdes y de sombras, y acusar su secreto a los insectos.
Liev, ph
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