Tanto hemos rondado a la niña silenciosa. Tanto enredarse en su silencio. Saltar entre los hilos que se pierden en sus ojos. Jugar a la mosca entregada a su destino. Gritos de dolor, pequeñas y grandes renuncias, esperando. Tanto invocar muertos en su nombre, tantos crímenes, tanta envidia. Lecturas en voz alta frente a antiguos retratos que imaginamos espejos o lagunas. Pero no es tu cara la que las palabras dibujan. Son otros viajes los que llevan a otras guerras. Y la niña se aleja. Corre entre los plagios.
Y nos parece que cae, que vuela, que se hunde hasta las cuevas enrojecidas donde nacen los ecos.
Buscamos entonces los mapas de los únicos. Los leemos a gritos contra el viento. Los devoramos entre sueños. Los montamos como a caballos sin sombra! Hasta que surge esa pista como una gema azul en el asteroide más lejano. Acariciándola, comprendemos que son bitácoras de un viaje. No el suyo, no el mío.
Huellas de la sumergida
Aquí posó su mano
Y Baudelaire
- Y su mano no tembló -
Aquí sus ojos
Y Rimbaud
Aquí un aliento
Lautréamont
Aquí un mensaje
Mallarmé
Aquí, aquí una estela, un aroma
Respira Jacques Vaché!
Pero el rastro se evapora. Sólo eso? Y Baudelaire nos mira, doliéndonos.
Y entonces, sonrojados, dejamos los mapas en paz. Y las miramos a ellas, las Herrumbradas. Cara a cara, ustedes y yo, sin Historia, sin luces ni lenguas. Casi sin sangre.
Viejas hechiceras, en sus dominios me muevo sin tropiezos. Veloces días, sin que mis pies toquen el suelo de tantas raíces, la he buscado.
- Y tantas veces creí verla que no pocas noches dormí con el aroma de su cuello -
Pero ahora sé que no es en ese bosque donde habitas, poesía.
Acaso en sus senderos cuando repiten lo que fuimos o seremos. Y nuestros pasos son sus pasos y nuestros intentos sus intentos. Oh vanidad, la niña es la distancia y no sabe de intentos.
Si no somos, no podemos ser. Si la belleza es una, toda la locura del mundo no importa, vagos gritos, patéticos saltos, intentos y la niña no sabe de esa clase de voces.
La verdad es una, pero la belleza crece.
Oímos en consuelo.
Lo creo.
Pero entonces no es la belleza de las ruinas la que busco. - Pero crece - No importa.
Adelante.
Busco a Baudelaire. Atrás? La vergüenza. Y es que no hay atrás, nosotros, los lentos, los niños en peligro, los recolectores de estiércol supimos de las ruinas que dejaron los grandes torbellinos, los únicos. Pero los torbellinos con un ojo en la frente siguieron adelante, sumergiéndose, porque ella ya estaba, otra vez, demasiado lejos, demasiado honda.
Y los gustos? Y los temblores de mi cuerpo? Qué importan los gustos. El poema es lindo y qué me importa. El poema es lindo y ahora resulta que también es bello, y me sostiene. Me reafirma, me repite, y qué me importa?
Pero soy valiente, dicen las plagas en coro.
Demasiado tiempo entre las ruinas. Qué otros busquen la belleza. Repetirse es sin duda abominable. La Verdad es otra cosa, Extranjera hasta el hastío, mucho más lejos que nosotros, fabricantes de belleza y de trampas.
Y la niña corre. Qué escondes en tus manos?
- A por ella Capitán! O que la muerte nos liberé de tantas olas, de tantas ciudades enterradas.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada