20100915

X




X sabe algo que nosotros no sabemos. De esa premisa ha de partir cualquier intento de hablar acerca de su nombre, de hecho, de esa premisa debiese partir cualquier intento, pero eso sería pedir demasiado.

X nació en un país latinoamericano, que es como nacer en la galería de un estadio, una galería mal ubicada, una galería desde donde el espectáculo a penas se ve de tan lejano, pero se ve, y eso a veces nos parece una suerte, y a veces una injusticia.

Una galería en donde hombres y mujeres y niños hablan y discuten y se aman entre sí como si el espectáculo no existiera, lo que bien mirado es una decisión irreprochable, pero el espectáculo existe.

Una galería donde cada tanto todos se trenzan a golpes y hay gritos y muertos y vaporosos intentos de perdón, y a veces el escándalo que ello genera es tal, que el espectáculo se detiene un momento y sus protagonistas posan sus incrédulas miradas en la magnífica trifulca, pero no, son sólo algunos protagonistas los que se detienen ante el alboroto de las muchedumbres empobrecidas, y aunque pueda darse el caso que sean muchos los que curiosos posen su mirada en las lejanas galerías, el espectáculo, el verdadero espectáculo, no se detiene nunca.

Pensemos, por ejemplo, que el espectáculo es un partido de fútbol, el arquero es distraído por la gran trifulca, entonces un delantero aprovecha el momento y anota, el gol vale, el arquero, manos en jarra, lo sabe. La trifulca, en tanto, se ha convertido en una fiesta donde el alcohol y las balas se confunden con las celebraciones del gol. Allí nació X.

Y allí pasó sus años mientras estudiaba en un liceo municipal, el que dejó con más pena que gloria antes de terminar el último curso. Una vez fuera comenzó a escribir, primero a leer y luego a escribir, y lo hizo porque fue en la escritura donde X creyó poder encontrar aquello que finalmente llegó a saber y que nosotros no sabemos.

X fue un poeta, un poeta que habló de las calles latinoamericanas, las calles llenas de niños que trabajan y de asesinos, las calles llenas de intelectuales obesos y profesores fascistas, las calles enmascaradas de Latinoamérica, las calles veloces y ciegas y sordas donde se depositaron los sueños de nuestra avaricia.

Por supuesto al principio X no podía más que intuir la forma de aquello que finalmente llegó a saber. Pero de algún modo intuir es también saber, y por ello X no pudo atravesar las calles de las que habló en sus poemas sin la constante sorpresa que precede al vacío que precede a la nausea. X sintió asco y vértigo al mismo tiempo, X sintió que los espejos de la ciudad fueron construidos sólo para él y tuvo miedo y se sintió agradecido por haber tenido miedo.

Latinoamérica es un lugar horrible, se dijo entonces X, un lugar donde sus habitantes darían todo lo que tienen por tener lo que no tienen, un lugar donde los pobres quieren ser ricos y los ricos quieren ser aún más ricos, un lugar donde la envidia anida en cada esquina y sobre esos nidos se construyen otros nidos en los que un pájaro de metal les recuerda a todos que la envidia es lo único que podrá salvarlos. Llegará el día, dice el pájaro con una voz similar a la de un loro, que serán dueños de la mierda, llegará el día en que podrán ser, por fin, pura mierda.

Pero X, que escuchaba al pájaro día y noche desde su habitación, en lugar de llevarse la almohada a la cabeza y girar sobre sí mismo hasta que las pesadillas lo libraran de su canto atroz, lo escuchaba atento, y aunque el pájaro no hacía más que repetir dos frases una y otra vez, X lo escuchaba como si las palabras del pájaro fueran en realidad un poema secreto recitado por un poeta que es también un hechicero. Y el pájaro decía mierda, y X lo escuchaba como si tratara de discernir lo que esa palabra escondía y así X, sentado en su cama y con los ojos desmesuradamente abiertos, escucha: mierda, mierda, mierda y no pocas veces le resulta imposible resistir el impulso de salir de su cama en busca de un papel y de un lápiz y ponerse escribir. Y aunque a X le parecía que sólo transcribía las palabras del pájaro, lo cierto es que lo que a la mañana siguiente había sobre su mesa de noche eran los más grandes poemas que Latinoamérica había visto, cosa que por supuesto X era el primero en desmentir, pero X no podía desmentir todo cuanto salía de la boca de los críticos, por lo que llegó el día en que fue considerado por todos, sin excepción, como el Gran Poeta Latinoamericano.

Fue entonces cuando X supo lo que nosotros no sabemos, y se puso a llorar. Pero antes se puso a reír y antes sintió ganas de ir al baño, y antes llamó a la que por entonces era su mujer y la abrazó y le dijo que se había dado cuenta de algo o que había llegado a una conclusión o que por fin sabía algo que antes sólo sospechaba o algo así. ¿Qué es?, quiso saber la mujer. Y fue en ese momento, cuando iba a decírselo, que le vinieron las ganas de ir al baño y no le quedó más que ir y allí, una vez que había cagado a gusto, se encontró frente al espejo y por un momento quizás excesivamente largo contempló lo que era su rostro, un rostro al que la juventud aún no abandonaba del todo, y pensó en la juventud, en los años en los que las calles de su ciudad se le ofrecían sin reparos, casi como si estuvieran orgullosas de lo que eran, y pensó en los viejos amigos que en esas calles se quedaron, casi como sintiéndose orgullosos de haberlo hecho y cuando pensó en eso, en el orgullo de sus amigos anclados en la vanidad, a X no le quedó más que ponerse a reír, y mientras lo hacía, sin apartar un momento sus ojos de sus ojos, recordó un poema de Y, un viejo poeta, latinoamericano como él, que hablaba de la voluntad de hierro de los poetas latinoamericanos y de sus ojos de lobo que todo lo han visto, y entonces X se preguntó si acaso él también lo había visto todo, y se dijo que sí, que lo había visto todo, y no una vez sino dos veces, y que precisamente en eso radicaba su esperanza. La esperanza de que llegará también una tercera vez y que cuando eso pase, en lugar de escribir poemas, pueda tener la fuerza para sostener el silencio, porque es en el silencio, le dijo a su reflejo, donde está el secreto de Latinoamérica, y se puso a llorar.

Foncea

20100911

García Lorca Se Llamaba el Aprendiz


García Lorca se llamaba el aprendiz que el Mago aceptó de mala gana en las postrimerías de sus días, en parte porque ya estaba muy viejo para tener aprendices, y en parte porque nunca gustó de los jóvenes con aire de inútiles. Pero lo cierto es que lo aceptó y una noche de septiembre García Lorca llegó con su vestido de gala a la casa del mentado Mago, apenas una choza que se erguía en la cima de una árida colina de la que parecía formar parte y desde donde se dominaba el pequeño pueblo que sólo un ojo avisado podría haber distinguido del resto de la nada. En cuanto a la casa; sólo una pequeña habitación de paredes de barro y techo de paja, el piso era el piso del desierto y el viento la recorría sin obstáculos, pues el Mago no sabía de puertas y sus ventanas no eran más que pequeños y no tan pequeños agujeros circulares en el barro seco. A qué hora baja el viento a jugar con las muchachas del pueblo?, preguntó Federico mientras ordenaba sus pertenencias en un rincón. Cuál es la flor que en mi camino vi bordear el último riachuelo?, preguntó Federico mientras estudiaba el breve recinto polvoriento. Conoces Sevilla?, preguntó Federico mientras se detenía frente a la más grande de las ventanas sin cristal. Y qué hay de Granada? Qué recuerdos sus torres te trajeron?, preguntó Federico discerniendo a penas una caravana de camellos en el lejano horizonte de arena. Y a cada pregunta el Mago, que era de Oriente, respondió con un gesto en el que el asco y la indiferencia luchaban sin ganas, como si de un viajero ante la muerte se tratara. Federico García Lorca, en tanto, continuó con sus preguntas mientras miles de pájaros amarillos y azules celebraban las últimas horas de la tarde. Te van a matar Federico, dijo por fin el Mago cuando los últimos pájaros se perdían tras las dunas, y sólo entonces salió la luna.


Ph. Liev

20100909

Pasadizo Kline



Otra vez las ratas mi buen amigo, dice Klauss mirando el ducto de ventilación que atraviesa el cielorraso del laboratorio. La rata blanca en la pequeña jaula, en tanto, husmea las invisibles corrientes de aire que sobre ella pasan. Marcus mira alternativamente a la rata y al ducto de ventilación. Eso es, dice por fin, y se apresura a su escritorio donde escribe, sin detenerse un momento, lo que parece un ensayo satírico, pero que es un poema romántico. Un mes después en una revista de dudosa editorial aparece un texto firmado por un tal Molius Invictus. En él, un hombre de avanzada edad describe con minuciosidad exasperante los objetos que pueden encontrarse en un laboratorio como en el que Klauss y Marcus trabajan. El párrafo final, sin embargo, habla de un túnel que atraviesa una vasta cordillera de un país desconocido y atroz, un país latinoamericano donde los túneles son también cementerios y cuyas paredes están cubiertas de fotografías de escritores desconocidos.

Ph. Liev