García Lorca se llamaba el aprendiz que el Mago aceptó de mala gana en las postrimerías de sus días, en parte porque ya estaba muy viejo para tener aprendices, y en parte porque nunca gustó de los jóvenes con aire de inútiles. Pero lo cierto es que lo aceptó y una noche de septiembre García Lorca llegó con su vestido de gala a la casa del mentado Mago, apenas una choza que se erguía en la cima de una árida colina de la que parecía formar parte y desde donde se dominaba el pequeño pueblo que sólo un ojo avisado podría haber distinguido del resto de la nada. En cuanto a la casa; sólo una pequeña habitación de paredes de barro y techo de paja, el piso era el piso del desierto y el viento la recorría sin obstáculos, pues el Mago no sabía de puertas y sus ventanas no eran más que pequeños y no tan pequeños agujeros circulares en el barro seco. A qué hora baja el viento a jugar con las muchachas del pueblo?, preguntó Federico mientras ordenaba sus pertenencias en un rincón. Cuál es la flor que en mi camino vi bordear el último riachuelo?, preguntó Federico mientras estudiaba el breve recinto polvoriento. Conoces Sevilla?, preguntó Federico mientras se detenía frente a la más grande de las ventanas sin cristal. Y qué hay de Granada? Qué recuerdos sus torres te trajeron?, preguntó Federico discerniendo a penas una caravana de camellos en el lejano horizonte de arena. Y a cada pregunta el Mago, que era de Oriente, respondió con un gesto en el que el asco y la indiferencia luchaban sin ganas, como si de un viajero ante la muerte se tratara. Federico García Lorca, en tanto, continuó con sus preguntas mientras miles de pájaros amarillos y azules celebraban las últimas horas de la tarde. Te van a matar Federico, dijo por fin el Mago cuando los últimos pájaros se perdían tras las dunas, y sólo entonces salió la luna.
Ph. Liev

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