20100119

Fantasmas



Al lado de cada viajero va un fantasma. El fantasma, a veces, se confunde con el viajero pues aunque suele estar cerca, en ocasiones está demasiado cerca. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se le ve claramente a su lado, de pie, imitando tal vez a otros viajeros que imagina entre sueños. Pero no siempre fue así.

Los griegos, por ejemplo. En aquel tiempo, cuando los dioses tenían cara, los viajeros eran también el fantasma. Digamos que el fantasma todavía no salía del pecho del viajero, quien se aventuraba a la gloria o al olvido con el fantasma en su lugar. Pero el tiempo pasó y no se sabe muy bien cuándo, el fantasma se escapó.

Luego del escape, sin embargo, el fantasma no fue demasiado lejos. Contradiciendo sus evidentes ansias de fuga, ni siquiera dejó los límites de la nave. Y allí se quedó, opinando sobre los más diversos temas, jugando a mover el timón de un lado a otro, susurrando frases al oído del viajero, gritándolas a los cuatro vientos, avergonzándonos de la humana tentación de dejar que la corriente nos alivie de las noches.

Al lado de cada viajero va un fantasma. Un fantasma que aunque así lo quiera, ya no podrá volver a su nicho en el pecho del viajero, pues durante una imprecisa noche del siglo XIX, ha sido descubierto en su huída, y de ahí en adelante ha resultado inútil engañarnos.

Al lado de cada viajero va un fantasma y Baudelaire lo sabía.

Y es que cualquiera capaz de describir la verdad del viaje ha tenido que, necesariamente, detener su mirada aunque sea por un momento en la figura cenicienta que a un lado del viajero se dibuja. Y Baudelaire supo de aquella verdad antes que nadie, y aunque en su poesía no haya más que imprecisas (pero incuestionables) huellas del fantasma, similares a las que un gran cuerpo deja en la trayectoria de la luz, no puedo dejar de mirar el momento en que los ojos del poeta y los ojos del fantasma se encontraron. – Eme aquí, le dice el fantasma sin palabras, deja ya esa sorpresa y ponte a trabajar, que el tiempo se aleja. – Pero es una palabra, dice Baudelaire, y me orbita como la luna a la noche.

Escribir una y otra vez esa palabra que nos orbita. Escribirla de día, escribirla de noche, escribirla con otras manos mientras sueñas..Y escuchar, escuchar los relatos desbocados de nuestra voz dormida, transformalos en poemas miserables que hablan de mujeres que se desarman, como el viento.

Los asesinos, los locos, los traductores anónimos, los vigilantes nocturnos de talleres –vacíos-, los enfermos terminales, los que cuentan sus pasos hacia ese punto negro que más parece un planeta de cristal que transparenta la infinidad del universo, las lejanas estrellas, esa diminuta nave que con la seguridad insensata de los hombres, avanza hacia las fronteras del lenguaje. Son ellos a los que el fantasma acompaña; los cazadores de desproporcionadas presas que callan su destino de ser hombres para hablar de ataúdes y de sombras, y acusar su secreto a los insectos.


Liev, ph


20100108

Conferencia



El hombre, enjuto, mal vestido, y de una tonalidad amarillenta que no presagia nada bueno, se acerca al estrado con una carpeta bajo el brazo, o más bien bajo la axila, como si la carpeta fuera también un termómetro o una espada como las que atraviesan a los hombres de teatro. Pero el hombre no es un actor, y si lo fuera, sería uno muy malo, pues a todas luces sobreactúa, y lo hace en tal medida, que irrita.


De la carpeta, que ahora extrae de su axila con una dificultad que hace pensar que realmente estaba enterrada, sobresalen unos cuantos papeles en los cuales probablemente apoyará sus palabras. Pero ¿es capaz de hablar un hombre así?, se pregunta la escasa concurrencia; unas seis u ocho personas que en común no tienen absolutamente nada.


El hombre, al que su enfermedad y una calvicie que avanza inexorable le confieren más años de los que en realidad tiene, tose una, dos, tres veces mientras ordena como puede (mal) los papales sobre el púlpito. No hay agua a su alcance, piensa la mayoría de los asistentes, temiendo que deban ser ellos los que tengan que socorrerlo en caso de una emergencia. Una emergencia relacionada con su enfermedad y que dos de los asistentes han comenzado a esperar con recatado morbo.


Las primeras palabras son de introducción. Da las gracias por la asistencia, pide perdón por una inexistente demora, habla del clima, halaga las virtudes del auditorio. A continuación saca, no sin dificultad, un par de anteojos desde el bolsillo interior de su chaqueta, antes de ponerlos en su lugar se clava dos veces el ojo izquierdo con el extremo del marco. Para alegría de la mitad del público, y para tristeza del resto, finalmente logra acomodarlos donde corresponde. Mira sus papeles, vuelve a toser. Un miembro del público, como si quisiera imitarlo, lo acompaña.


No hay sorpresa en los gestos de nadie cuando el hombre, que cada vez está más amarillo, comienza a recitar un poema que parece estar escrito en sus papeles, aunque nadie se atrevería a asegurarlo.


El poema es bueno..Es, en realidad, muy bueno. El hombre, después de un momento de vacilación, o de lo que parece vacilación, se saca los anteojos e informa al público presente que lo recién leído es obra de un poeta desconocido que habita en el centro del hastío.


El resto de la conferencia pasa con más pena que gloria. El hombre, en tanto, muere dos días después víctima de un accidente de coche. Su esposa cree, sin embargo, que todo se trata de una farsa, - Se ha escapado a Buenos Aires, le dice a su madre entre lágrimas, y ya nunca volverá.




Ph. Liev.

20100107

Ideas Praga




El camino. Una galería de puentes. Alguna vez en Chequia, un poeta muerto. De sus bolsillos Alguna vez De sus relámpagos.


Puentes alguna vez entre dos trincheras vacías: su guerra.


- Pero no hay tales caminos, dice el hombre mientras cruza los adoquines congelados. Su sonrisa de cuchillos contra el mar.


Y yo no lo olvido.



Dos poemas, por Ph. Liev:


ES LA CRIATURA


Te sugerí una vez que miraras los colores de la pared
Que los dibujaras con tu dedo como una boca
Que dejaras tus ojos sobre las brasas
Mientras el café caía como lluvia sobre el mar
Y tu cantabas un poema de Violeta Parra
Un poema que no conocías
Que nunca te leí
Que nadie nunca te leyó
Y cantabas buscando una guitarra con tus manos
Pero no había guitarras en la habitación miserable
Pues no había más que fuego y alas
Y eso yo también te lo dije
Y tus manos / de pronto / se volvieron amarillas
Y yo las vi volverse amarillas
Entre las llamas
Y pensé en la inocencia y en los héroes
Y también pensé en los libros de los escritores norteamericanos del siglo XX
Mientras inventaba explicaciones y discursos
Para poder seguir a los pequeños esquifes
/ que surcaron el desastre

Y así pasaron las horas que me mantuvieron despierto
Durante las mañanas huracanadas de las orillas del mundo
Y entonces
Sin que yo pudiera contarlo
Tu guitarra desgarró las alas de las sirenas…
Gritos y rimas indescifrables
invocaron los perímetros de los oleos/horizonte
Voces que recordé mías y tuyas
caían del cielorraso para posarse en las infames sentencias
de la poesía de los niños huérfanos de norte y de lápidas memorables
y de raíces y de flores y de tierra
Incluso de tierra
Sobre todo de tierra
que cantas y te llevas a la boca para que en tu vientre crezcan
los bosques donde los búhos aniden en paz

Y así pasaron los años que me mantuvieron despierto
Lejos de las horas y de los plazos
Asolado de llamas de las que no escapé
En busca de la trampa sin paredes
A la que nos conduce la estela de los témpanos
Y también la memoria y las lecturas de los artistas del hambre
Y los truenos de los aviones sobre el océano
Y el tiempo
Ese breve insecto que canta en los talleres helados
objetivo final de los detectives que buscan la belleza de los crímenes
y que una noche con tanto cuidado tomé entre mis dedos
para salvarlo de las llamas
y de los cantos
y así poder seguir quemándome
en Mi mismo
hasta que las manos
se confundieran con las paredes y sus puentes

Y los ojos se cerraron
La guitarra se transformó en tres animales azules
que velaron tu sueño
mientras la nieve caía sobre la gran fogata rodeada de grillos
y de Suerte
No de fortuna
No de abundancia
Pero de Suerte
Y eso es todo
Desde las cumbres no es más que un punto de luz en el oasis
Un anaranjado en el horror
Un celeste en las penas que nos esperan y hacia las que corremos sin descanso
Y tu lo sabes
Lo repites cada noche con la forma de la sangre que corre por tus sueños
Y yo lo escucho desde la trinchera de una guerra sin trincheras
Y lo cuido y lo leo y lo escribo
Como si se tratara de un conjuro
Pero no se trata de un conjuro
Ni mucho menos de un poema
A la mujer
que describió la forma del destino
que se esconde en la silueta imaginaria
de mis duelos
En el estar cansado
de mi voz
/ Razón transparente
que justifica la comedia de los actos
Sucia bandera que flamea entre el incendio
Y los aplausos presagiados por la trampa
La trampa presagiada por la arena
Arena presagiada por los viejos augures de la insensatez y del delirio
Hechiceros que buscamos cada noche
Para que nos hablen de los meses invisibles que jugamos a olvidar
Y a veces
Entre el descuido y el desvelo
Modelamos la respuesta que nos dice


No hay tales caminos
No hay tales trampas
No hay tales puertas de tales leyes
Porque tu eres la forma del abismo
Y por tus surcos
Derivarán los barcos y las aguas
Y de tu brisa
Nacerán los colores por venir



Encrucijadas vacías
Un árbol en medio del desierto no separa el desierto
Un hombre
Un dibujo
Newman
Rothko
Cruces
Cementerios con flores de papel
Papeles de horizontes y de sangre
Robert Frost en medio de la nieve
Preguntándose el futuro de sus pasos
Dos caminos hay, dice
Ocultando su sonrisa de tantos caminos de tantos pasos
de tanto arbitrio

Palabras

Barcos hundiéndose demasiado cerca de los muelles
Perros olfateando la estela del error
Trazos de carbón adivinando el patrón de tus desvelos
Libros sosteniendo las ruinas de la noche

Llamas

Gritos que confundo con un canto
se abren paso por la bruma
Es la criatura
En sus ojos los ojos de mil alas
En sus intentos las grietas de la ley

Río de Voces

Piedras talladas asemejan Otras piedras
Las cenizas caen en el rincón que es uno y cuatro
Violeta Parra ensaya una sonrisa
Los aplausos decaen
Los meses se desmoronan
El décimo año ensaya sus edictos
El insecto cuenta la historia de un pintor, la muerte y un espejo
Todos ríen

Mares de Nada

Y vuelta a empezar



GALERÍAS


Los demonios empezaron la fiesta sin mi
Devoraron los peces sin mi
Bebieron la sangre sin mi
Lanzaron los dados sin mi
Contaron sus ojos sin mi
Dibujaron la playa
La forma de las calles
La entrada de los bares
Las luces titilando
Los héroes sin márgenes
Las tormentas sin error
Los mástiles / los rayos
Sin mi
se abrieron las galerías
que guardan los óleos sin estrellas
Las recorro
Buscando el horizonte
Inmensas-galerías-circulares
En cuyas altas paredes y sobre cada cuadro
se abren como nichos de muerte las mínimas cuevas de los demonios
que duermen
y el horizonte se aleja
que recitan versos en olvidadas-lenguas-germánicas
y las nubes se alejan
que murmuran la Suerte de un niño
que Busca en Devastadas planicies
y las olas se agitan
forman afilados dientes
escalas que somos o seremos
caminos
que transitamos con el mundo
en-un-sólo-cuerpo
de largas manos de largas uñas
que se estiran
como si trataran de alcanzar La estela
de las batallas sin trincheras
que se libran más allá de las vanguardias
(y de la lluvia y de sus gritos de valkiria)
La sombra de los años
en que los dados se detengan
y las apuestas se cobren o se pierdan
y los demonios se escapen
no de sus cuevas sino de los cuadros que eran sus cuevas
y vuelen sobre nuestras cabezas
en insensatos remolinos
que se traguen las olas y sus dientes
y con ellos al hombre de largas manos
que alguna noche entregara su alma
para poder creer que en sus intentos
fue también todos los hombres
fue Homero y Shakespeare y Kafka
Joyce y Borges
Troya y Barcelona
Y yo y tu que sin querer fuimos él
Mientras soñábamos
con las vastas-galerías-sin final



20100106

Tres Espejos Persas






LA MUERTE DEL VISIR


- El visir ha muerto.
- ¿Dónde?
- En el segundo patio, aquel donde desemboca la galería que marca el final del cuarto corredor del palacio, a pocos pasos del aljibe que la arena ha llenado.
- ¿Sigue allí su cadáver?
- Aún permanece allí, tendido sobre la arena blanca. Sus brazos en cruz. Sus ojos abiertos.
- ¿Hay signos de agresión?
- No hay signos de agresión sobre el cuerpo incorrupto.
- ¿Sospecha alguien de alguna causa que explique, bien o mal, su muerte?
- No hay certezas, pero hay rumores que circulan por los salones del palacio.
- ¿De qué hablan tales rumores?
- Los rumores hablan de extrañas causas.
- ¿Con qué se relacionan tales causas?
- Se relacionan con oscuras artes.
- ¿Qué sabía el visir de tales artes?
- Lo suficiente como para que su vida corriera un peligro cierto.
- ¿Dónde practicaba sus artes el visir?
- En este palacio. En una habitación cuya entrada se ocultaba en un gran anaquel colmado de libros que nadie nunca tocó (y que nadie tocará).
- ¿Conocía alguien la existencia de tal entrada?
- La entrada era desconocida hasta por sus mas cercanos, pero luego de su muerte ha quedado sin cerrar.
- ¿Ha entrado alguien a la habitación secreta?
- Nadie se ha atrevido a hacerlo. El carácter del visir fue famoso en la ciudad y aún fuera de ella.
- ¿Puede usted conducirme a la entrada de la habitación en que el visir practicaba las oscuras artes?


El despacho del visir era en todo similar a las habitaciones de trabajo de los hombres de cierta importancia; el bello escritorio de madera labrada, las preciosas alfombras, los cuadros de viejas batallas… tal vez sólo el número de libros, que era enorme, fuera el único rasgo distintivo de la oficina del visir. Los libros se ordenaban en cuatro enormes anaqueles que se levantaban contra las cuatro paredes de la habitación, dos de ellos cubrían por completo dos paredes, otro, separado en dos en su centro, dejaba espacio para una estrecha y alta ventana desde la cual podía adivinarse el lejano mar. Era en el cuarto anaquel en el que se recortaba una pequeña puerta que, estando cerrada, en nada debía distinguirse del resto de la estructura. Ahora, sin embargo, la puerta estaba abierta.

Esta es la puerta secreta que se confunde con el gran anaquel, pensó Fajyaz Fahim, el poeta, y se dirigió hacia ella no sin antes pasar su mirada por los libros que en aquel lugar se ordenaban. No supo, o no quiso saber, que le impidió detenerse en ellos.

Lo que vio Fajyaz Fahim, a pesar de lo desmesurado de sus expectativas, y tal vez debido a eso, no dejó de sorprenderlo. Fajyaz Fahim, el poeta, vio una copia exacta de la oficina del visir. Allí estaban las alfombras, el escritorio, los cuadros de las viejas batallas, los cuatro enormes anaqueles repletos de libros, la estrecha ventana, la lejana estela del mar, y allí estaba también la pequeña puerta que no había sido cerrada.

Al franquear la segunda puerta Fajyaz Fahim pensó en la inevitable repetición del primer hallazgo pero no en que las emociones ante él también se repetirían. Las alfombras, el escritorio, los cuadros, los anaqueles, la ventana, la pequeña puerta. El vértigo.

Poco tiempo había pasado luego de haber perdido la cuenta de las habitaciones dejadas atrás, cuando Fajyaz Fahim notó que la luz que dejaba entrar la estrecha ventana había cambiado su color, haciéndose este más tenue, más cercano al suave anaranjado que a Fajyaz Fahim, el poeta, le recordaba el color de ciertos peces que cuando niño veía nadar en la fuente que marcaba el centro del patio de su casa paterna.

Está atardeciendo, se dijo Fajyaz Fahim, luego, el tiempo no se repite junto con las habitaciones del visir. Durante unos momentos, Fajyaz Fahim estuvo pensando si aquello era una buena o una mala noticia. Finalmente llegó a la conclusión de que era una buena noticia pues reducía considerablemente el presumible poder con que contaba el visir. El visir, se dijo, no contaba (¡no cuenta!) con el don de manejar el tiempo, sino que sólo con la extraña habilidad para construir habitaciones idénticas. Fajyaz Fahim suspiró y le pareció que respiraba por primera vez en mucho tiempo.

Fajyaz Fahim decidió entonces que ya había visto demasiado, y desistiendo de la idea de ver el final del juego del visir, volvió sobre sus pasos. Cuando llegó a la primera habitación la luz que entraba por la estrecha ventana era la luz clara y sin matices de la media tarde. La hora, la misma que al atravesar la puerta por primera vez.

Sellen esa puerta, aconsejó Fajyaz Fahim al guardia principal del palacio. Entierren al visir cerca del mar.

Así se hizo.



LAS CRINES DE BABAR


La prematura intersección del tiempo con el Tiempo no es sino otro signo de mi particular posición en el mundo, pensaba Fajyaz Fahim mientras caminaba rumbo a la que era su casa. Y cuando se decía esto, en ningún momento la imagen del visir tendido en uno de los patios del palacio (y que no pudo ver) pasó por su cabeza. No, lo que llenaba su silencioso retorno no eran tales desventuras, sino un evento relacionado con una de sus más preciadas posesiones y que su fiel vasallo le había hecho notar, no sin sorpresa, aquella mañana.

- Babar ha amanecido con su cabello (así se refirió su vasallo a las crines de Babar) lleno de pequeños nudos, y es extraño pues personalmente me cuido de cepillarlo cada noche.

Tales fueron las palabras de Farhaan, el vasallo.

Fajyaz Fahim lo miró como si buscara en su cara la clave del mundo. Lo que es extraño, le dijo luego de un momento Fajyaz Fahim a su vasallo, es que la última noche he soñado tus palabras. Y así era, pues la noche anterior a su visita al palacio, Fajyaz Fahim había soñado con un dialogo en todo parecido al de aquella mañana, siendo el escenario de éste la única diferencia, pues en el sueño el diálogo se desarrollaba mientras él y su vasallo empujaban una pequeña barca hacia el mar y no en una de las habitaciones de su casa como sucedió en realidad.

Fajyaz Fahim, que aún se encontraba lejos de su casa, dio un largo suspiro, inesperadamente, y como por acto de magia, las imágenes de Babar y su vasallo se alejaron aparentemente sin dejar huella. Levantó entonces la cabeza y miró el alto cielo. ¡Qué azul más hermoso! se dijo sin bajar la mirada. Si Aquel que es Uno me concediera un deseo, yo pediría perderme en el azul del cielo para siempre.

Fajyaz Fahim llegó a su casa cuando el fin de la jornada se adivinaba en las largas sombras a los pies de todas las cosas. En la entrada principal lo esperaba Farhaan, su vasallo, con una expresión ausente, como si no sólo no esperara a su señor, sino como si ya no esperara absolutamente nada.

- ¿Qué ha ocurrido?, preguntó Fajyaz Fahim a su fiel vasallo.
- Tiene usted una visita que lo espera hace ya varias horas, contestó Farhaan.
- Dime, Farhaan, quién nos honra con su visita
- No lo sé, mi señor, no ha querido dar su nombre.

El visitante esperaba en el primer patio, caminando pausadamente, con la mirada baja y sus manos entrelazadas tras su espalda. Cuando Fajyaz Fahim puso un pie en la arena del patio, que a esa hora tomaba un color cobrizo que con frecuencia conducía a Fajyaz Fahim a estados melancólicos, el visitante detuvo su andar y sin voltearse para ver el rostro del dueño de casa dijo:

- Por fin has llegado, Fajyaz Fahim, te he estado esperando.
- Fajyaz Fahim caminó hacia el visitante, y cuando sólo unos pasos separaban a los dos hombres, comenzó a rodearlo para tratar de encontrar su rostro.
- ¿Quién eres?, preguntó Fajyaz Fahim sin dejar de caminar en torno al visitante que aún no permitía ver su rostro.
- ¿No sabes quién soy?
- No lo sé, por favor dime, cuál es tu nombre.
- Mi nombre no es lo que más importa.
- Entonces dime, ¿qué es lo que te trae hasta mi casa?

El visitante levantó entonces la cabeza y detuvo su mirada en los ojos de Fajyaz Fahim. Fajyaz Fahim sintió que un soplo frío le recorría la espalda. El rostro del visitante era en todo idéntico al rostro de Farhaan, su vasallo.

No fueron pocas las cosas que atravesaron la mente de Fajyaz Fahim durante el segundo que siguió a su descubrimiento, todas ellas caracterizadas por el ansiedad y no pocas por el franco temor. Finalmente optó por hacer lo que a su juicio era lo más adecuado y gritó el nombre de su vasallo con el fin de que se apersonara a su lado y así comprobar tanto la realidad de ese extraño milagro como la fortaleza de su razón.

¡Farhaan! Gritó Fajyaz Fahim en dirección a la entrada principal de su casa, lugar en el que por última vez había visto a su vasallo.

- Qué es lo que desea, señor mío. Contestó serenamente el visitante.

Fajyaz Fahim perdió el sentido y cayó al suelo.

Cuando a la mañana del día siguiente abrió los ojos, Farhaan estaba a su lado.

- ¿Cómo se siente mi señor?, preguntó Farhaan visiblemente preocupado. - ¿Ha tenido usted algún percance en el palacio?
- ¿Eres tú mi buen Farhaan?, preguntó Fajyaz Fahim tomando firmemente a su vasallo de sus vestiduras.
- Soy yo, mi señor. ¿Ocurre algo malo?
- Farhaan, mi buen vasallo, dime ¿Quién era el visitante que me esperaba en el patio?, preguntó Fajyaz Fahim, temiendo escuchar una respuesta que le hiciera perder del todo la razón.
- Hace meses que hasta su casa no ha llegado visitante alguno mi señor, contestó Farhaan recorriendo con la mirada el vacío de la amplia habitación, sólo era yo que lo esperaba como siempre. Y luego agregó: Al verme gritó usted mi nombre y entonces cayó al suelo como fulminado por un rayo, yo lo traje hasta su habitación donde ha dormido todo la noche. ¿Es que ha pasado algo en el palacio? Volvió a preguntar Farhaan, el vasallo.
- No, nada ha pasado, respondió Fajyaz Fahim, el poeta, y cerró los ojos.



EL ESPEJO DE GEDROSIA


Al abrir los ojos, Fajyaz Fahim se encontró a sí mismo en una de las habitaciones reproducidas hasta el vértigo por el oscuro ingenio del visir. La pequeña puerta abierta, la bella alfombra, el escritorio labrado con una minuciosidad digna de más nobles fines, los cuadros de las antiguas batallas, la estrecha ventana que miraba hacia el lejano mar. Todo en la habitación del visir se repetía de la misma forma en que la memoria de Fajyaz Fahim lo había hecho perdurar.

Y como en su visita al palacio, también en su sueño Fajyaz Fahim se detuvo un momento en los libros de los grandes anaqueles, pero esta vez Fajyaz Fahim pudo dominar, no sin esfuerzo, sus confusas emociones y fue capaz de hacer lo que la pesada realidad antes no le permitiera: se acercó a uno de los anaqueles (que estaba junto a la estrecha ventana) y comenzó a acariciar los títulos de los libros como si pudiera leerlos con la yema de sus dedos.

Finalmente, y sin que mediara la voluntad de Fajyaz Fahim, su mano se detuvo. Era un libro de tapas verde olivo, doradas eran las antiguas inscripciones y en su interior, con preciosa caligrafía de otros tiempos, se narraba la historia de un poeta persa nacido en las tierras de Gedrosia cuando corría el duodécimo año del sexto siglo.

No hubo sorpresa en el rostro de Fajyaz Fahim cuando supo que el poeta que el libro le presentaba, y cuyo nombre Fajyaz Fahim podía leer mas no comprender, repetía con su vida la vida de Fajyaz Fahim.

Allí estaban sus aventuras de niño, la caída del hermoso caballo blanco regalo de su padre y la cicatriz que ésta dejó, los peces crepusculares de la antigua fuente y la improbable muerte de su padre, y allí estaban también sus libros, los aplausos, la llegada de Farhaan, su fiel vasallo, la llamada del palacio, la noticia de boca del guardia principal, la entrada en la oficina del visir, las infinitas puertas, el consejo antes de partir, la recepción de Farhaan, el inesperado visitante, el grito, el sueño, el libro de verdes tapas, las tapas de dorados signos y el nombre del poeta que esta vez Fajyaz Fahim sí pudo entender y pronunciar una y otra vez moviendo apenas sus labios, Fajyaz Fahim, repitió catorce veces Fajyaz Fahim, Fajyaz Fahim, el poeta. Y no hubo respuesta.

Fajyaz Fahim abrió los ojos. Farhaan, sentado a su lado, dormía dejando que la luna dibujara su silueta en la pared y parte del piso. - Todo está bien, se dijo Fajyaz Fahim contemplando el apacible sueño de su vasallo, deseando que el gato blanco que permanecía inmóvil junto a la entrada de su habitación, y que ahora se estiraba cuan largo era, fuera parte de la noche, acaso del sueño o de la luna, y no de las artes que su padre le enseñara a temer.


Ph. Liev.