20100106

Tres Espejos Persas






LA MUERTE DEL VISIR


- El visir ha muerto.
- ¿Dónde?
- En el segundo patio, aquel donde desemboca la galería que marca el final del cuarto corredor del palacio, a pocos pasos del aljibe que la arena ha llenado.
- ¿Sigue allí su cadáver?
- Aún permanece allí, tendido sobre la arena blanca. Sus brazos en cruz. Sus ojos abiertos.
- ¿Hay signos de agresión?
- No hay signos de agresión sobre el cuerpo incorrupto.
- ¿Sospecha alguien de alguna causa que explique, bien o mal, su muerte?
- No hay certezas, pero hay rumores que circulan por los salones del palacio.
- ¿De qué hablan tales rumores?
- Los rumores hablan de extrañas causas.
- ¿Con qué se relacionan tales causas?
- Se relacionan con oscuras artes.
- ¿Qué sabía el visir de tales artes?
- Lo suficiente como para que su vida corriera un peligro cierto.
- ¿Dónde practicaba sus artes el visir?
- En este palacio. En una habitación cuya entrada se ocultaba en un gran anaquel colmado de libros que nadie nunca tocó (y que nadie tocará).
- ¿Conocía alguien la existencia de tal entrada?
- La entrada era desconocida hasta por sus mas cercanos, pero luego de su muerte ha quedado sin cerrar.
- ¿Ha entrado alguien a la habitación secreta?
- Nadie se ha atrevido a hacerlo. El carácter del visir fue famoso en la ciudad y aún fuera de ella.
- ¿Puede usted conducirme a la entrada de la habitación en que el visir practicaba las oscuras artes?


El despacho del visir era en todo similar a las habitaciones de trabajo de los hombres de cierta importancia; el bello escritorio de madera labrada, las preciosas alfombras, los cuadros de viejas batallas… tal vez sólo el número de libros, que era enorme, fuera el único rasgo distintivo de la oficina del visir. Los libros se ordenaban en cuatro enormes anaqueles que se levantaban contra las cuatro paredes de la habitación, dos de ellos cubrían por completo dos paredes, otro, separado en dos en su centro, dejaba espacio para una estrecha y alta ventana desde la cual podía adivinarse el lejano mar. Era en el cuarto anaquel en el que se recortaba una pequeña puerta que, estando cerrada, en nada debía distinguirse del resto de la estructura. Ahora, sin embargo, la puerta estaba abierta.

Esta es la puerta secreta que se confunde con el gran anaquel, pensó Fajyaz Fahim, el poeta, y se dirigió hacia ella no sin antes pasar su mirada por los libros que en aquel lugar se ordenaban. No supo, o no quiso saber, que le impidió detenerse en ellos.

Lo que vio Fajyaz Fahim, a pesar de lo desmesurado de sus expectativas, y tal vez debido a eso, no dejó de sorprenderlo. Fajyaz Fahim, el poeta, vio una copia exacta de la oficina del visir. Allí estaban las alfombras, el escritorio, los cuadros de las viejas batallas, los cuatro enormes anaqueles repletos de libros, la estrecha ventana, la lejana estela del mar, y allí estaba también la pequeña puerta que no había sido cerrada.

Al franquear la segunda puerta Fajyaz Fahim pensó en la inevitable repetición del primer hallazgo pero no en que las emociones ante él también se repetirían. Las alfombras, el escritorio, los cuadros, los anaqueles, la ventana, la pequeña puerta. El vértigo.

Poco tiempo había pasado luego de haber perdido la cuenta de las habitaciones dejadas atrás, cuando Fajyaz Fahim notó que la luz que dejaba entrar la estrecha ventana había cambiado su color, haciéndose este más tenue, más cercano al suave anaranjado que a Fajyaz Fahim, el poeta, le recordaba el color de ciertos peces que cuando niño veía nadar en la fuente que marcaba el centro del patio de su casa paterna.

Está atardeciendo, se dijo Fajyaz Fahim, luego, el tiempo no se repite junto con las habitaciones del visir. Durante unos momentos, Fajyaz Fahim estuvo pensando si aquello era una buena o una mala noticia. Finalmente llegó a la conclusión de que era una buena noticia pues reducía considerablemente el presumible poder con que contaba el visir. El visir, se dijo, no contaba (¡no cuenta!) con el don de manejar el tiempo, sino que sólo con la extraña habilidad para construir habitaciones idénticas. Fajyaz Fahim suspiró y le pareció que respiraba por primera vez en mucho tiempo.

Fajyaz Fahim decidió entonces que ya había visto demasiado, y desistiendo de la idea de ver el final del juego del visir, volvió sobre sus pasos. Cuando llegó a la primera habitación la luz que entraba por la estrecha ventana era la luz clara y sin matices de la media tarde. La hora, la misma que al atravesar la puerta por primera vez.

Sellen esa puerta, aconsejó Fajyaz Fahim al guardia principal del palacio. Entierren al visir cerca del mar.

Así se hizo.



LAS CRINES DE BABAR


La prematura intersección del tiempo con el Tiempo no es sino otro signo de mi particular posición en el mundo, pensaba Fajyaz Fahim mientras caminaba rumbo a la que era su casa. Y cuando se decía esto, en ningún momento la imagen del visir tendido en uno de los patios del palacio (y que no pudo ver) pasó por su cabeza. No, lo que llenaba su silencioso retorno no eran tales desventuras, sino un evento relacionado con una de sus más preciadas posesiones y que su fiel vasallo le había hecho notar, no sin sorpresa, aquella mañana.

- Babar ha amanecido con su cabello (así se refirió su vasallo a las crines de Babar) lleno de pequeños nudos, y es extraño pues personalmente me cuido de cepillarlo cada noche.

Tales fueron las palabras de Farhaan, el vasallo.

Fajyaz Fahim lo miró como si buscara en su cara la clave del mundo. Lo que es extraño, le dijo luego de un momento Fajyaz Fahim a su vasallo, es que la última noche he soñado tus palabras. Y así era, pues la noche anterior a su visita al palacio, Fajyaz Fahim había soñado con un dialogo en todo parecido al de aquella mañana, siendo el escenario de éste la única diferencia, pues en el sueño el diálogo se desarrollaba mientras él y su vasallo empujaban una pequeña barca hacia el mar y no en una de las habitaciones de su casa como sucedió en realidad.

Fajyaz Fahim, que aún se encontraba lejos de su casa, dio un largo suspiro, inesperadamente, y como por acto de magia, las imágenes de Babar y su vasallo se alejaron aparentemente sin dejar huella. Levantó entonces la cabeza y miró el alto cielo. ¡Qué azul más hermoso! se dijo sin bajar la mirada. Si Aquel que es Uno me concediera un deseo, yo pediría perderme en el azul del cielo para siempre.

Fajyaz Fahim llegó a su casa cuando el fin de la jornada se adivinaba en las largas sombras a los pies de todas las cosas. En la entrada principal lo esperaba Farhaan, su vasallo, con una expresión ausente, como si no sólo no esperara a su señor, sino como si ya no esperara absolutamente nada.

- ¿Qué ha ocurrido?, preguntó Fajyaz Fahim a su fiel vasallo.
- Tiene usted una visita que lo espera hace ya varias horas, contestó Farhaan.
- Dime, Farhaan, quién nos honra con su visita
- No lo sé, mi señor, no ha querido dar su nombre.

El visitante esperaba en el primer patio, caminando pausadamente, con la mirada baja y sus manos entrelazadas tras su espalda. Cuando Fajyaz Fahim puso un pie en la arena del patio, que a esa hora tomaba un color cobrizo que con frecuencia conducía a Fajyaz Fahim a estados melancólicos, el visitante detuvo su andar y sin voltearse para ver el rostro del dueño de casa dijo:

- Por fin has llegado, Fajyaz Fahim, te he estado esperando.
- Fajyaz Fahim caminó hacia el visitante, y cuando sólo unos pasos separaban a los dos hombres, comenzó a rodearlo para tratar de encontrar su rostro.
- ¿Quién eres?, preguntó Fajyaz Fahim sin dejar de caminar en torno al visitante que aún no permitía ver su rostro.
- ¿No sabes quién soy?
- No lo sé, por favor dime, cuál es tu nombre.
- Mi nombre no es lo que más importa.
- Entonces dime, ¿qué es lo que te trae hasta mi casa?

El visitante levantó entonces la cabeza y detuvo su mirada en los ojos de Fajyaz Fahim. Fajyaz Fahim sintió que un soplo frío le recorría la espalda. El rostro del visitante era en todo idéntico al rostro de Farhaan, su vasallo.

No fueron pocas las cosas que atravesaron la mente de Fajyaz Fahim durante el segundo que siguió a su descubrimiento, todas ellas caracterizadas por el ansiedad y no pocas por el franco temor. Finalmente optó por hacer lo que a su juicio era lo más adecuado y gritó el nombre de su vasallo con el fin de que se apersonara a su lado y así comprobar tanto la realidad de ese extraño milagro como la fortaleza de su razón.

¡Farhaan! Gritó Fajyaz Fahim en dirección a la entrada principal de su casa, lugar en el que por última vez había visto a su vasallo.

- Qué es lo que desea, señor mío. Contestó serenamente el visitante.

Fajyaz Fahim perdió el sentido y cayó al suelo.

Cuando a la mañana del día siguiente abrió los ojos, Farhaan estaba a su lado.

- ¿Cómo se siente mi señor?, preguntó Farhaan visiblemente preocupado. - ¿Ha tenido usted algún percance en el palacio?
- ¿Eres tú mi buen Farhaan?, preguntó Fajyaz Fahim tomando firmemente a su vasallo de sus vestiduras.
- Soy yo, mi señor. ¿Ocurre algo malo?
- Farhaan, mi buen vasallo, dime ¿Quién era el visitante que me esperaba en el patio?, preguntó Fajyaz Fahim, temiendo escuchar una respuesta que le hiciera perder del todo la razón.
- Hace meses que hasta su casa no ha llegado visitante alguno mi señor, contestó Farhaan recorriendo con la mirada el vacío de la amplia habitación, sólo era yo que lo esperaba como siempre. Y luego agregó: Al verme gritó usted mi nombre y entonces cayó al suelo como fulminado por un rayo, yo lo traje hasta su habitación donde ha dormido todo la noche. ¿Es que ha pasado algo en el palacio? Volvió a preguntar Farhaan, el vasallo.
- No, nada ha pasado, respondió Fajyaz Fahim, el poeta, y cerró los ojos.



EL ESPEJO DE GEDROSIA


Al abrir los ojos, Fajyaz Fahim se encontró a sí mismo en una de las habitaciones reproducidas hasta el vértigo por el oscuro ingenio del visir. La pequeña puerta abierta, la bella alfombra, el escritorio labrado con una minuciosidad digna de más nobles fines, los cuadros de las antiguas batallas, la estrecha ventana que miraba hacia el lejano mar. Todo en la habitación del visir se repetía de la misma forma en que la memoria de Fajyaz Fahim lo había hecho perdurar.

Y como en su visita al palacio, también en su sueño Fajyaz Fahim se detuvo un momento en los libros de los grandes anaqueles, pero esta vez Fajyaz Fahim pudo dominar, no sin esfuerzo, sus confusas emociones y fue capaz de hacer lo que la pesada realidad antes no le permitiera: se acercó a uno de los anaqueles (que estaba junto a la estrecha ventana) y comenzó a acariciar los títulos de los libros como si pudiera leerlos con la yema de sus dedos.

Finalmente, y sin que mediara la voluntad de Fajyaz Fahim, su mano se detuvo. Era un libro de tapas verde olivo, doradas eran las antiguas inscripciones y en su interior, con preciosa caligrafía de otros tiempos, se narraba la historia de un poeta persa nacido en las tierras de Gedrosia cuando corría el duodécimo año del sexto siglo.

No hubo sorpresa en el rostro de Fajyaz Fahim cuando supo que el poeta que el libro le presentaba, y cuyo nombre Fajyaz Fahim podía leer mas no comprender, repetía con su vida la vida de Fajyaz Fahim.

Allí estaban sus aventuras de niño, la caída del hermoso caballo blanco regalo de su padre y la cicatriz que ésta dejó, los peces crepusculares de la antigua fuente y la improbable muerte de su padre, y allí estaban también sus libros, los aplausos, la llegada de Farhaan, su fiel vasallo, la llamada del palacio, la noticia de boca del guardia principal, la entrada en la oficina del visir, las infinitas puertas, el consejo antes de partir, la recepción de Farhaan, el inesperado visitante, el grito, el sueño, el libro de verdes tapas, las tapas de dorados signos y el nombre del poeta que esta vez Fajyaz Fahim sí pudo entender y pronunciar una y otra vez moviendo apenas sus labios, Fajyaz Fahim, repitió catorce veces Fajyaz Fahim, Fajyaz Fahim, el poeta. Y no hubo respuesta.

Fajyaz Fahim abrió los ojos. Farhaan, sentado a su lado, dormía dejando que la luna dibujara su silueta en la pared y parte del piso. - Todo está bien, se dijo Fajyaz Fahim contemplando el apacible sueño de su vasallo, deseando que el gato blanco que permanecía inmóvil junto a la entrada de su habitación, y que ahora se estiraba cuan largo era, fuera parte de la noche, acaso del sueño o de la luna, y no de las artes que su padre le enseñara a temer.


Ph. Liev.

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